Paola era una diosa del gimnasio Bodytech de Caney. Veintiocho años, cabello rubio oxigenado recogido en una coleta altísima, ojos azules de lente de contacto y un cuerpo que parecía esculpido en mármol: brazos tonificados, abdominales marcados, senos operados de silicona perfectamente simétricos y unos glúteos redondos que desafiaban la gravedad. Su novio, Tomás, era su opuesto: delgado, pálido, con gafas de pasta gruesa y una actitud de perro faldero que la seguía a todas partes.
Me los crucé en el parqueadero del centro comercial. Tomás se me acercó mientras Paola fingía revisar el celular. "Ella te ha visto entrenar. Dice que tenés más fuerza que yo. ¿Querés demostrárselo?". El desafío estaba lanzado.
Esa noche fui a su apartamento en Caney, un dúplex moderno con vista al club del conjunto. Paola me recibió en shorts de licra y un top deportivo que apenas contenía sus pechos operados. Olía a vainilla y a sudor recién lavado. Tomás nos ofreció batidos de proteína y se sentó en la barra de la cocina, con un cuaderno donde dijo que "tomaría notas".
¿Notas de qué? pregunté.
De cómo se hace bien respondió él, bajando la cabeza.
Paola se rió y me llevó a la sala de estar, donde había una colchoneta de yoga. La recosté y empecé a desvestirla como quien desenvuelve un regalo caro. Su cuerpo era una obra de arte fitness: cada músculo definido, cada curva esculpida a base de disciplina. La besé desde el cuello hasta el ombligo, demorándome en sus abdominales, y ella ya gemía antes de que yo la tocara donde realmente quería.
Tomás miraba desde la barra, tomando sorbos de su batido, las manos temblorosas. Sin que yo lo pidiera, se acercó y me alcanzó un lubricante. "Por si acaso", murmuró, y volvió a su puesto. La sumisión no siempre se grita; a veces se susurra con un gesto.
Cuando entré en Paola, ella arqueó la espalda y soltó un gemido gutural, de esos que salen del alma. Sus piernas me apretaron con fuerza, y yo sentí en mis caderas la potencia de quien hace sentadillas con ochenta kilos. Tomás aplaudió quedamente, sin que nadie se lo pidiera, y anotó algo en su cuaderno con letra temblorosa.
Decile a Tomás quién te está haciendo sentir esto le ordené.
Vos, solo vos... Tomás, aprendé gimió ella, y el novio asintió con devoción, los ojos brillantes tras los lentes.
Paola se corrió con un grito que retumbó en el dúplex, y luego se quedó tendida sobre la colchoneta, riendo, sudorosa, feliz. Tomás le llevó una toalla y un vaso de agua, solícito, agradecido, mientras yo me vestía.
Si entrenás en Caney o al sur de cali y querés una rutina diferente, hablemos.








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