Abrí el chat sin esperar mucho, pero me encontré un perfil interesante y una foto muy provocadora (esa espalda...) Al principio era solo una conversación más, pero bastó que cruzáramos las primeras palabras sobre cómics, películas, vivencias, historias, sobre esa serie que te recomendé y el universo Marvel, para darme cuenta de que al otro lado no había un perfil cualquiera. Cuando me contaste de esas noches jugando Mario Kart con tus amigas en la finca, entendí que tu cabeza tenía un brillo distinto. Pero la verdadera tormenta empezó cuando la complicidad se volvió fuego crudo.
Mientras afuera en Cali la lluvia golpeaba con fuerza en la calle, adentro el deseo se volvía insoportable. Leí cada una de tus confesiones, cada línea donde describías cómo tu ropa interior se empapaba pensando en mi cuerpo, en mi fuerza y en la idea de tenerme encima. Ver cómo una mujer tan increíble, fina e inteligente se me entregaba en palabras me voló la cabeza. No voy a mentir: me hice varias pajas pensando en tu boca, imaginando perfectamente la sensación de agarrarte del pelo, de ahogarme en tu calor y de meterte la verga hasta el fondo en cada uno de tus orificios, tal como me lo pedías, hasta dejarte temblando y sin aliento.
Escribiste que temías perder el control y que el vértigo te hizo buscar un refugio. Entiendo que un año de calma y la distancia asusten cuando la fantasía amenaza con volverse realidad. Pero yo no soy solo un personaje de tu libreta de apuntes ni un fantasma digital.
No tengo miedo de cruzar el mapa, ni de cambiar la pantalla por la realidad de una habitación vacía donde finalmente sienta el olor de tu piel. Aquí sigo, firme y tranquilo, esperando el momento exacto en que la lluvia pare y la distancia se quede corta. Porque las ganas que te tengo no se apagan con un silencio; apenas están empezando.
Para ti Colorete Numerado, sigues muy presente...







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