Un día, sin esperarlo, me llegó un mensaje larguísimo.
No era un “hola, qué tal” ni una foto de verga sin contexto. Era un texto denso, agresivo, escrito con una rabia controlada que me golpeó de una forma rara. Me decía que era una perra. Que tenía ganas de cogerme en la calle, sin respeto, sin cuidarme, sin preguntarme nada. Me hablaba como si ya me tuviera contra una pared, con la mano en el cuello y la otra metiéndome los dedos sin permiso. El tono era tan directo, tan sin filtro, que me quedé mirando la pantalla varios segundos sin reaccionar. Debo confesarlo, el hp me hizo sentir un miedo que me hizo sentir fragil, dolida, pecaminosa. Casi culpable. Nada de lo que decia era mentira.
se enfopcaba en que yo parecia una niña normal, pero que era una viciosa (esto mientras me quitaba mi traje de ejecutiva con elq ue voy a trabajar todos los días teniendo debajo un corset apretado y un dildo anal jajaja)
parecia que me conociera. Me dolio, les juro que me hizo mal...
Lo primero que sentí fue indignación.
¿Quién se creía ese hijueputa?
Lo segundo fue un latido fuerte en el pecho… y después otro más abajo.
Como si ese mismo golpe de rabia hubiera rebotado directo entre las piernas.
Me molestó.
Me excitó.
Me puso en un estado extraño donde quería contestarle con odio
y al mismo tiempo quería que siguiera hablándome así.
Esa mezcla de ira y lujuria me dejó un rato en silencio, con el corazón acelerado y la cuca caliente.
Sé que ese hijueputa va a leer esto.
Porque fue tan perra que después de que le respondí, borró toda la conversación. Típico.
Yo, en vez de hacer lo inteligente, le dije la verdad:
que me había encantado cómo me trataba. Que ese tono me había calentado.
Ahora pienso que debí haberle dicho primero que no me hablara así,
solo para ver si era capaz de sostener el juego,
de seguir dominando aunque yo me resistiera. Pero la arrechera me ganó.
Le respondí desde el calor, no desde la cabeza.
Asumo que se asustó. Tenía foto de gymbro:
músculos, pose, de “me creo demasiado”.
Seguro era más idiota de lo que aparentaba.
Me dijo que era paisa. Solo eso. Y después desapareció.
Me quedé con el sabor de esa conversación en la cabeza.
Con la sensación de haber tocado algo intenso y que se me hubiera escapado.
Así que hice lo que cualquier mujer con arrechera y orgullo herido haría:
me metí a Locanto y publiqué que buscaba un paisa fornido para que me cayera.
Directo. Sin rodeos.
Le escribí al pendejo original diciéndole que no era él.
Que ya había conseguido a otro. No sé si lo leyó.
No sé si le importó. Solo sé que yo necesitaba cerrar ese ciclo de alguna forma…
o al menos convertirlo en algo físico.
No sabía todavía que el que iba a llegar no tenía nada
que ver con el fantasma que me había escrito ese mensaje.
Pero eso lo descubriría después.







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