Otro mesero a mi lista del menú.
Relato de comunidad Sexo oralschedule 5 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Otro mesero a mi lista del menú.

Se vino todo en mi boca, una gota tras otra, mezclándose con mi saliva, mientras yo lo seguía chupando hasta que lo último se secó. Traqué hasta la última gota.

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Hoy un Domingo de otoño, y ya era un despropósito salir de casa. El aire en Dallas tenía esa frescura cobarde que todavía no decide si es frío o es calor, pero a mí me daba igual. Iba sin nada debajo del vestido —ni una tira, ni un broche— y mi marido lo sabía.

En el coche, mientras la carretera se abría hacia las afueras, él puso la mano en mi muslo como quien no quiere la cosa. Luego fue subiendo. Los dedos, lentos, paseándose por la piel hasta que el vestido se le arrugó entre los dedos y yo tuve que morderme el labio para no gemir ahí mismo, a plena luz del día.

—Te estás poniendo lista —dijo, sonriendo sin mirarme.

Llegamos al restaurante. Uno de esos lugares de mesas con manteles y luz cálida, pero a esa hora solo había comensales tranquilos, familias y parejas mayores. Todas las miradas se fueron a mis piernas cuando entré. Lo sabía. El vestido, corto, dejaba bastante, y el movimiento al caminar hacía el resto. Mi esposo caminaba detrás, tranquilo, disfrutando cada par de ojos que se clavaba en mí.

Nos llevaron a una mesa reservada al fondo, junto al pasillo. Sofás altos, de esos que te comen. Al sentarme, quedó claro que el asiento era enorme para mi cuerpo pequeño. Me hundí, el vestido se abrió, y sentí el aire fresco en la piel, directo, sin nada que lo detuviera. No pretenía ser provocativa —bueno, tal vez sí—, pero el dobladillo se había subido hasta dejarme prácticamente al descubierto.

Fue entonces cuando apareció el mesero.

Alto. Rubio. Ojos claros que se movían rápido, demasiado rápido. Tendría veintiuno, a lo mucho. Tenía un cuerpo que no escondía debajo del delantal —mucho torso, mucho hombro, esa presencia de quien recién empieza a saber el efecto que causa. Y no supo disimular. Su mirada bajó, una sola vez, directa a entre mis piernas, y se quedó ahí un segundo que se le hizo largo. Mi esposo lo vio. Yo también. Sonreí por dentro y no dije nada.

El mesero nos atendió bien. Demasiado bien. Volvía una y otra vez, por cualquier cosa: ¿agua? ¿Servilletas? ¿Cómo va el plato? Cada vez que se acercaba, yo me movía apenas un poco, el vestido se subía un poco más, y él se quedaba un poco más. Mi esposo pidió la carta como si no pasara nada. Yo incliné el escote para alcanzar la sal, y de pronto los botones delanteros del vestido dejaron ver más de una teta, la sombra del pezón asomando apenas. El chico se quedó mirando, y su polla se estaba volviendo una evidencia cálida y dura contra el delantal.

No le dije nada hasta terminar de comer.

—¿Me puede decir dónde están los baños, por favor?

Lo pregunté con la voz más dulce que pude, sabiendo exactamente el estado en que lo tenía. Él tragó saliva, me dijo que ahí, a la derecha, y me vio levantarme. Yo le sostuve la mirada apenas un instante, y él entendió. No hizo falta ninguna palabra más.

Entré al baño. No cerré del todo la puerta. Un segundo después, él estaba ahí, con el delantal aún puesto, mirándome como si no supiera qué estaba haciendo. Yo tomé su mano, la llevé directo a su entrepierna, y ahí estaba: duro, gordo, dándole forma al pantalón. No hizo ninguna pregunta. Lo desabroché con calma, bajé el cierre y saqué esa verga al aire.

Delante de mí, parada, se abría como pidiendo más. Olor a jabón, olor a hombre, ese calor denso que ya estaba húmedo en la punta. Me agaché despacio, con el vestido subido, con las nalgas rozando la puerta, y lo tomé en la boca.

Empezó a gemir bajo, con la respiración atrapada. Lo chupé despacio al principio, saboreando la longitud completa, pasando la lengua por esa vena que corría por su culo —por su tronco— y sintiéndolo latir entre mis labios. Yo misma me estaba mojando, el deseo bajándome directo como otra cosa, pero ahí solo estaba yo, mi boca llena, sus manos buscando dónde agarrarse.

—Ah… —dejó escapar, y se le quebró la voz.

Fue rápido. Era joven, estaba ardido, y estaba yo ahí con mis labios apretándolo, mi lengua girando alrededor del glande, el calor húmedo envolviéndolo entero. Metí la mano y le apreté las bolas mientras lo chupaba; sentí el cuerpo completo estremecerse como un cable. Entonces vino. Sin previo aviso. Me agarró la cabeza con una mano y me dejó correrse directo en la garganta.

Todo. Se vino todo en mi boca, una gota tras otra, mezclándose con mi saliva, mientras yo lo seguía chupando hasta que lo último se secó. Traqué hasta la última gota.

Él quedó apoyado contra la puerta, deshaciéndose. Yo me limpié la esquina de los labios con el dorso de la mano, me acomodé el vestido, y salí como si no hubiera pasado nada.

Cuando volví a la mesa, mi esposo me estaba esperando con los ojos brillantes, todavía con la servilleta sobre el regazo, como si pudiera ocultar algo.

—¿Y bien? —dijo, bajando la voz.

Yo sonreí, me senté, y tomé un sorbo de agua.

El mesero volvió, dos veces más, con vergüenza y con deseo mezclados, apenas capaz de mirarme a los ojos. La segunda vino con la cuenta, y mi esposo la pagó, le dejó una propina generosa —bastante generosa— y le dijo con toda la calma del mundo:

—Ha sido una comida excelente.

El chico se sonrojó hasta las orejas. Yo, salí del lugar con la boca todavía sabiendo a él, y la mano de mi esposo, otra vez, ya estaba subiendo por mi muslo en el coche.

— gatoscuriososam

4 de octubre de 2026

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