La abogada de Granada
El mensaje llegó por Guía Cereza un lunes en la noche:
“Hola. Soy Daniela. Abogada. Mi esposo y yo leímos varios de tus relatos y queremos una experiencia con alguien que realmente controle la situación. Ya tenemos exámenes recientes. Si tú también te los haces, nos gustaría sin condón.”
Daniela tiene treinta y tres años. Es abogada litigante y tiene su propia oficina cerca de Granada. Su esposo, Sebastián, de treinta y siete, es médico especialista. Pareja culta, sin hijos, de buen nivel. Intercambiamos los exámenes, todo salió limpio y acepté.
Quedamos un viernes en la noche. Llegué a su apartamento en Granada. Daniela abrió la puerta con un vestido negro corto y muy ajustado. Tiene un cuerpo grueso y abiertamente sexual: tetas grandes, pesadas y firmes, areolas oscuras y anchas, cintura marcada, culo redondo, amplio y suave, muslos gruesos y una cuca carnosa de labios gruesos y oscuros que ya se veían húmedos a través de la tela. Sebastián estaba detrás, en silencio.
Entré, dejé las llaves sobre una mesa y miré primero a él:
“Esta noche mando yo. Tú no tocas a tu esposa hasta que yo lo permita. No te vienes sin mi permiso. No hablas si no te lo pido.
Te sientas donde yo te diga y solo miras. ¿Entendido?”
Sebastián contestó bajito: “Entendido.”
Atraje a Daniela por la cintura, la besé profundo y le metí la mano por debajo del vestido. Le aparté la tanga y le introduje dos dedos de una vez en la cuca. Estaba empapada, caliente y apretada. La hice de rodillas ahí mismo en la sala. Me baje el pantalón, saqué mi verga y se la puse sobre los labios.
“Ábrela. Trágatela completa.”
Se la metió hasta el fondo, babeando. Yo le sujeté la cabeza con las dos manos y empecé a usarle la boca con calma y profundidad, sacándola hasta el borde y volviéndola a enterrar hasta que se escucharon los sonidos húmedos y ahogados de garganta. Sebastián miraba desde el sofá sin moverse.
Cuando ya la tenía completamente dura y brillante de saliva, la levanté del suelo, la cargué en brazos y me la llevé a la habitación principal. La tiré de espaldas en la cama grande. Le arranqué el vestido y la tanga. Le abrí las piernas todo lo que pude, le miré la cuca abierta y chorreando y le pasé la cabeza de la verga por encima varias veces, presionando contra el clítoris. Después empujé con fuerza y se la enterré completa de un solo golpe, sin condón. Daniela gritó fuerte y se le saltaron las lágrimas.
Empecé a cogerla con embestidas pesadas y profundas. Cada golpe hacía que esas tetas grandes rebotaran con violencia y que el ruido de mis caderas contra su culo llenara toda la habitación. Le agarré las muñecas y se las clavé contra la cama por encima de la cabeza.
“Mira a tu marido… dile exactamente lo que te estoy haciendo con esta verga.”
Con la voz quebrada contestó:“Me está abriendo la cuca… se siente muy gruesa… me está llegando hasta el fondo… me va a llenar de leche…”
La volteé de un movimiento y la puse en cuatro. Le empujé el pecho contra el colchón, le agarré el pelo con una mano como rienda y la cadera con la otra.
Empecé a meterle la verga sin piedad, profundo y rápido, haciendo que el golpe de mis huevos contra su cuca se escuchara obsceno. Le di nalgadas fuertes que le dejaron la marca roja de mis dedos.
“Vas a venirte con esta verga enterrada hasta el fondo. Y cuando te vengas se lo gritas.”
Se vino temblando con todo el cuerpo, la cuca apretándome en convulsiones fuertes, gritando que se estaba viniendo.
Yo seguí embistiéndola sin soltarle el pelo.
Cuando sentí que llegaba al límite me enterré hasta el fondo y me vine dentro de ella a chorros.
Le llené la cuca de leche espesa y caliente. Seguí dándole embestidas cortas y profundas para empujársela más adentro mientras ella jadeaba y se le escapaba por los lados.
Cuando saqué la verga, un hilo grueso y blanco le bajó por el muslo interior hasta casi la rodilla. La dejé exactamente en cuatro, con el culo en alto, la cuca abierta y goteando, y le ordené a Sebastián:“Acércate y limpia todo. Con la lengua.”
Se arrodilló detrás de su esposa y empezó a lamer y chupar la leche que le salía. Daniela lo miraba por encima del hombro con los ojos vidriosos mientras él tragaba en silencio.
Me recosté un rato, le pasé los dedos por la cuca sensible y le toqué los pezones.
Después me la cogí una segunda vez, otra vez sin condón.
La puse de lado, le levanté una pierna y se la metí despacio pero hasta el fondo, mirándola a los ojos.
Me vine otra vez dentro de ella y la llené de nuevo. Sebastián permaneció obediente y en silencio toda la noche.
Salí cerca de las dos de la mañana. Granada estaba en calma.
Consejo de un verdadero bull:
Cuando hay acuerdo previo de exámenes y leche adentro, la experiencia se vuelve más cruda. Pero el verdadero poder sigue estando en las reglas que tú impones y en que el cornudo obedezca sin cuestionar.
Si tú y tu pareja son personas cultas, profesionales y buscan un macho de verdad, ya saben cómo encontrarme.
Solo por placer.








Comentarios
0 comentarios
Inicia sesión para dejar un comentario.
login Entrar