La tarde transcurrió como cualquier otra de verano. Juan recogió a las niñas del campamento, aún con la arena pegada en las piernas y el pelo mojado por alguna guerra de globos de agua. Las tres hablaban a la vez desde el asiento trasero del coche, mientras Marga contestaba un mensaje de voz desde el grupo de padres, con ese tono dulce que solo usaba cuando estaba con ellas.
Pasaron por el supermercado rápido. Unas cervezas frías, algo para la cena, fruta. Luego, vuelta a casa, chapuzón rápido en la piscina, risas, juegos, croquetas en la terraza y helado en el sofá. Verano en familia.
Pero a medida que caía la tarde, Juan notó ese brillo en los ojos de Marga. Ese que anunciaba que su cabeza ya no estaba en la cocina ni en las niñas, sino en otra parte. En él. O en algo aún más oscuro.
Después de cenar, Marga subió con las pequeñas. Una historia corta y a la cama. Juan se puso las zapatillas, unos pantalones cortos y salió a correr, como hacía algunas noches. El aire era cálido, denso, con olor a jazmín.
No había avanzado ni dos manzanas cuando lo vio.
—¡Gustav! —saludó, levantando la mano.
El vecino paseaba a su perro, un labrador ya mayor que se movía lento. Gustav, 47 años, 1,75, calvo, con barba clara y una camiseta ajustada de algodón. No era musculado, pero se le notaban los años de actividad: hombros marcados, piernas fuertes. Su piel clara, con ese tono nórdico que no se bronceaba nunca del todo, tenía pequeñas quemaduras solares. Iba sin depilar, con el vello natural en brazos y piernas.
—¡Juan! ¿Trote de digestión? —bromeó.
—O de evasión —respondió él con media sonrisa.
Caminaron juntos unos metros, mientras el perro olisqueaba las farolas. La conversación fue natural. Hablaron del calor, del campamento, de cómo sus hijas —la mediana de Juan y la hija de Gustav— se habían hecho inseparables. Luego, sin forzar, surgió lo de quedar.
—Mañana —dijo Gustav—, si os apetece, la traigo a casa a media mañana. Que jueguen en la piscina. Además, esta semana os invitamos a comer. Algo informal, antes de recogerlas.
—Perfecto. Le encantará.
—¿Cómo está Marga?
—En modo diosa, como siempre —respondió Juan sin pensar.
Gustav sonrió, con ese gesto medio irónico que lo caracterizaba.
—Sí, se nota que está en su mejor momento. Tiene ese algo… joder, no sé qué es, pero se nota.
Juan asintió, sin decir nada. No era la primera vez que notaba cómo la miraban. Ni que le ponía que lo hicieran.
El móvil vibró en su mano.
Marga.
Una sola imagen.
Juan la abrió sin pensar.
El golpe visual fue directo al centro de su polla.
Marga, en el sofá de casa, con el bodysuit negro de rejilla que dejaba al aire sus tetas y su coño completamente depilado. El encaje enmarcaba su cuerpo como una trampa. Tenía un plug anal metido entre las nalgas, con una joya negra en la base, mirándolo a cámara, con la boca abierta y los labios húmedos.
—Joder… —susurró Juan.
Gustav, que estaba junto a él, echó un vistazo rápido a la pantalla antes de que Juan reaccionara.
Un segundo. Quizá dos.
Suficiente.
El silencio fue incómodo. Juan bloqueó la pantalla y tragó saliva.
—Perdona. No era… —empezó a decir.
—No pasa nada —respondió Gustav, con voz tranquila. Pero sus ojos decían otra cosa.
—Tengo que volver. Marga me espera.
—Seguro que sí —dijo él, y sonrió. Esta vez sin ironía.
Juan echó a correr sin mirar atrás.
Juan llegó a casa con el pulso acelerado, pero no por la carrera. Su cabeza aún daba vueltas con la imagen: Marga arrodillada, en ese bodysuit negro de rejilla, la boca abierta, tan sucia, tan suya. Y ese instante en que Gustav la vio. El destello. La mirada. La puta tensión.
Abrió la puerta sin hacer ruido. La casa estaba en silencio, solo la luz tenue del porche filtrándose por las cortinas. Cruzó el salón descalzo, en penumbra, y empujó con suavidad la puerta corredera de cristal.
La vio.
**
Marga estaba tumbada en el sofá exterior, de lado, completamente desnuda. Había tirado el bodysuit al suelo. La luz de la piscina le dibujaba sombras azuladas sobre la piel. Tenía una copa de vodka en una mano, el cuerpo húmedo y relajado, las piernas ligeramente abiertas.
Entre sus nalgas, el plug negro seguía encajado, con su joya brillante reluciendo bajo la luna.
Y en la otra mano… un dildo negro, grande, realista. Gordo, venoso, con la cabeza ancha y brillante. De al menos 18 centímetros, tan obsceno que parecía fuera de lugar en aquel porche perfecto.
Se lo estaba pasando lentamente por los labios, sin metérselo del todo. Solo lo acariciaba, lo besaba, le escupía.
Juan se quedó en la puerta, observando, con la polla dura marcando la tela del pantalón.
—¿Te gusta lo que ves? —dijo ella sin mirarlo, con voz ronca.
—No sabes cuánto.
—Estaba pensando en ti. Y en el vecino.
Juan tragó saliva.
—¿Lo hiciste a propósito?
—Sabía que estabas con él, os escuché hablar. Y sabía que abrirías la foto sin pensar. —Giró la cabeza. Sus ojos brillaban—. ¿La vio?
—Sí.
Ella sonrió.
—Perfecto.
Juan se acercó. Se agachó frente a ella y le apartó las piernas. Su coño estaba empapado, brillante. El plug asomaba entre las nalgas, tirante, encajado. Marga se acarició el clítoris mientras le ofrecía el dildo.
—Quiero que me folles viendo cómo me meto esto.
Juan se bajó el pantalón. La polla le saltó fuera, dura, palpitante. Se sentó frente a ella, piernas abiertas, y empezó a masturbarse mientras la miraba.
Marga apoyó un pie en el respaldo del sofá, abriendo del todo el coño. Apuntó el dildo negro a su entrada y lo rozó con la punta, sin meterlo.
—¿Así me la metería Gustav? —preguntó, sin dejar de mirarlo.
—Ni en sueños. Él solo puede mirar.
—Entonces mírame tú —susurró.
Lo metió despacio. La cabeza del dildo desapareció entre sus labios. Gritó bajito.
—Está tan grueso… —jadeó—. Me llena como un puto toro.
Juan no podía dejar de masturbarse. Su polla goteaba. Veía cómo su mujer se follaba con ese monstruo negro, con el plug aún encajado en el culo. El cuerpo le temblaba, los pezones duros como piedras.
—Te estás corriendo —murmuró él.
—No. Aún no. Me falta tu polla.
Se lo sacó con un gemido, dejó el dildo mojado sobre la mesa y se puso a cuatro patas en el sofá, el culo alto, el plug brillando.
—Fóllame por donde quieras. Pero fóllame ya.
Juan se colocó detrás, la agarró de las caderas y le metió la polla de una. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, hasta el fondo. Marga gritó.
—¡Sí! ¡Dámela toda! ¡Hazme tuya, cabrón!
Juan la empujaba con fuerza, el plug vibrando a cada golpe. Se inclinó sobre ella, le mordió el cuello, le agarró los pechos con fuerza.
—Estás hecha una puta diosa —le susurró al oído—. No hay nada que me ponga más que verte así. Abierta. Juguetona. Mía.
Marga gemía sin control. El sofá crujía bajo ellos. El sonido del agua de la piscina era lo único que acompañaba la escena.
Hasta que lo escucharon.
Un leve crujido. Como ramas pisadas. Muy cerca. En el jardín del vecino.
Juan se detuvo. Marga quedó jadeando, aún con la polla dentro.
—¿Has oído eso?
—Sí… —susurró ella, excitada.
Se quedaron quietos. Otro leve sonido. Una respiración.
—¿Naama? —dijo Marga, casi riendo.
Juan no contestó. Miraba a la oscuridad.
—Si nos están mirando —dijo ella—, que miren bien.
Y empezó a moverse, a embestirse sola contra él. Más rápido. Más sucia. Más ruidosa.
Juan no aguantó más.
Se la sacó, se tumbó, la puso encima y la hizo cabalgar. Marga brincaba sobre él, con las tetas rebotando, el plug asomando cada vez que se alzaba. Los gritos eran ya gemidos sucios, húmedos.
Juan se corrió primero, con un gemido largo. Marga no tardó. Se corrió sobre su polla, mojándole el vientre, las piernas, todo. Cayeron juntos, jadeando, empapados.
El jardín seguía en silencio.
—¿Tú crees…? —empezó a decir él.
—Si nos han visto —dijo ella, aún agitada—, que se corran también.
Y bebió el último trago de vodka, con una sonrisa maliciosa.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar