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El jacuzzi de la casa en Pance
Estaba en mi apartamento, sin planes, cuando me llegó el mensaje. "Pide un Uber, te lo pagamos. Queremos verte ya". Fabián y Paulina. Los conocía de unas semanas atrás, pero nunca habíamos concretado nada, porque eran más bien intercambio de mensajes sin llegar a un fín para ser honesto pensaba que no iba a pasar nada que eran solo esas parejas que alimentaban sus deseos con textos vía Whatsaa, Pero luego de ver ese mensaje me anime me duche me apliqué mi mejor perfume que es más bien una colonía y me fuí, El Uber me dejó frente a una casa campestre en Pance, de esas con portón de madera rústica y buganvilias trepando las paredes. Apenas toqué, se abrió la puerta y ahí estaba ella. Paulina.
Cabello castaño cayéndole en ondas sobre los hombros, medianita pero con un cuerpo trabajado que se notaba a leguas: brazos tonificados, muslos firmes, cintura pequeña y unos senos operados que se adivinaban perfectos bajo la tela ajustada. Me recibió con un vestido ceñido al cuerpo, color vino, que marcaba cada curva como un guante, y unos tacones de puntilla que hacían música sobre las baldosas. Detrás de ella, al fondo del pasillo, Fabián asomó la cabeza con una sonrisa nerviosa, sosteniendo dos copas.
Pasa, te estábamos esperando dijo Paulina, y su voz era melosa como miel de abejas.
Me llevaron a la terraza trasera donde el jacuzzi burbujeaba bajo el cielo estrellado. Fabián me ofreció una toalla, me sirvió vino blanco y se sentó en el borde de la piscina, con los pies en el agua y la bata abierta, intentando disimular su erección. Pero yo lo noté. Y también noté cómo, desde su rincón, nos miraba de reojo, con esa mezcla de excitación y celos contenidos que tanto les gusta a los cornudos.
Paulina se quitó los tacones despacio, luego el vestido resbaló por su piel como agua. Cuando se deslizó dentro del jacuzzi conmigo, sus senos operados flotaban apenas bajo la espuma caliente, los pezones rozando mi pecho, duros como botones. La besé con calma, saboreando el vino en su lengua, mientras mis manos recorrían esa espalda trabajada, esos glúteos firmes que apreté sin pudor.
La subí a mis piernas. Ella gimió al sentirme dentro, arqueándose, con el cabello castaño pegado al rostro por el vapor. El agua batía furiosa a nuestro alrededor. Fabián se inclinó hacia adelante, con la respiración entrecortada, los ojos clavados en nosotros y esa maldita costumbre de mirar de reojo, como si no quisiera ser descubierto pero no pudiera evitarlo. Cada gemido de Paulina le provocaba un temblor en las manos. La copa casi se le cae dos veces.
Dile quién te está haciendo gemir así le gruñí al oído a ella.
Tú, solo tú... Mi Macho respondió con la voz rota, y Fabián tragó saliva, su nuez subiendo y bajando violentamente.
Cuando Paulina gritó al venirse, un orgasmo que le recorrió cada músculo definido, Fabián soltó la copa sobre el césped. Ni siquiera se agachó a recogerla. Se quedó allí, aplaudiendo quedo, con los ojos brillantes, mirando de reojo los fluidos, las caricias finales, la sonrisa ebria de placer de su esposa.
Nos quedamos los tres en silencio bajo las estrellas, unidos por una intimidad que solo los que se atreven entienden. Y mientras Paulina se recostaba en mi pecho y Fabián por fin se atrevía a acercarse, supe que esa noche Pance nos pertenecía, y así fué al día siguiente por la mañana Fabián nos tenía desayuno preparado a los dos.
Si esto te enciende y están en Cali, hablemos.






