Nuestros cuerpos parecen reconocerse
antes de haberse encontrado.
Quizás por eso basta imaginarte cerca
para que mi prudencia se deshaga
y mi piel empiece a anticiparte.
Tienes una forma perturbadora de habitar mi mente:
sin tocarme,
sin buscarme,
sin siquiera saber
cómo tu ausencia puede encenderme.
No quiero extinguir esta tensión
entre el deseo y la razón.
Quiero descubrir hasta dónde puede llevarnos
ese deseo que todavía nos pertenece.
Te metiste en mí como un huracán
que no sé si quiero detener,
y desde entonces
mi piel aprendió tu nombre
como si lo hubiera estado esperando.
Ahora tu huella viaja por mi sangre,
se mezcla con cada suspiro
y me recuerda
que algunas personas
no pasan por tu vida...
Se quedan.
Ardiendo en ti,
rozándote desde dentro,
hasta que incluso el silencio
se vuelve deseo.
Y cuando ya no quede nada que callar,
cuando la distancia pierda su último refugio,
solo quedará este incendio
pronunciando tu nombre
en la oscuridad.
Porque hay deseos que no piden permiso:
te encuentran,
te atraviesan,
y después de ellos
ya no vuelves a ser el mismo.
Y si alguna vez intentamos apagarlos,
arderemos más lejos,
más hondo,
en ese lugar donde el deseo no termina
sino que aprende a llamarse destino.
Entonces entenderás
que no eras una posibilidad,
ni un accidente,
ni una tentación pasajera:
eras la herida que esperaba abrirse,
el incendio que ya llevaba tu nombre,
la única forma que tenía mi cuerpo
de recordar
que también estaba vivo.
Atenea666







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