El Ingenio, un apartamento dúplex con escalera de caracol y una terraza con jacuzzi. Allí vivían Valeria y Santiago, veinticinco años, dinero de familia. Ella, una heredera de apellido compuesto, con un cuerpo de modelo: alta, delgada pero con curvas exactas, cabello negro lacio hasta la cintura, ojos verdes y un lunar sobre el labio que le daba un aire de actriz de cine antiguo. Santiago, su novio, era un muchacho delgado, bien vestido, que la adoraba y le temía.
Ella quiere ser dominada me explicó Santiago en un mensaje. Yo quiero mirar y servir.
Cuando llegué, Valeria estaba recostada en un sillón de la terraza, con un body blanco transparente y una copa de champagne en la mano. Me miró de arriba abajo y esbozó una sonrisa de aprobación. Santiago me ofreció una copa y se quedó junto a la mesa, como un mesero.
Hoy el servicio lo pongo yo le dije, y le arrebaté la copa a Valeria para beber yo de sus labios.
La besé sobre el sillón, mis manos explorando su cuerpo de modelo. Luego la puse de pie y la doblé sobre la baranda de la terraza, con el sur de Cali a sus pies. Le quité el body y entré en ella mientras Santiago nos miraba desde la mesa, con la botella de champagne en la mano.
Santiago llamé. Ven y sírvenos más champagne. Y no derrames una gota.
El novio caminó hacia nosotros con la botella y dos copas. Llenó una y me la dio; llenó otra y se la acercó a los labios de Valeria, que gemía apoyada en la baranda. Era una imagen perfecta: ella siendo poseída, yo bebiendo, y él sirviendo.
Brinda por tu cornudez le ordené a Santiago.
Brindo por mi cornudez repitió él, y bebió un sorbo, los ojos brillantes.
Valeria se corrió con un gemido que se llevó el viento, y Santiago la cubrió con una bata de seda apenas terminé. Luego me preguntó si necesitaba algo más. "Otra copa", le dije. Y él corrió a servirla.
Si tienes un dúplex en El Ingenio y quieres servirnos champagne, hablemos.








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