La primera foto mostraba exactamente lo que después se convertiría en mi debilidad: ella de espaldas, con esos shorts vaqueros tan cortos que apenas cubrían nada, el top café subido y esa curva perfecta del trasero mirando a la cámara por encima del hombro. Como si ya estuviera invitándome a mirar.
Le escribí algo directo:
“Ese trasero debería estar prohibido… o al menos tener más público.”
Respondió en menos de dos minutos:
“¿Y tú serías de los que solo miran… o de los que me animan a mostrar más?”
Esa misma noche quedamos. Ella llegó en su camioneta blanca, estacionada en un parking casi vacío al borde de la carretera. Bajó los escalones con esos mismos shorts, el top aún más corto, el pelo rojo cayéndole en rizos salvajes por la espalda. No había nadie cerca… todavía.
Me sonrió con esa mezcla de nervios y excitación que después aprendí a reconocer.
¿Quieres que nos quitemos de aquí… o prefieres que alguien nos vea?
Antes de que pudiera contestar, se giró, se apoyó en la puerta de la caravana y se bajó un poco más los shorts, dejando que el borde de la tanga asomara. Justo en ese momento pasó un camión. El conductor redujo la marcha. Ella no se movió. Solo me miró por encima del hombro, mordiéndose el labio, y susurró:
Dile que te gusta… que me digan cosas. Me pone.
Esa noche no llegamos a ningún motel. Nos quedamos ahí, con la puerta entreabierta, ella sentada en el escalón con las piernas abiertas lo justo, yo de pie delante de ella, y cada vez que un coche pasaba y alguien miraba, ella se excitaba más. Yo también.
Al amanecer, cuando el parking empezaba a llenarse de camioneros y viajeros, ella me tomó de la mano, me metió dentro de la caravana y, con la cortina apenas cerrada, me dijo al oído:
Ya no quiero que solo me mires tú. Quiero que me vean… y que me digan lo que les provoca. Tú vas a ser el que disfrute escuchándolo.
Esa fue la primera vez que entendimos lo que éramos.
Una pareja exhibicionista.
Y desde entonces, cada vez que alguien se queda mirándola de más, ella me busca con la mirada y sonríe. Porque sabe que a los dos nos pone igual de duros.








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