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Vivían a cuatro calles de mi casa, pero nunca los había visto hasta que me contactaron por una red social. "Somos Mauro y Juliana, tenemos 24, ella es modelo fitness, ¿te interesa?". Acepté sin pensarlo.
El encuentro fue en su apartamento de Ciudad Jardín, un sábado lluvioso que olía a tierra mojada. Juliana abrió la puerta con un conjunto deportivo que marcaba cada músculo de sus piernas y un sostén de licra que realzaba sus senos naturales. Cabello negro azabache, labios gruesos, pestañas postizas y una mirada felina que ya lo decía todo. Mauro, su novio, estaba sentado en una banca de madera junto a la ventana, con un café frío entre las manos y una actitud sumisa que casi daba ternura.
Ella quiere que la sometas me susurró Mauro al oído mientras Juliana se recostaba boca abajo en la alfombra mullida de la sala, arqueando la espalda como una gata.
La amarré de las muñecas con su propia banda elástica de pilates y comencé a jugar con ella, negándole el contacto justo donde más lo pedía. Juliana suplicaba, Mauro tragaba saliva. Cuando por fin la penetré con fuerza, ella soltó un alarido que resonó por todo el edificio. Mauro apretó la taza de café hasta quebrarla, pero no se movió; solo miraba, los ojos como platos, viendo cómo su novia fit se deshacía en mis brazos.
Al terminar, Juliana se acercó gateando a su novio y le dio un beso en la mejilla. "Gracias por esto, amor", le dijo. Mauro sonrió, recogió los pedazos de la taza y me dio las gracias con una dignidad extraña, casi conmovedora.
Si están en Cali y quieren un sábado de lluvia diferente, ya saben.






