Yesenia era una diosa de gimnasio. Cuando llegué a su casa en Ciudad Jardín, me recibió con un conjunto deportivo blanco que marcaba cada fibra de su abdomen y unos glúteos duros como piedras. Cabello rubio teñido recogido en una cola alta, ojos verdes felinos y unos senos operados que se sostenían firmes sin necesidad de sostén. Su esposo, Ricardo, estaba en un rincón de la sala, vestido con un delantal y sosteniendo una bandeja con copas de vino.
Ella se merece un hombre de verdad dijo Ricardo sin que yo preguntara nada. Yo solo estoy aquí para servirles.
Me senté en el sofá y Fabiola se arrodilló entre mis piernas, sus ojos verdes clavados en los míos mientras me desabrochaba el pantalón. Ricardo nos miraba desde su rincón, con la bandeja todavía en las manos, sin atreverse a soltarla. La destreza de Fabiola era evidente: sabía exactamente qué hacer, y lo hacía con una entrega que me hizo gemir más de una vez. Ricardo, mientras tanto, me ofrecía vino, me acercaba una toalla, preguntaba si todo estaba a nuestro gusto.
Luego la tumbé sobre la mesa de centro, sus glúteos perfectos apuntando al techo. Ricardo se arrodilló junto a la mesa, con la bandeja ya olvidada, y miraba a escasos centímetros cómo yo poseía a su esposa.
Dale las gracias a Ricardo por prestarte le ordené a Yesenia.
Gracias, mi amor, por dejarme ser de él gimió ella, y Ricardo rompió a llorar de gratitud, besando los pies de su esposa mientras yo la hacía venirse sobre la mesa.
Si sos un cornudo servicial en Cali y querés atendernos, ya sabés.








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