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Era un matrimonio de menos de seis meses. Felipe y Mariana, veintiocho años. Ella trabajaba en una oficina del centro, él era diseñador gráfico independiente. Me contactaron después de una cena con vinos en su loft del barrio Granada.
Cuando llegué, Mariana me recibió con un vestido blanco vaporoso y el cabello rubio suelto. Parecía un ángel recién salido del altar, pero sus ojos verdes escondían un fuego que el esposo no lograba apagar del todo. Felipe me ofreció un whisky y me enseñó el apartamento, orgulloso de sus muebles minimalistas, mientras Mariana nos seguía descalza y en silencio.
Quiero que ella sienta lo que yo a veces no puedo darle confesó Felipe con la honestidad del que ya lo ha hablado mil veces en la almohada.
La noche comenzó en el sofá de cuero blanco. Mariana se sentó en mis piernas y empezó a moverse con una cadencia que parecía ensayada. Felipe se sentó frente a nosotros en la mesa de centro, con el vaso en la mano y la respiración contenida. La besé profundamente mientras mis manos apretaban sus nalgas pequeñas y firmes. Luego la puse a gatas sobre la alfombra de diseño y le hice el amor como si fuera mía, mientras el esposo nos iluminaba torpemente con la linterna de su celular, queriendo guardar el momento para siempre.
Cuando Mariana alcanzó el orgasmo, sus dedos se aferraron a la alfombra como si se estuviera agarrando de la vida. Felipe apagó la linterna, se acercó a nosotros y nos abrazó a los dos en un gesto que desbordaba amor, morbo y agradecimiento.
Si son pareja caleña y quieren estrenar el matrimonio con un recuerdo imborrable, ya saben dónde encontrarme espero sus mensajes.






