Yamile , sus rizos y su culo , una fiesta increíble
Relato de comunidad Sexo analschedule 6 min de lectura calendar_today Julio de 2026

Yamile , sus rizos y su culo , una fiesta increíble

Comenzó a responder a mis besos, girando su cabeza para buscarme con los labios, mientras mi dedo permanecía en su ano, masajeando el anillo desde dentro. Entonces, con una agilidad que me sorprendió, se giró y se puso en cua...

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El desafío final estaba sobre la mesa. Su cuerpo era un templo y yo, a punto de profanar su último santuario. Aquella mujer tenía el asterisco más hermoso que hubiera visto antes.

Me arrodillé detrás de ella, el aire denso y cargado con el aroma a jazmín , su sexo abierto y ansioso. Tomé mi verga, ya dura y palpitante, y la apoyé con la cabeza hinchada justo en el centro de ese anillo contraído y pálido. No entré. En su lugar, comencé a moverme en círculos lentos, ejerciendo una presión suave y constante. Era como calentar un motor antes de una carrera; sentía cómo su piel cedía milímetro a milímetro, cómo el calor de su cuerpo se transfería al mío. Cada rotación era una promesa, una pregunta sin palabras que su cuerpo respondía con temblores involuntarios.

Cerré los ojos, concentrándome en la sensación. Luego, con un movimiento firme y decidido, empujé. La resistencia fue brutal por un instante, y luego, rompiéndose, la cabeza de mi verga se deslizó hacia adentro. Un ahogado grito seco escapó de su garganta. Yamile se estremeció de golpe y su cabeza se hundió en el respaldo del sillón. Oí el sonido sordo de sus dientes mordiendo el cuero, ahogando un grito que amenazaba con rasgar la quietud de la habitación. Un gemido largo y rasgado se filtró entre sus labios mordidos, un sonido de dolor puro. —Relájate, mi amor, respira —le susurré, aunque mis propios músculos estaban tensos. Pero ella solo podía gemir, llenándome de una culpa extraña y excitante.

Después de un momento que pareció una eternidad, retiré mi verga con la misma lentitud. La vi contraerse de nuevo, un pequeño músculo palpitante de dolor. Pero entonces, cuando menos lo esperaba, volví a presionar. Esta vez, con menos fuerza, introduje solo la cabeza y me detuve. No me moví. La dejé clavada allí, un ancla en su tormento, permitiendo que su cuerpo aprendiera, que su ano se acostumbrara a la invasión. Sentí sus espasmos, la lucha entre el dolor y la rendición. Repetí esa maniobra varias veces, sacándome y volviendo a meter solo la punta. Cada vez, la entrada era un poco más fácil, su cuerpo un poco más receptivo, sus gemidos un poco menos agudos.

Finalmente, cuando sentí que su tensión había cedido lo suficiente, comencé a deslizar mi verga entera dentro de ella . Fue un viaje increíblemente lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes internas se abrían para mí. Era un ajuste perfecto, un calor sofocante y una presión que amenazaba con hacerme explotar en el mismo instante. No me detuve hasta que mis bolas se apretaron contra sus nalgas firmes. Estaba completamente adentro. Por un instante, permanecimos inmóviles, dos cuerpos fusionados en un acto de fusión. Luego, comencé a moverme. Sacaba casi toda mi verga y la volvía a meter con una lentitud tortuosa. —Me encanta abrirte este culito, Yamile —le dije con la voz ronca—. Me encanta que seas mía analmente. Estoy por acabar, mi vida.

Aumenté el ritmo de forma gradual. Los movimientos suaves se transformaron en embestidas más profundas y controladas. El sonido de nuestra piel chocando llenó la habitación,  sus quejidos, ahora eran una mezcla confusa de dolor y algo más. Un estremecimiento recorrió mi espalda, desde la base de mi cráneo hasta la raíz de mis pies. Con un gruñido profundo, me vine dentro de ella. Sentí cómo la leche caliente me recorría toda la longitud para estallar en su interior, llenando su culo. En ese preciso instante, ella giró la cabeza para mirarme. Y vi todo en sus ojos verdes: el dolor agudo, el morbo de saber lo que estábamos haciendo, el alivio de que ya estaba dentro, el ardor de la fricción y, debajo de todo, un placer lujurioso y hambriento que acababa de nacer.

Más tarde, en la noche, ya en la cama, el ambiente era diferente. El silencio era cómodo, pero Yamile estaba quieta, de espaldas, sin ganas de repetir la hazaña. Su cuerpo aún debía doler. La abracé por la espalda, sin presionar, y la atraje hacia mí en un gesto puramente tierno. Mi pecho contra su espalda, mis piernas con las suyas. No busqué sexo, solo su calor.

Comencé a besarle el cuello, dejando una estela de besos húmedos y suaves hasta llegar a la curva de sus hombros. Mi mano recorrió su costado y descendió, pasando por la cintura hasta llegar a sus nalgas. Con un dedo, tracé la línea de su raja, frotando muy, muy lentamente. Sentí cómo se contraía al principio, pero mi caricia persistente, insistente, logró que el pequeño músculo se relajara y se abriera ligeramente. Ella sabía que si volvía y me metía por ahí el dolor regresaría, pero mi dedo, explorando su entrada, encendió un fuego diferente. Un fuego que no quería apagar.

Comenzó a responder a mis besos, girando su cabeza para buscarme con los labios, mientras mi dedo permanecía en su ano, masajeando el anillo desde dentro. Entonces, con una agilidad que me sorprendió, se giró y se puso en cuatro patas, levantando el culo en el aire. —Clávame el culo, Gustavo —me suplicó, su voz era un ronquido cargado de deseo—. Por favor, clávamelo. No me hice rogar. Escupí en mi mano, lubriqué la cabeza de mi verga que ya estaba dura de nuevo, y sin más preámbulos, se la clavé hasta el fondo. Ella se abrió las nalgas con sus propias manos, ofreciéndose por completo, y gimió como una perra en celo. —¡Así, sí! ¡No pares, papi! ¡Ábreme el culo hasta que lo llenes de leche!

Sus quejidos, que al principio tenían un dejo de dolor, pronto se transformaron en jadeos profundos y rítmicos. Era el sonido del placer puro. Fue entonces cuando sentí algo inesperado: un líquido tibio que comenzó a correr por mis piernas, saliendo de ella. Se estaba meando de placer. La idea me volvió loco. Deslicé mi mano libre por su raja, hasta encontrar su raja hinchada,  húmeda y palpitante. Sus labios estaban hinchados, latiendo contra mis dedos. Encontré el botón duro de su clítoris, la cresta de su gallo, y comencé a masajearlo con furia mientras metía dos dedos en su vagina, apretando desde dentro. Ella perdió el control por completo. —¡Sí, así, así! ¡Gustavo, Gustavo, ¡no pares! ¡Que rico, mi vida, que rico! —gritaba, mientras un chorro de orina y líquido de su excitación empapaba la sábana.

Le hice el amor por el culo todos los días durante esa semana. Cada vez, el dolor disminuía, desvaneciéndose para dar paso a gritos de lujuria que hacían temblar las paredes. Su cuerpo aprendió a ansiar esa llenura, a pedir esa penetración que antes la aterrorizaba. A partir de ahí, comenzaron innumerables experiencias y compartimos fantasías que nunca creímos posibles. Aquella primera vez, con su mezcla de dolor y éxtasis, no fue más que el comienzo.

— sueñossexuales_1970

23 de julio de 2026

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