Amor, ya sé qué darte del Día del Padre (Quinta y última parte): La cereza del pastel
Relato de comunidad Voyerismoschedule 14 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Amor, ya sé qué darte del Día del Padre (Quinta y última parte): La cereza del pastel

El tipo me vio ya casi convulsionando. Soltó la cabeza de su mujer, soltó la teta de mi esposa y se inclinó hacia adelante. Le puso las dos manos en las nalgas y se las abrió de par en par, para que yo pudiera darle todavía m...

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Contenido adulto. Este relato fue escrito por un miembro de la comunidad. Léelo solo si tienes 18+ y mente abierta.

Para contextualizar y disfrutar a plenitud esta historia, les recomendamos leer primero los relatos 1 al 4.

Ha sido difícil escribir por nuestras múltiples ocupaciones; venimos desde 2017 tratando de cerrar esta historia. Gracias a quienes durante todos estos años nos escribieron preguntando cómo terminaba esa noche. Aquí está. Con este capítulo, por fin, terminamos.

Relato 1

“Amor, ya sé qué darte del Día del Padre”

Relato 2

“Amor, ya sé qué darte del Día del Padre (Segunda parte): Nuestra primera vez en un bar swinger”

Relato 3

“Amor, ya sé qué darte del Día del Padre (Tercera parte): Y nos exhibimos, vimos y nos vieron”

Relato 4

“Amor, ya sé qué darte del Día del Padre (Cuarta parte): El cómplice de una pareja”

Y sí, allí estaba ella.

Mi esposa hermosa, de pie al lado de Camilo, completamente desnuda, con los ojos desorbitados y el pecho subiendo y bajando como si respirara desde el fondo del alma. No parpadeaba. Miraba, fija, cómo Isabel se atragantaba con mi verga.

Yo no le pude sostener la mirada. Sentí un frío que me subió desde los pies hasta la nuca: miedo, vergüenza, culpa… y debajo de todo eso, algo peor, algo que no tenía derecho a sentir y que, sin embargo, me la tenía más dura que nunca dentro de la boca de otra mujer.

Isabel levantó los ojos sin dejar de engullirme y me vio la cara. Se me debía notar todo.

—Mi esposa está ahí —le susurré—. Y no tiene cara de buenos amigos.

Isabel se sacó mi verga de la boca muy despacio, dejando un hilo de saliva colgando entre sus labios y mi glande, y giró la cabeza hacia ella con una sonrisa de gata.

—Ven —le dijo, puedes compartir esto conmigo.

Mi esposa negó con la cabeza. Un no seco, sin palabras. Isabel se encogió de hombros y volvió a tragarme como si nada, como si la cosa no fuera con ella, como si el espectáculo fuera precisamente ese: chupársela al marido de otra con la otra mirando.

Camilo y mi esposa encontraron un mueble libre a pocos pasos, justo de frente a nosotros. Primera fila. Ella se sentó con las piernas cruzadas, desnuda, sin rastro del pudor con el que había entrado a ese club horas antes. Camilo, a su lado, intentó acariciarle el muslo. Ella le apartó la mano sin siquiera voltear a mirarlo.

—No. Por favor, no.

Camilo retiró sus manos y no lo volvió a intentar.

Ese «no» no fue solo para Camilo. Me llegó a mí como una cachetada. Entendí que en ese cuarto el placer no era de todos, y que si seguía ahí, con la cabeza de Isabel subiendo y bajando entre mis piernas, iba a ganarme una mamada y a perder algo mucho más grande. Le acaricié la cara a Isabel, le pedí que parara y le extendí la mano para que se pusiera de pie. Caminamos juntos hasta donde estaban nuestras parejas. Camilo se levantó, tomó a Isabel de la mano, nos regaló una sonrisa de complicidad que en ese momento no supe leer, y salieron del cuarto sin decir nada.

Me senté al lado de mi esposa. Tardé en encontrar la voz.

—¿Cómo te sientes? ¿Estás enojada?

Ella se quedó mirando la cama del centro, donde dos parejas se revolcaban sin ninguna vergüenza.

—No —dijo al fin—. Solo estoy asimilando este golpe de realidad. Entendiendo en qué nos estamos metiendo.

Hablamos un buen rato ahí mismo. Aclaramos lo que acababa de pasar, lo que había sentido cada uno, lo que queríamos y lo que no. No hubo reclamos. No hubo celos. No hubo arrepentimientos. Entendimos, juntos, por qué habíamos llegado hasta ese lugar.

Lo más extraño —lo más morboso— es que una de las conversaciones más honestas de nuestro matrimonio la tuvimos con un coro de gemidos de fondo. Mientras yo le decía que la amaba, una mujer suplicaba a gritos que no se la fueran a sacar. Mientras ella me confesaba que había sentido miedo, un tipo bufaba como un toro a menos de un metro de nosotros. Era imposible hablar sin mirar cómo las parejas se devoraban. Y era imposible mirar sin que algo, por dentro, se nos fuera prendiendo de nuevo.

Ya era tarde. La gente empezaba a salir del cuarto y a volver a sus mesas, sudada, despeinada, satisfecha. Nosotros hicimos lo mismo. A Camilo e Isabel no los encontramos en la mesa, así que quedamos solo nosotros dos… y dos sillas vacías.

Yo creí que la noche había terminado ahí.

Estaba equivocado.

Sin decir una palabra, mi esposa se pasó del mueble donde estaba al mío. Se me sentó encima, de frente, con una pierna a cada lado, y me besó. Pero no fue un beso normal. No fue el beso de siempre. Fue un beso sucio, hambriento, cargado de una lujuria que yo no le conocía; un beso con dientes, con lengua, con rabia, como si quisiera borrarme de la boca cualquier rastro de otra mujer.

Le respondí igual. Y fue inevitable mandarle las manos a ese culote que se manda. Se lo apreté con toda la mano, le enterré las uñas, se lo abrí de par en par, le di una nalgada que sonó por encima de la música. Ella, mientras tanto, se restregaba de arriba abajo sobre mi verga, despacio, mojándome, buscando despertarla otra vez. No tuvo que buscar mucho.

Cuando abrí los ojos, el auditorio ya no estaba lleno solo de mesas, sillas y tragos. Estaba lleno de miradas. Miradas pervertidas, hambrientas, todas clavadas en el show que mi esposa les estaba regalando sin pedirle permiso a nadie.

Entonces ella se fue deslizando por mis piernas hasta quedar de rodillas en el piso: de frente a mí y de espaldas a todo el mundo. Me agarró la verga con la mano derecha y empezó a pajearme lento, muy lento, mientras me miraba a los ojos con un desafío que me heló la sangre.

—¿Quieres que te la chupe yo? —me preguntó—. ¿O quieres que vaya a buscar a la perra esa para que te la chupe de nuevo ella? ¿O prefieres que te la chupemos las dos?

Jamás en mi existencia había estado en una encrucijada tan «hijueputamente» grande. La vida me dio tres vueltas en un segundo. Tenía que acertar y tenía que responder rápido, sin dañar el momento. Quise llamar a un amigo. Quise pedir el cincuenta-cincuenta. Pero en ese concurso no había comodines, y lo que estaba en juego no era un millón de pesos: era mi vida.

Opté por salvarla y entonces respondí:

—En este momento, la única perra que quiero que me la chupe mientras todos la miran eres tú. Así que trágatela completica, hasta que te den arcadas.

La tomé de la cabeza y la guie suavemente hacia mi verga. Se la metió en la boca, suave, tibia, húmeda… y me dio un mordisquito en la cabeza, como recordándome quién mandaba.

—¿Crees que a la gente le está gustando lo que me ven hacerte? —me preguntó, con la voz ronca.

—Más de uno y más de una quisieran estar en mi lugar —le respondí.

Pasó la lengua desde la punta, bajó por todo el tronco, llegó hasta mis “güevas” y me las chupó una por una, sin apuro. Luego volvió a mirarme.

—Pues entonces —dijo—, ahora les va a gustar más.

Dejó de estar de rodillas. Se puso de pie, se dobló por la cintura y siguió chupándomela así, parada, con el culo bien parado hacia el salón para que todos se deleitaran con lo que la luz tenue alcanzaba a mostrar.

Cuando mi esposa paró ese culo, nadie disimuló. Nadie. Me escupió la cabeza de la verga, se la metió hasta la garganta y se quedó ahí, quieta, ahogándose a propósito, dejando que su cuerpo se acostumbrara a ese intruso que le cortaba la respiración. Y mientras tanto, como si no fuera suficiente, mecía las caderas de lado a lado y de arriba abajo, en un baile lento dedicado a todo el que quisiera mirar.

Cuando logré salir un poco de ese éxtasis y levanté la vista, vi a un hombre moreno, alto, en bóxer, caminando directo hacia nuestra mesa. No dije nada. Me quedé callado, con el corazón en la garganta. Lo vi acercarse sin quitarle los ojos de encima al culo de mi esposa. Se sentó en una de las dos sillas vacías, justo a mi lado. No pronunció una sola palabra. Solo se sentó a mirar cómo mi esposa me la chupaba «con todo y güevas», y un poquito más.

En uno de esos sube y baja, ella levantó los ojos y lo vio ahí. No dijo nada. Ni lo determinó. Siguió. Y un rato después, mientras me succionaba el alma a través de la verga, volvió a levantar la mirada… pero no me miró a mí. Miró al intruso. Lo desafió con los ojos, sin soltarlo, mientras me escupía la verga de la forma más grotesca y deliciosa posible y cambiaba la boca por la mano para seguir pajeándome.

El moreno no decía nada. Solo miraba. Yo tampoco me atreví a proponer nada. Si mi esposa quería algo con él, tenía que ser ella la que diera el primer paso. Yo no me iba a oponer: ya había tenido mi espacio con una tercera. Pero la decisión era suya, y solo suya. El silencio entre los tres se volvió tan espeso que casi se podía tocar.

En algún momento volteé a mirarlo y lo encontré con la verga en la mano. No sé en qué momento se quitó el bóxer, pero ahí estaba, desnudo, pajeándose a medio metro de mí, al mismo ritmo con el que mi esposa me pajeaba a mí. Dándose autocariño, en primera fila, frente al mejor espectáculo de la noche.

Entonces mi esposa cambió de juego. Se puso de pie de golpe y me dio la espalda. Metió la mano por entre sus piernas, me agarró la verga por debajo y se inclinó un poco. Empezó a jugar con mi cabeza entre sus labios, a pasarla de arriba abajo, a mojarla con su propia humedad… y sin avisar, se clavó de una. Hasta el fondo. Soltó un suspiro hondo, largo, que debió escucharse en todo el salón.

Puso una mano en cada una de mis rodillas y empezó a moverse en círculos, despacio, profundo, mientras su mirada recorría en ciento ochenta grados las caras de todos los presentes. Exhibía, orgullosa, sus tetas rebotando, sus caderas, su cara de pasión, su cara de placer. Su cara de puta. Esa que yo tantas veces había fantaseado verle y que esa noche, por fin, le estaba mostrando al mundo.

Me dejé caer contra el espaldar de la silla para que mi verga le entrara todavía más profundo, y fue ahí cuando recordé que teníamos visita. El intruso seguía en primera fila, viendo cómo mi esposa me cabalgaba de espaldas. Por primera vez pudo ver de frente el tamaño de ese culo y lo bien que lo movía. Me miró a los ojos mientras se pajeaba duro, mordiéndose el labio. El tipo no cabía de la emoción. Buscó en mi mirada una autorización, un permiso para algo. Y aunque una parte de mí se moría por dárselo, esa no era una decisión mía.

En esas, mi esposa giró la cabeza por encima del hombro y nos miró a los dos. Después me ignoró por completo y clavó los ojos exclusivamente en el visitante. Empezó a gemir más duro. A poner su cara de puta más descarada. A mover las caderas con más fuerza, a dejarse caer sobre mí con unos sentones que me sacaban el aire. Todo para que él la viera. Para que se excitara hasta no poder más. Para que se muriera de las ganas de algo que no le iba a tocar disfrutar jamás.

Y cuando notó que lo había logrado —cuando vio al moreno a punto de reventar—, se levantó de repente de mi verga, me la agarró con la mano izquierda y me haló hacia ella, como quien hala a un caballo del cabestro, rumbo al salón donde minutos antes Isabel se había arrodillado a chupármela.

—Vamos al cuarto —me dijo—. Quiero que me vean de más cerca cómo me culeo a mi marido. Y quiero ver cómo culean otros mientras me doy duro contra ti.

Al pasar, ni siquiera miró al moreno. Lo dejó ahí, sentado, con la verga en la mano y la boca abierta.

Así, «cabestreado», me llevó hasta el cuarto, contoneando las caderas para todos los mirones del camino. Me pidió que me sentara en la misma silla donde un rato antes habíamos estado reflexionando, y de nuevo me cabalgó de espaldas. Giró la cabeza hacia atrás, buscó mi oreja, me metió la lengua, me la mordió suavecito y me susurró:

—Quiero darte la espalda para poder ver cómo les dan verga a esas perras que están en la cama. Tú también puedes verlas desde aquí… e imaginarte que una de ellas soy yo. Con otro hombre taladrándome en cuatro las entrañas, halándome del pelo, dándome nalgadas… mientras tú te quedas en esta silla, solito, mirando. Así como me tocó a mí mientras tú disfrutabas con Isabel.

Me enloqueció. No sé si fueron las palabras, la voz o el veneno con el que las dijo, pero sentí que me iba a venir ahí mismo.

—¿Quieres estar en esa cama en cuatro mientras otro te clava la verga sin piedad? —le pregunté, casi sin aire.

Ella se clavó hasta el fondo y se quedó quieta, apretándome por dentro.

—No quiero —me dijo—. Solo quiero que te lo imagines. Yo también me voy a imaginar que soy una de esas perras a las que están clavando sin compasión… mientras me clavo en esta verga deliciosa tuya.

Imaginar. Solo imaginar. Así hice yo. Así hizo ella.

Seguimos culeando de lo lindo en esa posición hasta que se le cansaron las piernas. La cama del amor estaba a escasos ochenta centímetros, así que se estiró y apoyó las manos en el colchón para tener de dónde agarrarse mientras buscaba cada vez más profundidad y más intensidad en sus sentones. Aproveché para levantarme de la silla y quedé dándole en cuatro: ella con las manos en la cama y yo de pie detrás, mientras los dos seguíamos mirando a las demás parejas.

Fue así como vi que, al lado de mi esposa, había una pareja más o menos de nuestra edad de ese entonces. Él, sentado en el borde de la cama. Ella, de rodillas en el piso, chupándosela. Mi esposa estaba demasiado cerca de ellos; yo, un poco más alejado, pero tampoco tanto. Vi cómo levantó la mirada, hizo un escaneo libidinoso de todo el cuarto y la dejó caer, decidida, sobre esa pareja. La mujer lo pajeaba y se lo chupaba al mismo tiempo, y mi esposa no le quitaba los ojos de encima mientras gemía sin descanso con cada embestida mía.

Yo le daba en cuatro, duro, sin parar. La nalgueaba. Le metía un dedo ensalivado en el culo. Y mientras tanto, como ella me lo había pedido, me imaginaba que era otro el que la estaba haciendo su puta. Supongo que ella imaginaba lo mismo.

De repente, el hombre de al lado estiró la mano y la puso sobre la espalda de mi esposa.

Me quedé congelado.

Mi esposa lo vio todo. No se apartó. No dijo nada. Le sostuvo la mirada un segundo eterno… y luego, casi imperceptiblemente, con su silencio asintió. Arqueó todavía más la espalda, como ofreciéndosela. Yo miraba incrédulo lo que pasaba, pero lo permití porque ella lo había permitido. Sentí que el deseo y el morbo de esa noche la habían llevado, por fin, a soltarse de todos sus prejuicios y sus miedos, y a disfrutar.

El hombre empezó a pasarle las yemas de los dedos de la mano derecha por la espalda arqueada, mientras con la izquierda sujetaba la nuca de su mujer, que seguía chupándosela como si nada. Le recorría la columna de arriba abajo y de abajo arriba, suave, lento, sin dejar de mirarla desafiante. Y ella lo miraba a él con su cara de puta, gimiendo con cada embestida mía.

En uno de esos recorridos, el hombre se desvió del camino. Se salió de su columna, de su espalda, bajó por el hombro, pasó por la axila, por las costillas… y le agarró una teta. Mi esposa se mordió los labios y siguió gimiendo sin quitarle la mirada de encima. El tipo se la agarraba, se la sobaba, se la disfrutaba sin pudor. Le apretó el pezón entre los dedos y mi esposa soltó un grito que me atravesó.

Yo no podía con tanto. Seguía dándole duro, pero sabía que no iba a aguantar mucho más tiempo.

El tipo me vio ya casi convulsionando. Soltó la cabeza de su mujer, soltó la teta de mi esposa y se inclinó hacia adelante. Le puso las dos manos en las nalgas y se las abrió de par en par, para que yo pudiera darle todavía más duro, todavía más adentro.

Mi esposa no decía nada. Solo disfrutaba. Yo ya no daba más. Le seguí dando lo más duro que podía, lo más duro que le había dado en la vida. Y en esas, el tipo empezó a nalguearla. Una, dos, tres veces. Yo veía cómo los cachetes se le iban poniendo rojos bajo la mano de otro hombre, y eso terminó de enloquecerme.

No aguanté más. Y ella tampoco: lo supe porque sentí cómo su vagina empezaba a contraerse alrededor de mi verga, a apretarme, a ordeñarme. Ella movía el culo desesperada; yo se la enterraba lo más profundo y lo más duro que podía; y el tipo la azotaba a cachetadas sin piedad.

En ese momento mi esposa se desplomó sobre la cama y yo me desplomé sobre ella. Los dos temblando. Los dos gritando. Tuvimos el mejor orgasmo de nuestras vidas.

No nos dimos cuenta de nada más. Hasta hoy no sabemos a qué hora se fue esa pareja, ni cómo terminaron ellos. Por un rato, el mundo entero fue esa cama, su espalda sudada contra mi pecho y su corazón latiendo como loco debajo del mío.

Cuando por fin pudimos movernos, salimos del cuarto, nos dimos un duchazo, nos vestimos y salimos rumbo al hotel. En el camino no hablamos. Solo nos mirábamos y nos reíamos como dos adolescentes que acababan de hacer la peor —y la mejor— travesura de su vida.

Ya en la habitación, mientras recordábamos todo lo que habíamos visto, todo lo que habíamos hecho y todo lo que nos habíamos imaginado, seguimos haciendo el amor hasta que el sueño nos venció. Lo último que recuerdo antes de quedarme dormido fue su boca pegada a mi oreja:

—Feliz Día del Padre, amor.

— ellayel

5 de octubre de 2026

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