—Levántate. Daniel se queda a desayunar. Y tú le vas a servir desnuda… con el culo todavía lleno de lo de anoche.
Me levanté. Solo me puse el collar y los tacones altos. Bajé a la cocina así, con los pechos al aire, la cuca hinchada y el culo aún abierto. Daniel ya estaba sentado en la mesa, en boxer, tomando café. Me miró despacio, de arriba abajo, y se le puso dura enseguida.
—Mira nada más… la puta de mi hermano todavía tiene mi leche seca en las piernas.
Mi Amo estaba apoyado en el marco de la puerta, cruzado de brazos, observando todo.
—Prepara el desayuno —me ordenó—. Después te arrodillas bajo la mesa, le sacas la verga y se la chupas mientras él come. Quiero oír cómo babas.
Obedecí. Mientras freía los huevos sentía cómo el aire fresco me tocaba la cuca y el culo abiertos. Cuando todo estuvo listo, me arrodillé debajo de la mesa, entre las piernas abiertas de Daniel. Él se bajó el boxer. Su verga saltó gruesa, venosa, todavía con el olor de la noche anterior. La agarré con las dos manos, la lami desde las bolas hasta la punta y me la metí entera hasta la garganta. Empecé a chuparla profundo, haciendo ruidos húmedos, babosos, mientras él comía como si nada.
Cada vez que él empujaba mi cabeza hacia abajo, la punta le golpeaba la garganta y yo gorgoteaba. La saliva me caía por la barbilla y se me pegaba en los pechos. Mi Amo se sentó al otro lado de la mesa, comiendo despacio, mirándome de vez en cuando por debajo.
—Más profundo —dijo él con voz calmada—. Quiero que se la tragues hasta las bolas.
Daniel me agarró el pelo con fuerza y empezó a culearme la boca de verdad, embistiéndome la garganta una y otra vez. Yo solo abría más, dejando que me usara la cara mientras él terminaba el café.
Cuando acabó de comer, me sacó de debajo de la mesa de un tirón de la cadena. Me dobló sobre la mesa de madera, me separó las nalgas con las dos manos y escupió directo en mi agujero todavía rojo e hinchado de la noche anterior. Sin avisar, sin dedos, me clavó la verga de un solo empujón hasta el fondo. Grité. El culo me ardió delicioso. Él empezó a culearme fuerte, profundo, sacando casi toda la verga y volviendo a entrar hasta las bolas, haciendo que el sonido húmedo de mi culo lleno se escuchara por toda la cocina.
—Míralo —ordenó mi Amo desde el otro lado de la mesa—. Mírame a los ojos mientras mi hermano te destroza el culo.
Yo levanté la cara, lágrimas de placer rodándome por las mejillas, y lo miré mientras Daniel me embestía sin piedad. Cada golpe me hacía avanzar sobre la mesa. El collar tiraba de mi cuello. Mi cuca chorreaba hasta el suelo. Me corrí así, con el culo abierto alrededor de la verga de Daniel y la mirada de mi Amo clavada en la mía, contrayéndome tan fuerte que él gruñó.
—Me voy a correr dentro otra vez —jadeó Daniel—. Quiero dejártelo lleno para que tu dueño lo vea.
Y lo hizo. Empujó hasta el fondo, se quedó quieto y me llenó el culo a chorros calientes. Sentí cómo el semen le salía a presión y me bajaba por los muslos en el mismo instante. Se retiró despacio, dejando el agujero abierto y goteando.
Mi Amo se levantó entonces. Caminó hasta mí, me abrió las nalgas con los dedos y miró el desastre: el culo rojo, hinchado, con el semen blanco de Daniel escurriendo en hilos gruesos.
—Todavía lo tienes caliente dentro… perfecto.
Se bajó el pantalón. Su verga estaba dura como piedra. Se posicionó detrás de mí y me la metió de un solo golpe, empujando el semen de Daniel más adentro. Empezó a culearme lento, profundo, haciendo que se escuchara el sonido chapoteante de los dos semen mezclados. Me agarró la cadena del collar y me obligó a arquear la espalda.
—Dile a Daniel cómo se siente mi verga entrando sobre la de él —me ordenó.
—Se siente… tan gruesa… me está abriendo otra vez… Amo… me está llenando encima de lo de él…
Mi Amo aceleró. Me culeó fuerte, salvaje, recuperándome como solo él sabía hacerlo. Cuando se corrió, empujó hasta el fondo y me llenó con chorros calientes que se mezclaron con los de Daniel. Me dejó ahí, temblando, con las piernas abiertas, el culo destrozado y los dos semen escurriendo juntos por mis muslos hasta el suelo.
Daniel se vistió, me dio una palmada fuerte en una nalga y le dijo a mi Amo:
—Cuando quieras prestármela otra vez… avísame. Esta puta tiene el culo perfecto.
Mi Amo solo asintió. Cuando Daniel se fue, me levantó con cuidado, me limpió con una toalla caliente y me besó el collar.
—Eres mía —susurró contra mi oído—. Aunque te preste a mi hermano, aunque te deje el culo abierto y lleno de otro… sigues siendo solo mía.
Yo, todavía temblando, con la voz rota, solo pude responder:
—Siempre tuya, Amo… siempre.








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