Ese día él se fue a jugar con el equipo de unos amigos en unas canchas que quedan por fuera de la ciudad. Yo lo acompañé. Cuando terminó el partido se subió al carro todavía con la pantaloneta puesta, sudado, y nos quedamos un rato en el parqueadero. Había carros a los lados, se oían voces, gente cerrando puertas y hablando.
Yo tenía puestos unos leggins bien pegados. El me miró raro un segundo y me besó. No fue el beso de siempre. Fue más lento, más pesado. Su mano se me fue a la pierna y empezó a subir. Yo no dije nada al principio. Solo sentí que me temblaba un poco el cuerpo.
Me tocó por encima de la tela y notó que ya estaba mojada. Me miró. Yo dudé. Le dije bajito que no, que si los amigos veían el carro ahí se podían acercar. Él no insistió feo, solo me besó otra vez y me puso la mano en la nuca, suave. Yo me quedé quieta un segundo… y después me agaché hacia él.
Le bajé la pantaloneta. Ya lo tenía duro, grueso, todavía caliente del partido. Metí la punta y chupé despacio, con miedo todavía. Sabía a sal y a sudor de haber estado jugando. Él soltó un gemido bajito y dejó la mano en mi cabeza.
Yo seguí. Bajé más, me atraganté un poco pero no paré. De tanto ver cómo lo estaba disfrutando recordé que una amiga me había contado que a los hombres les gustaba que uno les escupiera ahí. Yo, la niña tierna, lo hice. Escupí sobre la cabeza, lo unté con la mano y volví a metérmelo, chupando más sucio, más profundo.
Me gustó. El sabor mezclado, cómo se sentía, cómo él respiraba más agitado mientras yo lo hacía ahí, con las voces afuera. Los vidrios estaban oscuros, pero uno igual siente que en cualquier momento alguien puede pasar cerca. Nunca lo habíamos hecho en un carro con gente tan cerca.
De un momento a otro él me levantó la cara.
—Ven para acá.
Me hizo subir encima. Me bajó los leggins y la tanga de un solo. Estaba empapada. Él me acomodó y me empujó hacia abajo, entró tan suave que parecía que yo ya fuera una mujer bien recorrida. Entró por completo. Se me escapó un sonido y lo tapé con la mano.
Empezamos a movernos despacio, tratando de que el carro no se notara. Pero yo estaba demasiado caliente. Empecé a subir y bajar más rápido, buscando que me lo metiera al fondo para sentir sus huevos pegados.
—Así… más duro —le dije bajito—. Cógeme… úsame…
Él me agarró de la cintura y empujó más fuerte. Yo ya no me aguantaba. Me agarré de sus hombros y empecé a moverme encima, mojada, sin pena. En ese momento empecé a decirle cosas sucias y me excitó todavía más la idea de que afuera hubiera gente, que en cualquier segundo alguien pudiera mirar, aunque no se lo dije.
—Más… no pares… lléname… hazme tuya aquí mismo…métemela mas duro.
Los gemidos se me salían más altos, de p#74, sin poder contenerlos. De pronto se oyó una voz afuera, cerca, como si alguien se hubiera fijado en el carro. Él no paró. Me empujó más hondo y yo gemí todavía más fuerte, tapándome la boca con la mano pero igual se escuchó.
Él me bajó de encima de golpe, me jaló la cabeza hacia su pene y se vino. Me llenó la boca y la cara. Alcanzó a decirme que abriera, y yo lo hice. Le dije que en el cabello no… pero en ese momento él ya no pensaba. Me lo untó con la mano, por la mejilla, por la boca, por donde le dio. Yo tragué y escupí lo que pude, quedándome inclinada entre los asientos, con la cara sucia, temblando de saber que alguien afuera había oído.
Afuera seguían las voces. Yo, la misma que minutos antes le había dicho que no, ahora solo quería que me lo volvieran a meter.








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