. Uno de ellos se arrodilló frente a mí, tomó mi pie derecho y empezó a untármelo con calma, frotando la planta, los dedos, el empeine, hasta que la piel quedó brillante y resbalosa. El otro hizo lo mismo con mi pie izquierdo. Me miraban mientras lo hacían, como si estuvieran preparando un juguete.
Me hicieron recostar en el sofá y levantar las piernas. Uno se puso a cuatro patas y el otro le abrió las nalgas con las manos. Agarraron mi pie derecho, todavía resbaloso de aceite, y lo fueron acercando despacio al culo de su pareja. Primero solo rozaron. Después empujaron un poco más. Los deditos más pequeños empezaron a hundirse. No cabía casi nada, apenas las puntas, pero la presión y el calor se sentían claros. El que recibía soltó un gemido entre sorprendido y excitado, y el otro se rió bajito mientras me sujetaba el tobillo con más fuerza, empujando con intención.
—Más… —murmuró el de adelante, y yo solo dejé que me usaran.
Cambióron después. Ahora era mi otro pie el que entraba en el culo del primero. Otra vez solo los deditos, apenas lo suficiente para sentir cómo se abría un poco y cómo se contraía alrededor. Ellos se besaban mientras lo hacían, tocándose las vergas, disfrutando de tenerme ahí como una extensión de su juego. Yo miraba desde abajo, con las piernas abiertas y el corazón acelerado, sintiendo que me habían convertido en algo útil y sucio al mismo tiempo.
Cuando se cansaron de eso, se pararon frente a mí. Sus vergas estaban duras, brillantes de aceite, saliva y excitación. Me miraron esperando. Yo no esperé a que me lo pidieran. Abrí la boca y saqué la lengua.
—Échenmela aquí —les dije con voz ronca.
Se colocaron a cada lado de mi cara y empezaron a masturbarse rápido, casi con urgencia. El primero se corrió directo en mi lengua, espeso y caliente, llenándome la boca de golpe. El segundo lo siguió casi de inmediato, agregando más hasta que se me escapó un hilo por la comisura de los labios y me bajó hasta el mentón. Me tragué lo que pude y dejé que el resto me marcara la cara.
Se quedaron quietos unos segundos, respirando agitados, mirándome desde arriba. Yo todavía tenía la boca entreabierta y la mirada baja. Entonces uno de ellos soltó una risa baja, casi incrédula, y negó con la cabeza.
—Nunca me imaginé que fueras tan puta… —dijo, todavía recuperando el aliento—. Te veías demasiado de niña buena.
El otro asentó, pasándose una mano por la cara.
—Demasiado. Ni de cerca me la esperaba así.
Yo me limpié la boca con el dorso de la mano, los miré desde abajo y sonreí sin decir nada.
No hacía falta.
Esa noche había sido exactamente lo que yo quería: no el centro, sino la herramienta. Y ellos lo habían entendido perfectamente.








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