insolito pedido
Relato de comunidad Fantasíasschedule 7 min de lectura calendar_today Agosto de 2026

insolito pedido

—¿Qué me estás pidiendo...? —Te estoy diciendo lo que quiero, me interrumpió, y su voz era firme, sin titubeos. —Un pollo. Un chico joven, sin experiencia, que no sepa nada de mujeres. Que yo pueda enseñarle.

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INSOLITO PEDIDO

Mi esposa siempre había sido una mujer de contrastes.

Era mayor, recatada, de buenos modales y de esas personas que parecen llevar un reglamento invisible dentro de la cabeza. Cumplía con las normas sociales, respetaba las religiosas y procuraba que cada cosa permaneciera dentro de los límites que, según ella, correspondían a una mujer seria.

Y, sin embargo, su rostro parecía empeñado en contradecirla.

Tenía una mirada sensual que a veces se quedaba suspendida un segundo más de lo necesario. Una sonrisa ligeramente coqueta, casi involuntaria, y un cuerpo que, sin proponérselo, podía despertar pensamientos bastante menos respetables que aquellos que su comportamiento permitía imaginar.

Pero bastaba que alguien llevara una conversación hacia ciertos temas —libertad moral, libertad religiosa, decisiones personales que se apartaran de las costumbres— para que frunciera el ceño.

No discutía.

Era peor.

Guardaba silencio.

Como si determinadas palabras pudieran abrir puertas que llevaba muchos años manteniendo cerradas.

Yo conocía esa contradicción y, quizás por eso, me divertía provocarla de vez en cuando. No para llevarla a ningún sitio, sino para observar ese instante en que su expresión cambiaba, como si dentro de ella aparecieran dos mujeres distintas: la que había aprendido a comportarse de una manera y otra que, quizá, nunca había tenido permiso para hablar.

Con los años aprendí a no insistir.

Hasta que se acercó su cumpleaños.

Una tarde se me ocurrió preguntarle qué quería de regalo.

La pregunta tenía una razón bastante práctica.

Yo acostumbraba comprarle cosas imaginándome cómo se vería con ellas. Elegía alguna prenda, algún detalle que me parecía hermoso y, mientras pagaba, ya me la imaginaba usándolo.

El problema era que casi nunca acertaba.

Después venían mis reclamos silenciosos, mi molestia al descubrir que aquello que había escogido con tanta ilusión terminaba olvidado en un cajón o utilizado una sola vez.

Así que aquella vez decidí rendirme.

—Este año escoges tú —le dije—. Dime qué quieres y te lo regalo.

Ella levantó la mirada.

Fue apenas un instante.

Pero algo en sus ojos me hizo pensar que quizá había formulado la pregunta equivocada.

—¿Lo que yo quiera?

—Lo que quieras.

Sonrió.

No fue la sonrisa habitual.

No era la de esposa agradecida ni la de mujer que intenta ser amable. Fue pequeña, pausada, casi imperceptible.

Y entonces sentí algo extraño.

Como si acabara de entregarle una llave.

—¿Estás seguro? —preguntó.

—Claro.

Ella bajó los ojos.

Durante unos segundos pareció estar pensando.

Yo esperaba algo completamente normal: una cena, una prenda, un perfume, quizá algún objeto para la casa.

Incluso estaba preparado para equivocarme nuevamente.

Pero cuando volvió a mirarme, algo había cambiado.

No sabía qué.

Y precisamente por eso me inquietó.

—Entonces quiero algo que nunca me hayas regalado.

—Eso no es difícil.

Su sonrisa volvió a aparecer.

—No. Creo que esta vez sí lo será.

Me reí, pero ella no.

Fue en ese momento cuando comprendí que no estaba hablando de un objeto.

Sentí que la curiosidad comenzaba a mezclarse con otra cosa.

Una especie de presentimiento.

—¿Qué quieres?

Ella permaneció callada.

Demasiado tiempo.

Yo la observaba tratando de descubrir si estaba jugando conmigo o si, por alguna razón, acababa de entrar en un territorio que hasta entonces ambos habíamos evitado.

Finalmente habló.

Y dijo que lo que quería no tenía nada que ver con regalos convencionales.

Me quedé mirándola.

No porque no hubiera entendido sus palabras.

Precisamente porque las había entendido perfectamente.

Mi primera reacción fue pensar que había escuchado mal.

La segunda, que estaba bromeando.

La tercera fue mucho más perturbadora:

Que quizá llevaba años esperando que alguien le hiciera exactamente aquella pregunta.

—¿Que es lo que quieres? —pregunté.

Ella no respondió inmediatamente.

Se acomodó el cabello detrás de la oreja y evitó mi mirada.

Era un gesto absolutamente normal.

Pero aquella noche lo vi de otra manera.

—Preguntaste qué quería? —dijo finalmente.

—Sí, pero...

—Entonces no preguntes si realmente quieres saberlo.

Aquello me dejó sin palabras.

La mujer que tenía delante seguía siendo mi esposa: la misma que se incomodaba ante ciertas conversaciones, la que fruncía el ceño ante cualquier cosa que considerara una transgresión, la que durante años había defendido límites que parecían inamovibles.

Por primera vez pensé que quizá sus restricciones no eran tan sencillas como yo había creído.

Quizá no se trataba solamente de ausencia de deseo.

Quizá había deseos que había aprendido a esconder tan bien que hasta ella misma había terminado convencida de que no existían.

La miré.

Ella también me miraba. No hablamos más.

Llego el día de su cumpleaños. Ella se puso un vestido negro, sencillo, elegante. Nada que llamara la atención.

Ella se levantó del sofá. Se acercó a la ventana y se quedó de espaldas, mirando la noche. Su silueta se recortaba contra la tenue luz de la calle, y por un instante vi a la mujer que debió ser hace veinte años, antes de que los convencionalismos la moldearan.

Se dio vuelta mirándome fijamente y finalmente hablo:

 Lo que quiero de verdad no se compra en una joyería.

—¿Y qué es?

 Ella sonrió. Esa sonrisa pequeña, pausada, que conocía tan bien y que siempre me había inquietado.

—Un pollo. La palabra quedó flotando entre nosotros.

Yo la miré sin comprender, y ella debió verlo en mi cara, porque soltó una risa baja, casi íntima.

—Así los llamaban en mi pueblo —explicó—. A los jovencitos que no han conocido mujer. Que están vírgenes. El aire se espesó.

Mi mente tardó un segundo en procesar lo que acababa de decir, y cuando lo hizo, sentí algo extraño, una mezcla de incredulidad y un deseo que no sabía que aún quedaba en mí.

 —¿Qué me estás pidiendo...?

—Te estoy diciendo lo que quiero, me interrumpió, y su voz era firme, sin titubeos.

—Un pollo. Un chico joven, sin experiencia, que no sepa nada de mujeres. Que yo pueda enseñarle.

Se acercó un paso. Ahora estaba tan cerca que podía oler su perfume, ese que usaba solo en ocasiones especiales.

—Y quiero que tú lo encuentres para mí. Que lo elijas. Que lo traigas a esta casa y me lo entregues como me entregaste los otros regalos.

Mi garganta estaba seca. Yo, que siempre había sido el que provocaba, el que jugaba con los límites, me encontré de repente en terreno desconocido. Ella había cruzado una línea que yo ni siquiera pensé que podría, y lo había hecho con la misma naturalidad con la que se tomaba el té por las tardes.

—¿Sabes lo que estás pidiendo? —pregunté, aunque mi voz sonó más ronca de lo que había pretendido.

 —Sí.

 —¿Y sabes lo que implicaría?

—Sí. Pero no quiero que lo hagas porque yo lo pida —continuó, bajando la voz—.

Quiero que lo hagas porque tú también lo deseas.

Me quedé mirándola. Aquella mujer no era la que había compartido mi cama durante dos décadas, la que apagaba la luz antes de desvestirse, la que nunca hablaba de deseos que no fueran los aprobados por la decencia. Aquella mujer era otra, una que había estado esperando el momento adecuado para emerger. 

El desafío estaba lanzado. Y por primera vez en años, sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

Y entonces comprendí que el verdadero regalo no era aquello que me había pedido.

Era la posibilidad de descubrir quién era realmente la mujer que llevaba tantos años a mi lado.

Y esa posibilidad, inesperadamente, me produjo  una mezcla de curiosidad y un deseo que no sabía que aún quedaba en mí.

Y supe que su verdadero deseo no era el pollo, sino el juego que vendría después, la complicidad, la tensión que se presentaría entre nosotros cada vez que la viera

—¿Y para cuando lo quieres? —pregunté, y mi voz sonó extraña incluso para mí.

—No tengo prisa —respondió.

—Pero cuando lo tenga, quiero que estés ahí. Mirando.

Y se dio la vuelta, subiendo las escaleras con una calma que era más perturbadora que cualquier gesto.

Se detuvo en el rellano y se volvió.

—Y no quiero que lo hagas por mí. Quiero que lo hagas porque sé que te excita la idea. Porque cuando pienses en mí con él, sientas algo. Algo que no has sentido en mucho tiempo. Se metió en el dormitorio y cerró la puerta con suavidad.

Me quedé solo en la sala, sintiendo el peso de sus palabras. Y supe, con una certeza que me asustó, que ella ya había tomado la decisión.

No sabía cómo ni dónde encontraría a ese chico. Pero lo haría.

Porque ella lo había pedido. Y porque, en el fondo, yo también quería verlo.

— hardman

25 de agosto de 2026

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