La santa de tu devoción
Relato de comunidad Hetero: Generalschedule 4 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

La santa de tu devoción

Recién entonces empiezo a moverme. Lento. Profundo. Rodando la cadera de una forma que hace que la base de tu verga roce exactamente donde más lo necesito. Cada embestida es un recordatorio: después de conocerme, para ti el p...

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Me gusta que para ti el placer soy yo.

Estoy de pie entre tus piernas abiertas, todavía con tu camisa abierta hasta el ombligo y nada más debajo. La tela me roza apenas los senos cada vez que respiro. Sé que estás mirándome. Sé que ya estás duro, que la respiración se te corta solo de verme así.

Me acerco despacio. Mi piel tiene exactamente la temperatura que necesitás y la textura precisa para que tus manos quieran perderse en cada uno de mis rincones. Cuando intentás tocarme el muslo, te agarro la muñeca y la aparto con suavidad.

—Todavía no.

Me inclino sobre ti. Mi cabello cae como una cortina y el perfume que más te gusta —ese que solo se crea entre mi pelo y mi cuello, a base de mi piel caliente y el leve rastro de lo que ya me está pasando entre las piernas— te envuelve por completo. Te veo inhalar profundo, como si estuvieras recibiendo un sacramento.

Disfruto ser la dictadora de tus emociones.

Te susurro al oído, rozándote apenas el lóbulo con los labios:

—Pedime delicadeza… porque mis palabras pueden ser tu remedio o tu sentencia.

Con una mano te recorro el pecho, el abdomen, y me detengo justo encima de donde más me necesitás. No te toco. Solo dejo la palma apoyada ahí, sintiendo cómo te late, cómo se te tensa, cómo me pides sin hablar.

Sé que puedo alimentarte de mí y dejarte hambriento si te niego el acceso a mi boca.

Me deslizo dos dedos por mi vagina calida —ya estoy empapada— y te los llevo a los labios. Abrís la boca y me chupás los dedos con una necesidad casi desesperada. El sabor de mí te hace gemir. Te los retiro despacio, dejando un hilo brillante de saliva entre tu boca y mis dedos.

Entonces me subo encima de ti. Todavía no te dejo entrar. Solo me siento sobre tu erección, dejando que el calor de mi vagina abierta te rodee, que mi humedad te manche, que el roce lento y deliberado te vuelva loco. Me muevo apenas, frotándome contra ti con una lentitud casi cruel, dejando que la cabeza de tu verga se deslice una y otra vez entre mis labios hinchados, sin permitirte más.

Me gusta ser la santa de tu devoción:

la única por la que te permitís pecar.

Es delicioso y absurdo ver que cuando estás conmigo le temés un poco menos a tu Dios… y que te consuela pensar que Él celebra nuestra unión. Porque tu deseo por mí no puede ser otra cosa más que un plan celestial.

Te miro a los ojos mientras me guío hasta tu verga y me dejo caer de un solo movimiento, entrandome entero hasta el fondo. El gemido que se te escapa me recorre entera. Me quedo quieta un segundo, sintiéndote palpitando dentro de mí, grueso, caliente, llenándome por completo.

Recién entonces empiezo a moverme. Lento. Profundo. Rodando la cadera de una forma que hace que la base de tu verga roce exactamente donde más lo necesito. Cada embestida es un recordatorio: después de conocerme, para ti el placer tiene mi nombre.

Te agarro las muñecas y te las llevo por encima de la cabeza, inmovilizándote con mi propio peso. Sigo montándote con esa cadencia hipnótica, casi litúrgica, sin dejarte de mirar.

—Si existe algo parecido a un milagro… —susurro, acelerando apenas el ritmo, sintiendo cómo te endurecés todavía más dentro de mí— …quizás se parece bastante a lo que sientes cuando te miro.

Y te miro. Sin piedad. Con esa mezcla de ternura y poder que sé que te deshace.

Te vienes primero. Te siento derramarte dentro de mí a chorros calientes mientras sigo moviéndome, exprimiéndote, usando tu orgasmo para alcanzar el mío. Cuando llego, me arqueo sobre ti, contrayéndome a tu alrededor en oleadas intensas, dejando que el placer me atraviese por completo.

Después me quedo quieta, todavía llena de ti, con la frente apoyada en tu pecho y la respiración entrecortada.

Te siento acariciarme el cabello con dedos temblorosos.

Sonrío contra tu piel, satisfecha.

Porque después de conocerme, para ti el placer tiene mi nombre.

Y yo me voy a encargar de que nunca lo olvides.

Atenea666

— atenea666

10 de octubre de 2026

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