Guía Cereza
Publicado hace 6 horas Categoría: Hetero: Infidelidad 21 Vistas
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Fue un domingo distinto. Me escribió un número desconocido con foto de perfil de un atardecer en los Farallones: "Somos una pareja madura, tenemos casa en Dapa, ¿te animás a subir?". Respondí que sí antes de que terminara el mensaje.

Manejé hasta el kilómetro 18, donde el asfalto se vuelve verde y el aire huele a caña y a leña. La finca estaba al final de una carretera destapada, una casona blanca con tejas de barro y un mirador que abrazaba todo el valle. Allí me recibió Ignacio, canoso, de sonrisa amplia, con una guayabera de lino y un vaso de whisky en la mano. Pero quien realmente me robó el aliento fue ella: Gloria.

Gloria tenía cincuenta y dos años que no aparentaba ni cuarenta y cinco. Piel bronceada, cabello negro con mechas plateadas recogido en un moño flojo, y un cuerpo que gritaba experiencia. Llevaba un vestido de seda color esmeralda, con un escote que apenas contenía sus pechos generosos y naturales, y una abertura lateral que dejaba ver un muslo firme, trabajado con pilates y años de buena vida. Sus ojos eran color miel, profundos, con patas de gallo que se le acentuaban al reír, y una sonrisa lenta, de esas que prometen secretos.

Así que vos sos el muchacho del que tanto hablan ronroneó, mientras sus dedos rozaban mi antebrazo y un escalofrío me subía por la espalda.

La velada arrancó en la terraza, con el valle a nuestros pies y el viento moviendo las buganvilias. Ignacio nos sirvió vino tinto, habló de negocios, de viajes a Europa, mientras Gloria me miraba desde su silla con una copa en la mano y los labios entreabiertos. Cuando el sol empezó a esconderse detrás de los cerros, Ignacio se levantó, me palmeó el hombro y dijo: "Bueno, yo me retiro, la fiesta es de ustedes". Y se fue a un sillón cercano, encendió un puro y se quedó mirando, el muy cornudo elegante.

Gloria se acercó a mí. Olía a jazmín y a mujer segura. La tomé de la cintura y la llevé al borde de la piscina infinita, donde el agua reflejaba las estrellas. Le quité el vestido lentamente, botón por botón, dejando al descubierto un cuerpo que pedía guerra: caderas anchas, cintura pequeña, senos caídos lo justo para ser perfectos, con pezones oscuros que se endurecieron al contacto con la brisa. La recosté en una hamaca paraguaya y empecé a besarla desde los tobillos hasta el cuello, demorándome en cada pliegue, en cada lunar.

Hacía años que no me sentía tan mujer suspiró mientras yo entraba en ella despacio, sintiendo su calor húmedo y experto.

Gloria se movía con sabiduría, apretando en el momento exacto, susurrando instrucciones precisas y sucias en mi oído. Ignacio fumaba su puro a lo lejos, el humo mezclándose con la niebla que bajaba de la montaña. Cuando Gloria se vino, soltó un grito que resonó en todo Dapa y se aferró a mi cuello con una fuerza que desmentía su edad.

Gracias, mi vida me dijo al oído, y luego, en voz más alta: Ignacio, este muchacho sí sabe lo que hace.

Ignacio brindó desde lejos con su puro, aplaudió y dijo: "Para eso lo trajimos, mi amor". Luego se acercó, nos cubrió a los dos con una manta y nos dejó solos bajo las estrellas un rato más, cómplices del placer y de la noche.

Si son pareja madura en Cali o tienen finca en Dapa O Felidia y quieren revivir sensaciones, hablemos.

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