Cuando por fin la tuvo completa adentro, el dolor se mezcló con otra cosa.
Ya no era solo ardor. Era esa sensación de estar demasiado llena,
de que no cabía más, de que cada movimiento me estiraba hasta el límite. Él no preguntó si estaba bien. Solo empezó a embestir.
Al principio fueron embestidas cortas, pesadas, como si estuviera midiendo hasta dónde podía llegar.
Después agarró ritmo. Me sujetó fuerte de las caderas y me empezó a coger de verdad.
Cada vez que entraba hasta el fondo yo soltaba un sonido ahogado contra la sábana. Dolía
pero también me gustaba.
Esa mezcla rara de molestia y placer que solo aparece
cuando alguien te usa sin mucho cuidado.
Me golpeaba el culo con la pelvis,
me abría más las nalgas con las manos y gruñía bajito.
No hablaba. No me decía nada rico ni nada sucio.
Solo me follaba.
No duró mucho.
Unas cuantas embestidas profundas más y se puso rígido
. Se corrió adentro, con un gruñido corto,
y se quedó un segundo quieto, respirando fuerte.
Después salió de mí de golpe.
Sentí el semen espeso
resbalarme por dentro y
después por fuera.
Se limpió rápido con una toalla que había en la silla,
se subió el pantalón y se puso la chaqueta.
No me miró mucho. No me preguntó cómo estaba.
No dijo su nombre ni el mío.
Solo murmuró un “listo” casi inaudible y se fue.
Escuché la puerta cerrarse detrás de él.
Me quedé tirada en la cama, con el culo ardiendo
, las piernas abiertas y el cuerpo todavía temblando.
El olor de él seguía en la habitación.
El sabor amargo todavía me pesaba en la lengua.
Y, aunque me había corrido a medias mientras me cogía,
no era eso lo que más me daba vueltas en la cabeza.
Era el otro.
El del mensaje largo.
El que me había llamado
perra con tanta fuerza
que me había hecho latir el corazón y
la cuca al mismo tiempo.
El que se había asustado y había borrado todo.
Mientras me tocaba esa misma noche
, con los dedos resbalando entre el semen y el aceite, pensaba en él.
En cómo habría sido si en vez de ese negro de verga
maloliente hubiera llegado el paisa agresivo del mensaje
Si me hubiera hablado igual de feo en persona.
Si me hubiera cogido en la calle como había prometido.
Me corrí pensando en los dos: en el que sí me usó y se fue…
y en el que solo me escribió y desapareció.
Escribo este relato desde mi cama, mientras ya me dispongo a dormirme
y bueno, ya sabes quien eres, escribeme que estaba que me metia esa vergha hasta más no poder.








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