La lluvia seguía cayendo y yo ya había perdido completamente la noción del tiempo.
Él disminuyó la velocidad.
—¿Seguro que esa es tu dirección? —preguntó.
Sonreí.
—Sí.
—Entonces ya casi llegamos.
—Lo sé.
Pero ninguno de los dos parecía tener prisa.
Me acerqué un poco hacia adelante. Podía sentir su perfume y aquella cercanía hizo que mi corazón comenzara a latir mucho más rápido.
—Estás muy callada —dijo.
—Estoy pensando.
—Eso me preocupa.
—No debería.
—¿Y qué estás pensando?
Lo miré directamente a los ojos a través del espejo.
—Que si sigues mirándome de esa manera, voy a terminar haciendo algo impulsivo.
Él sonrió lentamente.
—¿Y sería tan malo?
No respondí.
El silencio que siguió fue todavía más intenso que cualquier palabra.
Cuando finalmente estacionó frente a mi edificio, ninguno se movió.
—Llegamos —dijo suavemente.
—Sí.
Pero permanecí sentada.
Él giró ligeramente la cabeza.
—¿No vas a bajar?
Negué con una sonrisa.
—Creo que todavía no.
Me incliné hacia adelante y nuestras miradas quedaron a muy poca distancia.
—Entonces dime algo —susurré—. ¿Vas a dejar que esta noche termine así?
Él negó lentamente.
—No quiero que termine así.
Aquella respuesta fue suficiente.
Me acerqué y compartimos un beso intenso, breve pero cargado de toda la tensión que habíamos acumulado durante el trayecto. Cuando nos separamos, los dos nos quedamos sonriendo, todavía demasiado cerca.
Abrí finalmente la puerta.
Antes de bajar, me volví hacia él.
—¿Mañana trabajas?
—Sí.
—Entonces guarda mi número.
Le entregué mi teléfono y él sonrió mientras lo anotaba.
Bajé del taxi bajo la lluvia y caminé hacia la entrada del edificio. Antes de entrar, mi teléfono vibró.
Era un mensaje suyo:
La próxima carrera no pienso dejar que sea tan corta.
Sonreí mirando la pantalla.
Y esta vez fui yo quien respondió:
Entonces mañana no llegues tarde.








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