Mi esposa de viaje
Relato de comunidad Voyerismoschedule 7 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

Mi esposa de viaje

Le di permiso. Ella dijo que no, que las grandes le dolían. En el viaje conoció a uno de ojos verdes. Cuando volvió me lo contó mientras se la metía: era más grande, la llenó más, le gustó y se vino en su cara. Me corrí dentr...

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Llevábamos meses con esa conversación. Yo se lo decía en la cama, mientras se la metía despacio y la miraba a los ojos: que mi fantasía era que se acostara con alguien que le gustara de verdad, que la complaciera, que la hiciera venir como nunca lo había hecho. Ella siempre se reía, se ponía roja y me contestaba que no, que nunca lo haría. Que las vergas grandes le dolían y que conmigo estaba bien. A veces usábamos un extensor, pero ella no lo disfrutaba igual; se quejaba de que no se sentía natural. Aun así, el permiso estaba dado. Los dos lo sabíamos. Ella nunca había sido infiel. Yo nunca había insistido más allá de las palabras.

Esta vez estaba de viaje, sola, en un resort. Una noche me escribió que había conocido a alguien en el bar. Que era guapo, de ojos verdes, alto, con los brazos marcados. Que habían bailado y que estaba pensando si seguir o no. Yo le contesté que se divirtiera, que si pasaba algo me lo contara después, con detalles. Me quedé duro solo de imaginarlo. Esa noche me masturbé pensando en ella bailando pegada a él.

Cuando volvió, esa misma noche se acostó a mi lado. La besé despacio, le quité la ropa pieza por pieza y la acosté de espaldas. Le abrí las piernas, le besé por dentro de los muslos y empecé a comérmela. La lengua plana al principio, recorriéndola despacio, después más precisa en el clítoris. La chupé, le metí la lengua, sentí lo mojada que estaba, el sabor cálido de ella. Gimió, me agarró el cabello y me dijo que siguiera. Cuando ya estaba temblando, subí, me puse encima y se la metí lento, de frente, mirándola a los ojos. Entró caliente y apretada. Empecé a follarla profundo, saliendo casi todo y volviendo a entrar, el sonido húmedo de cada embestida llenando la habitación.

La miré y le pregunté bajito:

—¿Te gustó?

Ella me rodeó la cintura con las piernas, me clavó las uñas en la espalda y me contestó, jadeando:

—Sí… me gusta cómo me la metes. Pero la que me comí era más grande. Más gruesa. Me llenaba más.

Seguí embistiéndola más hondo y le dije que me contara. Ella siguió, la voz ronca, entre gemidos. Me contó que en el bar llevaba dos mojitos y el tercero la tenía el cuerpo suelto, la piel más sensible. Que él se había acercado, ojos verdes, alto, brazos marcados, y la había invitado a bailar. Que en la pista le había puesto las manos en la cintura y la había pegado contra él. Que una mano le había bajado al culo y la había apretado, mientras con la otra le rozaba un seno por encima del vestido, el pulgar cerca del pezón. Que ella había sentido cómo se le ponía dura, grande, contra el vientre, y se había rozado un poco más, adivinando el tamaño. Que no se había apartado. Que los mojitos y el calor de sus manos la habían mojado.

Me contó que después de un rato así él le había preguntado si quería subir. Que ella había dudado un segundo y había dicho que sí. Que en el ascensor la había pegado contra la pared y la había besado profundo, una mano subiendo por el muslo. Que ella había sentido la dureza contra ella. Que en la habitación le había quitado el vestido despacio, la había dejado en tanga y la había besado el cuello y los senos. Que se habían restregado un rato en la cama, él entre sus piernas, la verga dura marcada contra la tanga. Que ella se había mojado más. Que él le había hecho oral con la tanga puesta, la lengua sobre la tela, chupándole el clítoris hasta que había venido temblando, apretándole la cabeza.

Siguió contándome mientras yo la follaba, más fuerte ahora. Que después ella se había puesto de rodillas, se la había sacado. Que estaba depilado, olía rico, limpio. Que era más grande y más gruesa que la mía. Que le había excitado verla así. Que se la había chupado despacio, con la lengua, y que le había chupado los huevos como me los chupa a mí, despacio, succionándolos. Que a él le había encantado. Que le había dicho que se los chupaba rico. Que después él se había puesto el condón, la había alzado con facilidad y la había acostado de frente. Que se había restregado un momento y le había preguntado si quería. Que ella había asentido, aunque siempre decía que las grandes le dolían.

—Me la metió lento, mirándome —me dijo, gimiendo—. Estaba tan empapada que entró rico, profundo, sin doler. Me llenó más. Se sentía más dura. Le agarré los brazos y sentí los músculos marcados. Le dije que me gustaba, que se sentía rica así. Me folló constante, fuerte pero sin apuro. Vine apretándolo, temblando. Él aguantó y siguió un rato más. Después se sacó, se quitó el condón y se vino en mis senos. Me dijo que me veía hermosa. Yo le contesté que me había encantado, que había entrado más rico de lo que pensaba.

Yo la embestía más profundo, el sonido húmedo, el calor de su coño apretándome. Ella siguió con la segunda ronda. Me contó que después de venirse él en sus senos, ella había pasado los dedos por el semen, se los había llevado a la boca y le había dicho que olía rico. Que él se había reído y le había contestado que era por el ejercicio. Que ella le había recorrido el abdomen marcado y le había dicho que se notaba. Que se habían besado. Que ella le había dicho que quería más. Que se había puesto entre sus piernas, se la había sacado y había jugado con ella sin condón: se la había chupado, le había chupado los huevos otra vez, y después se la había restregado en la entrada, mojándola con lo empapada que estaba, la cabeza entrando apenas y saliendo. Que le había dicho que se sentía rica así, directa. Que había seguido hasta que no aguantó y le rogó que se la metiera. Que él se puso el condón y se la metió profundo.

Me contó que después ella se subió encima y lo cabalgó, las manos en su abdomen, sintiendo los músculos de sus brazos cuando la agarraba de la cintura. Que le había dicho que le gustaba montarlo, que se sentía dura dentro. Que había venido cabalgándolo. Que él había aguantado. Que al final la había puesto de lado, la había follado profundo y, cuando ella le dijo que quería que se viniera en su cara, él se sacó, se quitó el condón y lo hizo. Chorros calientes en su cara y en su boca. Que ella había abierto, le había chupado la cabeza y le había dicho que estaba rica.

La miré, jadeando, y le pregunté:

—¿Te gustó que te llenara más?

—Sí —me contestó, los ojos brillantes—. Se sintió diferente. Más llena. Más profunda. Me encantó estar con él. Pero tú eres mi hombre. Y me excita contártelo mientras me follas.

La agarré de las caderas y la embestí hasta el fondo. Ella vino fuerte, apretándome, temblando, diciéndome que siguiera, que le gustaba, que no parara. El sonido de su coño mojado, sus uñas en mi espalda, el calor. Aguanté un poco más, la follé profundo y constante mientras me repetía que era más grande y que le había gustado, hasta que me vine dentro de ella. La leche salió caliente, llenándola, y se lo dije al oído:

—Esto es lo que más me calienta. Que hayas disfrutado su verga más grande, que te haya venido en la cara y que ahora me lo cuentes conmigo dentro.

Se quedó jadeando, las piernas todavía alrededor de mi cintura, el semen empezando a salir. Me abrazó y me dijo, la voz suave:

—Me gustó mucho terminar así. Contártelo mientras me follabas y que me dejaras la leche adentro. Se sintió más intenso.

La besé el cuello y le contesté que quería que me lo contara otra vez. Con más detalles. Mientras se lo hacía de nuevo.

Desde esa noche hablamos más de eso. Ella sabe que me pone durísimo que lo haya disfrutado de verdad. Y yo sé que a ella le gustó más de lo que imaginaba, que el tamaño le entró rico porque estaba tan mojada, que le excitó sentirse más llena y que le gusta contármelo mientras la follo. El permiso sigue ahí. Los dos sabemos que puede volver a pasar. Y los dos queremos que pase.

— kairos34

14 de octubre de 2026

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