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Todo comenzó con un impulso, un mensaje casual en redes sociales después de quince años de silencio. Mi intención era apenas curiosear, saber si el tiempo había sido tan amable con ella como lo sugerían sus fotos. Ella respondió de inmediato, y en el intercambio de mensajes descubrí que, aunque nuestras vidas se habían construido en rumbos diferentes, esa complicidad de la adolescencia (época de tensión insoportable, de deseo inconcluso y de encuentros cargados de una pasión que nunca llegamos a consumar) seguía intacta, agazapada, esperando una señal, y esa fue la señal guardada por años.
Resultó haber dedicado su vida profesional a la salud, me invitó a su consultorio en una IPS. Al entrar, la vi envuelta en esa bata blanca que proyectaba una autoridad profesional que no le conocía. Mientras hablábamos de nuestras vidas, el contraste se volvió insoportable: nuestras palabras eran correctas, pero nuestras miradas desmentían cualquier formalidad, recordando los años en los que solo nos habíamos permitido soñar con este momento.
Con una calma que me desarmó, ella se acercó. Sus manos desabrocharon con lentitud la bata blanca, dejándola abrir lo suficiente para que el mundo se detuviera. Despacio se acerco, "Si te parece bien", susurró, mientras me guiaba la mano hacia su cuerpo, bajo la ropa, "puedes ser mi amante". Acepto que mi mente quedó en blanco, imágenes de muchos años se mezclaron con la intensidad de su recuerdo en mí, llegó el momento de su siguiente consulta, sin más que decir un beso cerró la visita, no fue una despedida, fue un pacto sellado en la urgencia de quince años de espera.
Al día siguiente, la llamé. "Puedo salir antes", me dijo con voz decidida. Muy clara en su proceder me contó sobre un lugar cerca, un refugio donde nadie preguntaría nada. Cuando pasé por ella, su impaciencia era palpable. Se subió al carro y, antes de que pudiera articular una palabra, su mano se posó sobre mi pierna. Se quedó ahí, firme, como un ancla que me marcaba el camino. Cinco minutos fueron necesarios para llegar a un motel de fachada discreta, un lugar sórdido que, a nuestros ojos, se transformó en el escenario donde finalmente saldaríamos nuestra deuda histórica.
Al cerrar la puerta, el aire pareció volverse denso, cargado con el perfume de ella: un aroma suave a vainilla. Entre abrazos y besos la ropa se esfumó en un parpadeo, despojada de cualquier barrera, fue una experiencia estética que me paralizó. Su piel tenía la blancura y la textura de la seda, un lienzo perfecto contra el cual sus rasgos destacaban con ferocidad: el negro absoluto de sus ojos, fijos en los míos, y su pelo ondulado, largo y oscuro.
Mientras mis manos recorrían sus curvas por primera vez, me detuve en un detalle que me sorprendió por su delicadeza: una fina línea de vello oscuro que trazaba un camino descendente desde su ombligo hasta el umbral de su intimidad. Fue una revelación, un rasgo sensual que me invitó a explorar con lenta reverencia. Ella se entregó con una dualidad que me fascinó: buscaba ser sometida, pero era ella quien dictaba el ritmo. Al contacto con mis labios, sus pezones, antes rosados, se irguieron al instante, encendiéndose en un rojo vivo bajo la caricia de la pasión.
El intercambio fue absoluto. Bajé hasta ella, dejando que el sabor de su piel, auténtico y embriagante, fuera mi única guía. Escuchar su respiración quebrarse cuando mis labios y lengua empezaron a recorrerla, sintiendo cómo se arqueaba y cómo su cuerpo se tensaba bajo mis manos, fue un descubrimiento eléctrico. Ella me atraía hacia sí, apretando sus muslos contra mis hombros, exigiendo una intensidad que no conocía límites. Luego, el cambio de dinámica: me guió con autoridad, invirtiendo la posición, marcando un compás que solo nosotros dos podíamos entender.
El sabor de sus fluidos se convirtió en el mapa de nuestro encuentro. Era un rastro, un recordatorio vívido de pertenecernos en ese instante. Cada contacto, desde el roce de nuestra piel hasta la entrega absoluta durante la penetración, era una coreografía intensa. Sentía la tensión de sus músculos bajo mis manos, las ondulaciones de sus caderas marcando un ritmo frenético y, a la vez, perfectamente coordinado con el mío.
El clímax fue un estallido que nos dejó sin aliento, pero el verdadero poder de aquel encuentro no estaba solo en el orgasmo. Estaba en el sabor de su piel, un rastro que se quedó conmigo como una marca indeleble. Al salir de allí, mientras la noche envolvía el camino de regreso, me quedó la certeza de que volvería. No era solo el deseo físico; era la adicción a ese contraste, al tacto de su seda y a la promesa de que cada encuentro futuro empezaría exactamente donde este se detuvo.
Entre besos que sabían a promesa y manos que no querían soltarse, quedó claro que este no era un final, sino el inicio de una doble vida que apenas comenzábamos a escribir.






