Hoy, a mis 35 años de edad, en los juzgados, en los pasillos académicos me dicen Doctor Tal, digamos que seria, Dr. POLACO para este relato.
Vivo en una dualidad constante. Como abogado litigante en Bogotá, mi vida transcurre entre litigios pesados y corporaciones; pero en las tardes, mi terreno es el aula de clase. En la facultad de Derecho dicto dos cátedras complejas: Derecho Empresarial y Daño Ambiental. Son materias donde exijo rigor absoluto, mirada crítica y mantengo una distancia profesional inquebrantable. O al menos, así era hasta que la tensión con Juliana cruzó todos los límites.
Era una noche de viernes helada. Un frío denso y húmedo bajaba desde los cerros orientales, y la lluvia repicaba sin tregua contra los ventanales de mi oficina en un piso alto cerca de la Avenida Chile. Tenía la corbata desatada sobre el escritorio de caoba y los primeros botones de mi camisa blanca abiertos.
La estaba esperando a ella.
Juliana no solo era una estudiante brillante de veintidós años; era mi monitora de clase. Se encargaba de revisar las asistencias, calificar talleres y organizar lo referente a clase. Es una mujer de estatura mediana, tez morena clara y una figura curva deslumbrante que sabía disimular con astucia tras el código de vestimenta universitario: una cintura estrecha que contrastaba con unas caderas amplias y firmes, un busto prominente y un cabello negro, ondulado y abundante que le caía casi hasta la cintura. Pero lo más peligroso en ella eran sus ojos felinos y esa boca de labios carnosos que solía morderse despacio cuando me escuchaba hablar desde su escritorio.
Sobre mi mesa tenía la carpeta de asistencia y los exámenes de Derecho Empresarial que ella acababa de organizar. En los márgenes del listado oficial, con su letra fina, Juliana me había dejado notas sueltas entre los nombres de los estudiantes:
«Hoy lo vi muy estresado en la clase de Empresas, doctor»
«El traje gris le queda perfecto»
«¿Me va a hacer esperar hasta las 8:00 p.m. en su oficina?»
Llevaba semanas provocándome con esos mensajes sutiles, con rozamientos «accidentales» al pasarme los marcadores o miradas fijas en las tutorías a puerta cerrada. El morbo de la prohibición, de saber que era mi monitora y que romper la regla ético-académica era una falta gravísima, me estaba consumiendo.
Un golpe seco en la puerta de cristal rompió el silencio del despacho. Al abrir, allí estaba.
Traía una chaqueta negra húmeda por el aguacero de Bogotá. Al quitársela y colgarla, dejó al descubierto una blusa de seda escotada y una falda de cuero ajustada que remarcaba las curvas de su cadera. El olor a su perfume, una mezcla densa de vainilla dulce y sándalo, invadió de inmediato el ambiente frío de la oficina.
—Aquí le traigo los parciales que faltaban por calificar doctor... como me los pidió —dijo en voz baja, con un tono pausado y una sonrisa a media asta.
Antes de que pudiera responder, su mirada se posó en la carpeta abierta sobre mi escritorio, donde sus notas manuscritas la delataban. Lejos de intimidarse, dibujó una sonrisa maliciosa. Dio dos pasos adentro, cerró la puerta de la oficina con un clic definitivo y le pasó el seguro.
—Veo que sí leyó mis anotaciones, Dr—murmuró, usando por primera vez mi apodo fuera del ámbito formal.
—Estás jugando con fuego, Juliana. Si alguien ve esto en los listados... —le advertí, aunque mi voz sonó ronca y pesada, traicionando mi intención de sonar estricto.
—Usted me enseñó en clase que en derecho toda acción genera un impacto... asuma el suyo —respondió sin titubear.
Se acercó al escritorio. El choque de su cuerpo firme y caliente contra el mío borró de un plumazo al profesor de 35 años y al abogado respetable. La tomé por la nuca, enredando mis dedos en su largo cabello negro, y la pegué a mí con fuerza. Sus labios carnosos buscaron los míos en un beso sucio, hambriento, lleno de saliva y mordiscos que ahogaron sus propios gemidos.
—Llevo todo el semestre imaginando cómo sería ver al implacable doctor Polaco perder el control... —susurró contra mi cuello, mientras sus manos bajaban con prisa hacia mi cinturón.
La levanté del suelo tomándola de sus muslos firmes y la senté de un golpe sobre el escritorio de caoba, desplazando carpetas y parciales que cayeron al piso. Juliana abrió sus piernas de par en par, subiéndose la falda. Deslicé la mano por la piel suave y ardiendo de sus piernas hasta llegar a su ropa interior, encontrándola completamente empapada por la anticipación.
—Mire lo que me hace, profesor... —gemía con la cabeza echada hacia atrás, mientras sus manos se enredaban en mi cabello y me obligaban a bajar el rostro hacia ella.
No dejé un solo centímetro de su piel sin reclamar. Mis manos se desplazaron con posesividad por sus muslos y caderas, apretando la firmeza de su carne bajo la tela de la falda, mientras ella arqueaba la espalda respondiendo a cada fricción. Me incliné sobre el escritorio y rodeé su cintura con fuerza, sintiendo el calor sofocante de su cuerpo y el ritmo desbocado de su respiración contra mi cuello. Sus labios me buscaban a ciegas, mordiendo los míos entre gemidos ahogados mientras sus dedos tiraban de mi ropa con urgencia.
El contacto entre ambos se volvió cada vez más íntimo y desesperado; el roce constante, las caricias ávidas y el aliento caliente mezclado con el olor de su perfume encendieron la oficina por completo. La entrega de mi monitora y el morbo de estar al límite en mi propio despacho terminaron por romper cualquier vestigio de mi compostura, llevándonos a un encuentro convulso donde el ritmo, el calor y el deseo reprimido de todo un semestre finalmente estallaron en la penumbra de la noche bogotana.... luego parte 2.








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