Tengo cuarenta años y llevo veinte ordenando esto en la cabeza.
Esto no está en ningún libro. Es lo que pasó antes de la noche en que le presenté mi novia a mi mejor amigo.
◆ ◆ ◆
Lo he intentado escribir tres veces. Las tres lo dejé en el mismo sitio, que no es el peor, y esa es la parte que todavía no entiendo. Lo dejé siempre justo antes de la única frase que importa, la que explica por qué a mí me pasó lo que me pasó y por qué, teniendo tantas salidas, no tomé ninguna.
Voy a empezar por avisar de algo, porque es lo justo para quien esté leyendo.
Yo no salgo bien parado.
No hay en esta historia un villano que me arruinara la vida, ni una mujer que me destruyera. Nadie me obligó a nada. Nadie me mintió más de lo que yo pedí que me mintieran. Todo lo que va a pasar lo permití yo, en silencio, un centímetro cada vez, y en cada uno de esos centímetros tuve la oportunidad de decir que no y elegí quedarme callado.
Eso es lo que voy a contar en los libros.
Hoy no voy a contar lo que pasó. Hoy voy a contar de dónde salí, que es lo que nadie nunca me pregunta.
◆ ◆ ◆
Mi padre tenía un sillón.
Era café, de vinil, con una rasgadura en el brazo derecho que llevaba tapada con cinta desde antes de que yo naciera. Era su sillón del mismo modo en que un país es de alguien: por costumbre, por acuerdo tácito, porque a nadie se le había ocurrido nunca discutirlo.
Y yo lo vi levantarse de ese sillón, en mi casa, cientos de veces, para que se sentara otro hombre.
Llegaba una visita. Un compadre, un primo, un vecino y antes de que el otro terminara de saludar, mi padre ya estaba de pie, con la palma abierta hacia el asiento vacío y esa sonrisa que le conocí toda la vida, la que servía para pedir perdón por cosas que no había hecho.
Siéntese, siéntese, ahí está bien.
Después se iba a la silla de la cocina, la de metal, y arrastraba las patas por el piso hasta la sala, y se sentaba a un lado y un poco más abajo, y desde ahí escuchaba la conversación toda la tarde.
Nunca le vi molestarse. Ese es el dato. Nadie lo humillaba, nadie se lo pedía. Lo hacía él, y lo hacía contento, y si alguien le hubiera dicho que aquello tenía algo de raro se habría reído de buena gana.
Yo tenía siete, ocho, diez años, y estaba en el piso con mis cosas, y lo miraba desde abajo con una vergüenza que no sabía nombrar y que no era exactamente por él.
Porque yo entendía perfectamente lo que estaba pasando. Aunque no supiera decirlo, lo entendía. Y sabía —con esa certeza de los niños que después nadie te quita— que yo iba a hacer exactamente lo mismo.
No sé si eso es herencia o si es aprendizaje. Nunca lo he sabido y ya no me importa mucho.
Sé que cuando mi padre murió, hace años, mi madre me preguntó si quería el sillón.
Le dije que no tenía espacio.
Era mentira.
◆ ◆ ◆
A Bruno lo conocí a los quince años, en un salón de la escuela, y esa historia la cuento en el Libro I con todos sus detalles, así que aquí la dejo en una línea: él puso el cuerpo y yo puse los apuntes, y el reparto quedó hecho el primer mes sin que ninguno de los dos lo propusiera.
Lo que voy a contar de aquellos años es otra cosa. Algo que no está en ningún libro y que no le he contado a nadie.
En el último año de prepa, ya los dos con dieciocho cumplidos, nos tocó una maestra de Historia. Se llamaba Adriana, tendría treinta y pocos, y era guapa de esa manera que en un salón de muchachos de dieciocho convierte a una persona en un acontecimiento.
Tenía el don de hacernos olvidar que la Revolución Francesa era una materia aburrida. Cuando caminaba entre los bancos, el olor a perfume caro y piel limpia se filtraba en el aire, y todos nosotros, mudos, la seguíamos con la mirada. Tenía esas piernas interminables que remataba con unos tacones negros que hacían eco en el salón, moviéndose con una seguridad que nos intimidaba y nos volvía locos a la vez.
Llevaba siempre faldas ajustadas, de esas que marcaban la curva de sus caderas y que, cuando se sentaba en el borde del escritorio, se subían lo justo para que uno se perdiera en el dibujo de sus muslos. El botón de la blusa superior siempre parecía estar a punto de rendirse, luchando contra el volumen de sus pechos que subían y bajaban con cada respiro, mientras ella escribía en el pizarrón, dándonos la espalda y dejándonos contemplar el vaivén natural de su cuerpo.
Tenía un culo redondo y firme, de esos que llenan la tela de la falda sin dejar espacio al aire, un despliegue de curvas que se balanceaba con un ritmo hipnótico cada vez que se daba la vuelta para escribir en el pizarrón. Era imposible concentrarse en la lección cuando podías ver cómo se tensaba el tejido con cada paso que daba, revelando una firmeza que te hacía morderte el labio y hacer volar la imaginación.
Y sus tetas... Dios, eran un espectáculo. Pesadas, altas y siempre orgullosas, se sostenían con una gracia natural que desafiaba la gravedad. Parecían querer escaparse del sostén, rozando la tela de la blusa con una presión constante que te dejaba sin aliento. Cuando se inclinaba sobre el pupitre para corregir un examen, la gravedad hacía su trabajo y el escote se abría lo suficiente para que pudieras ver el inicio de esa piel blanca y suave, invitándote a seguir mirando más allá de lo permitido.
Tenía una sonrisa que no era la de una maestra, sino la de alguien que sabía exactamente el efecto que causaba en nosotros. Sus ojos, oscuros y vivos, se detenían en cada uno como analizando nuestras debilidades, y cuando nos miraba fijo, sentíamos que podía leerte el pensamiento, saber que en lugar de prestar atención a las fechas de las guerras napoleónicas, estábamos imaginando cómo sería tenerla delante, sin la ropa, en la soledad de su oficina.
Nada de esto va por donde parece que va. Yo no estaba enamorado de ella. Si algún compañero mío lo estuvo, allá él.
Lo que me marcó fue mucho más pequeño y mucho peor.
Que Bruno era su preferido.
Yo sacaba buenas calificaciones. Las mías eran mejores. Las mías eran las mejores del salón, y ella lo sabía, y me lo escribía en los márgenes con tinta roja: excelente trabajo, Gael. Cada mes. Puntual como un recibo de la luz.
Y aun así.
Cuando Bruno llegaba tarde, ella hacía una pausa, lo miraba entrar, y decía su nombre con una sonrisa. Cuando Bruno decía una tontería en clase, ella se reía de verdad, con los hombros. Cuando Bruno no entregaba algo, le daba dos días más, y se los daba delante de todos, como quien concede un privilegio a alguien que se lo merece por existir.
A mí me ponía diez y no me miraba a la cara.
Un día, terminada la clase, la oí hablando de él con otra maestra en el pasillo.
Ese muchacho va a llegar a donde quiera —quizás llegó con ella, pero en ese tiempo yo era demasiado ingenuo para darme cuenta.
Yo iba dos pasos atrás con la carpeta bajo el brazo y con mis dieces adentro, y sentí una cosa que después he sentido mil veces y que a los dieciocho años no supe nombrar.
Que hay dos economías en el mundo. Una funciona con méritos, y en esa yo ganaba. La otra funciona con algo que no se estudia y que no se acumula, y en esa yo no tenía cuenta abierta.
Y que la segunda es la que reparte todo lo que de verdad importa.
Esa tarde no le tuve rencor a Bruno. Nunca se lo tuve, y esa es la peor noticia de esta historia. Salí de la escuela caminando a su lado, riéndome de sus chistes, orgulloso de que me vieran con él.
◆ ◆ ◆
A mi novia Valeria la conocí a los veinte y tampoco fui yo quien dio el paso. Esa historia también está en el Libro I y también la dejo aquí en una línea: yo llevaba dos semanas calculando cómo acercarme y ella lo resolvió en cuatro segundos, sin pedirme opinión.
Los dos primeros años con Valeria fueron buenos de una manera que todavía me duele recordar. Yo tenía veintiuno, ella diecinueve, vivíamos como se vive a esa edad, y no habría cambiado nada.
Pero hubo un momento especial, en el primer año, antes del jueves de La Cava, antes de que Bruno volviera… antes de que existiera nada de lo que vino después.
Un martes cualquiera, sin nada de particular, en el que yo hice una pregunta.
◆ ◆ ◆
Estábamos en la cama, a oscuras. Con esa pereza buena de cuando no hay que levantarse temprano.
Y yo le pregunté por sus novios anteriores.
Fue una pregunta normal. La hace todo el mundo. Se pregunta por curiosidad, por celos ordinarios, por esa manía de querer saber quién estuvo en el sitio de uno antes de que uno llegara.
Valeria me contestó con naturalidad, riéndose, sin darle la menor importancia. Habló de un chico y de un hombre mayor de su primer año de carrera. Nombres, dos tonterías, y ya.
Ahí debería haber terminado la conversación.
Pero yo pregunté otra cosa.
Y era una pregunta un poco más específica que la anterior. No mucho. Un centímetro más adentro, no más. De esas que se pueden hacer sin que se note.
Ella se rio y me contestó.
Pero avance un centímetro más con otra pregunta.
—¿Y qué hacían exactamente? —la interrogué, tratando de que mi voz sonara desinteresada, como quien pregunta por el clima.
Ella se encogió de hombros, acomodándose la sábana, y me empezó a contar la historia de un tipo con el que estuvo un tiempo en la universidad. Me dijo que era un tipo tranquilo, un poco tímido, que se ponía nervioso la primera vez. Me contó que le daba la mano, que la besaba en la mejilla, que se miraban mucho antes de quitarse la ropa.
—¿Y cómo era él? —insistí, sintiendo que el aire en la habitación se volvía más pesado, más denso.
Me describió el físico, la sonrisa, la forma en que la abrazaba. Yo escuchaba, pero ya no estaba procesando los nombres, ni los lugares. Estaba imaginando el tacto de la piel de ella bajo las manos de ese otro tipo, la diferencia de temperatura, el peso de un cuerpo ajeno sobre el suyo.
—Y la primera vez que lo hiciste con él, ¿quién tomó la iniciativa? —solté, y esta vez ya no pude fingir la indiferencia.
Valeria se rió, divertida por mi curiosidad. Me contó que él no sabía muy bien qué hacer, que se movía torpemente, que ella tuvo que guiarlo la primera vez. Me habló de la inexperiencia, de los silencios incómodos, de cómo se miraban la cara, jugando, mientras ella se quitaba la camisa.
—¿Y él era bueno? —pregunté, apretando la mandíbula, sintiendo la presión crecer en la base de mi columna, la sangre moviéndose hacia donde la ropa me apretaba en mi cuerpo.
—Bueno, sí, la práctica ayuda —dijo ella con naturalidad, estirándose la espalda—. Era muy dulce, la verdad. Me gustaba que se tomara su tiempo. No era de los que se apuraban.
Me imaginé entonces la dulzura, que la convertía en una imagen insultante. Me imaginé la posición, el roce, el sonido de la respiración de un extraño mezclándose con la de ella.
—¿Y la situación? —quise decir, pero la palabra se me trabó en la garganta—. ¿Te gustaba entonces que se tomara su tiempo? ¿Nunca preferiste que el asunto fuera más rápido, más directo?
Valeria me miró, ahora con una chispa de duda.
—No sé... depende del día. A veces me gustaba que me llevara a la cama sin preguntar, que me cogiera la cintura y me apretara fuerte contra él, sintiendo que no tenía escapatoria. Ya sabes, cuando ya no hay palabras y solo importan las manos y la boca.
El pulso me retumbaba en los oídos. Me imaginé la fuerza de esos dedos hundiéndose en sus nalgas, la presión de la saliva, la humedad.
—¿Y qué más? —susurré, casi sin aire.
Y en algún momento de esa noche pasó lo que tenía que pasar: ella se dio cuenta.
No de todo. De algo. Se calló a media frase y se apoyó en el codo, y en la oscuridad noté que me estaba mirando de otra manera.
—Oye —dijo, y le vino la risa a la voz—. ¿A ti te gusta que te cuente esto?
Le dije que no. Le dije que solo tenía curiosidad, que era normal, que ya nos durmiéramos.
Ella dijo «ajá» con toda la ironía del mundo, se acomodó contra mi hombro y se durmió en pocos minutos.
Yo me quedé despierto un rato más.
Y quiero apuntar exactamente lo que sentí, porque es la primera pieza de todo.
No sentí celos.
Sentí vergüenza.
Y debajo de la vergüenza, muy abajo, donde uno no mira, sentí ganas de que me contara más.
◆ ◆ ◆
La segunda noche fue meses después, y esa la empezó ella.
Veníamos de una fiesta, veníamos alegres, y en el coche, camino a casa, Valeria dijo una de esas cosas que se dicen para pasar el rato.
—¿Tú qué harías si yo un día te dijera que me gusta alguien?
Lo dijo riéndose. Estábamos jugando. Se juega a eso.
Y yo, que soy incapaz de contestar cualquier cosa a la primera, contesté enseguida.
—Depende de quién.
Y ella se giró en el asiento y me miró.
Porque esa no es la respuesta que da un hombre normal. Un hombre normal dice «pues me enojaría», o dice «no me hagas eso ni de broma», o se ríe y cambia de tema.
Depende de quién es una respuesta que abre una puerta.
Y ella la vio abrirse. Y siguió jugando.
—No me refiero a alguien que ya conozcamos, —me soltó ella, con ese tono juguetón que usa cuando sabe que tiene la sartén por el mango—. Me refiero a alguien que no existe. Un tipo cualquiera. Imagínatelo: guapo, con unos hombros anchos y una sonrisa cínica.
—¿Para qué? —contesté, forzando una sonrisa mientras sujetaba el volante con más fuerza.
—Para ver cómo reaccionarías. Imagina que el tipo me ve en el súper o mercado, que me sigue al coche, que me invita a tomar algo y acepto. Imagina que el tipo es un animal, que no tiene modales, que me besa en la entrada del edificio la primera vez que que salgo con él y que me lleva a su casa solo para que lo toque con mis manos.
La risa de Valeria se volvió un susurro que llenó el coche.
—O peor, —continuó ella, moviendo la pierna contra la mía, rozándome la rodilla—. Imagina que me visita la noche que tú tienes que quedarte tarde trabajando. Que me quita la ropa, que me besa donde no debe, donde más me gusta, que mira fijamente mientras se baja los pantalones delante de mi.
—Vale —dije, tragando saliva, sintiendo que la voz se me volvía ronca—. ¿Y qué más?
—Valeria se río— jajajaja… que me toma en el salón, sobre la mesa, mientras tengo todavía puestos los tacones. Que me agarra por el culo, me levanta y lo beso. Que me deje temblando… que deja huella. Cuando tú llegues a casa todavía huela mi piel a la fragancia de un hombre que no eres tú jajajaja.
Llegamos a la puerta del edificio en silencio. En la penumbra del pasillo el aire se sentía denso, cargado de esa humedad lúdica que surge cuando dos personas juegan a un límite que ninguno de los dos se atreve a cruzar. Entramos al piso y ella se fue directo al dormitorio, desvistiéndose paso a paso, sin mirarme, sabiendo que yo la estaba observando.
Me quedé parado, viendo cómo se movía la piel de sus glúteos, imaginando la presión de unas manos ajenas apretándolos, que la hacían gemir la palabra "más" que no era para mí. La imaginé doblada sobre la cama, la espalda arqueada, el pene de un extraño hundiéndose en ella, la piel contra la piel, el sonido de la carne chocando. Me sentí raro, algo extraño con la mente llena de imágenes que no eran mías, pero que de alguna forma quería al mismo tiempo verlas y evitar que pasaran en mi cabeza.
—¿Eso es todo lo que quieres que imagine? —le pregunté, acercándome a ella.
Valeria se giró, sonriendo, la piel brillante y la mirada brillante.
—No, —susurró, tirando de mi cinturón—. No es todo.
Nos reímos mucho esa noche. Y a la mañana siguiente no lo mencionamos, ni ella ni yo, ni ese día ni ninguno.
Pero quiero dejar constancia de un detalle que solo entendí veinte años después.
Que aquella noche los dos aprendimos algo, y aprendimos cosas distintas.
Yo aprendí que había una puerta.
Ella aprendió dónde estaba.
◆ ◆ ◆
Bruno volvió a la ciudad tres semanas antes de todo.
Me marcó un martes por la tarde, con esa voz suya que llenaba el teléfono, y me citó al día siguiente en una taquería de la avenida a la que íbamos en la escuela y que yo llevaba cuatro años sin pisar.
Ya estaba ahí cuando llegué, de pie junto a la barra, hablando con el taquero como si lo conociera de toda la vida. Cuatro años fuera del país lo habían hecho más ancho. Me vio, abrió los brazos, dijo flaco cabrón, y el taquero se rio con él sin saber de qué.
Comimos dos horas de pie. Fue buenísimo. Y es importante que se entienda: aquella tarde fue de las mejores de ese año. Yo tenía a mi amigo de vuelta.
Me preguntó por la universidad, por mi madre, por mi padre —que ya estaba enfermo—, con una atención entera, con esa generosidad suya que a mí siempre me pareció la prueba mayor de que me quería. Y era verdad que me quería. Eso tampoco lo he dudado nunca.
Y en algún momento, con el segundo refresco, me habló de una mujer con la que había salido en la otra ciudad. No dijo el nombre.
Me contó dos o tres cosas. Nada del otro mundo. Cosas que se cuentan entre amigos.
Y yo lo escuché.
Lo escuché de una manera que no le he contado a nadie hasta este párrafo. Me acerqué un poco. Hice una pregunta que no hacía ninguna falta hacer. Y cuando él se rio, se encogió de hombros y cambió de tema y me preguntó sobre si yo tenía novia, yo sentí una decepción minúscula, del tamaño de una uña, porque quería que siguiera contando.
Le conté de mi novia Valeria, de cómo la había conocido, de que estaba enamorado de ella, de su luz, su alegría y su sonrisa que me hacía sentir un hombre afortunado.
Me fui a casa esa tarde con una sensación rara en el pecho que atribuí a la alegría del reencuentro.
No era la alegría del reencuentro.
◆ ◆ ◆
Eso es todo lo que había en mí antes de que empezara nada.
Un padre que se levantaba de su propio sillón y sonreía. Una maestra que prefería a Bruno y que a mí me ponía dieces sin mirarme. Dos semanas calculando cómo acercarme a una desconocida sin atreverme que ahora era mi novia. Una pregunta de más en una cama a oscuras. Un juego en un coche. Y una comida de pie en la que escuché a mi mejor amigo hablar de una mujer con un interés que no me correspondía, y yo le conté sobre la luz de mi vida: mi novia Valeria.
Nada de eso es una tragedia. Cualquiera podría contarlo en una sobremesa y no pasaría nada.
Ese es exactamente el problema con todo lo que viene después, y por eso lo pongo aquí antes de contar nada más: que no hubo un momento. Que si alguien me pidiera señalar el día en que me perdí, yo no podría, porque el día en que me perdí no existe.
Solo existe una escalera de días pequeños. Y yo los bajé todos con mis propios pies.
Unos días después de aquella taquería, Bruno me dijo que ya quería conocer a Valeria de una vez.
Quedamos el jueves, en La Cava.
Le dije a Valeria que por fin iba a conocerlo, que llevaba dos años oyéndome hablar de él y que ya era hora.
Se puso contenta.
Y esa tarde, para ir, se probó tres vestidos.
◆ ◆ ◆
Ahí termina el capítulo 0 y empieza el Libro I.
Lo que pasó en La Cava aquel jueves, y todo lo que vino después —el año en que no quise saber, la puerta que ella dejó entreabierta, y los veinte años y las tres mujeres que vinieron después de Valeria— está en El hombre de mis mujeres, una saga de ocho libros.
El Libro I, Cornudo inconsciente, ya está disponible en Amazon y es gratis con Kindle Unlimited.
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Búscalo en Amazon como la saga: El hombre de mis mujeres, de Enzo Vermont
El libro 1 es: El hombre de mis mujeres: Cornudo inconsciente.
Si te gustó cómo escribo, ahí sigue.








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