Empecé lento. Escupí en mis dedos y los fui metiendo, uno primero, después dos. Ellos gemían y se empujaban hacia atrás, buscando más profundidad. Me pedían que los abriera, que los follara con la mano. Así que lo hice. Les metí los dedos hasta el fondo, los moví en círculos, los saqué y se los volví a meter con más fuerza. Cada vez que uno gemía más fuerte, el otro se reía y me decía que le hiciera lo mismo.
En un momento me agarraron la cabeza y me la bajaron otra vez. Me pusieron a escupirles el ano directamente. “Más”, me decían. Escupía, lamiá, volvía a escupir. La saliva les corría por las nalgas y yo la recogía con la lengua. Me tenían arrodillada, con la cara hundida entre sus culos, usándome como querían. No me pedían permiso. No me preguntaban si estaba cansada. Solo me movían de un lado a otro.
Después vino lo de los pies.
Uno de ellos se sentó en el sofá y levantó una pierna. Me miró y me dijo que se la chupara. Me arrodillé y empecé a lamerle la planta, los dedos, el empeine. El otro se acercó y me puso el pie en la cara. Me hicieron chuparles los pies al mismo tiempo, metiéndome los dedos en la boca, obligándome a succionar. El sabor era salado, un poco amargo. Me sujetaban del pelo y me movían la cabeza de un pie al otro. Mientras tanto, ellos se tocaban las vergas y se besaban, disfrutando de tenerme ahí abajo, usándome.
Yo estaba empapada. Las piernas me temblaban. Pero ellos no me tocaron. Ni una sola vez me metieron los dedos ni me rozaron entre las piernas. Yo era solo la lengua, la boca y las manos. La herramienta.
En un momento uno de ellos me miró desde arriba, con una sonrisa torcida, y dijo:
—Todavía no hemos terminado contigo.
Y tenía razón








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