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Los conocí en el gimnasio del centro comercial, entre máquinas de remo y espejos enormes. Melissa y Samuel. Ella con un body negro que marcaba cada línea de su abdomen trabajado, él con una sudadera gris y la mirada de quien ya ha fantaseado demasiado.
Samuel me abordó en los casilleros. "Ella te ha visto entrenar y no habla de otra cosa. ¿Te animás a una sesión privada?". Esa noche fui a su apartamento en el norte, con las piernas aún adoloridas de la prensa.
Melissa nos esperaba con una cena ligera: salmón ahumado, aguacate, agua de coco. Pero el hambre verdadera era otra. Apenas terminamos el postre, ella se quitó el vestido deportivo y se quedó solo con un tanga minúsculo, mostrando su obra maestra: abdominales marcados, senos operados perfectamente simétricos, glúteos duros como rocas.
La sesión empezó en la sala. Samuel se sentó en la bicicleta estática, inmóvil, sin pedalear, solo mirando. Yo usé las bandas de resistencia para atarla suavemente, para abrirla a mi antojo. Melissa pedía más, exigía, y yo se lo daba sin piedad. Sus gemidos tenían la misma cadencia que sus respiraciones en el cardio, y cuando la puse a gatas sobre la colchoneta de yoga, Samuel se bajó de la bicicleta y se arrodilló cerca de su cara para olerla, para oírla, para verla venirse como nunca lo había visto en el gimnasio.
Acabamos los tres sudorosos, como después de un HIIT extremo. Samuel me ofreció una toalla limpia. Melissa me dio un beso en el cuello y susurró: "Esto quema más calorías que cualquier clase". Y tenía razón.
Si son pareja fit en Cali y quieren un entrenamiento distinto, escríbeme.






