Ana y si viaje a Londres parte 1
Relato de comunidad Interracialschedule 5 min de lectura calendar_today Noviembre de 2026

Ana y si viaje a Londres parte 1

Ana y su experiencia con un hombre negro

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Ana llegó a Londres un martes gris, con dos maletas y el contrato de seis meses ya firmado. El trabajo era de camarera en un café cerca de Brixton; el sueldo apenas cubría el alquiler de una habitación normal, así que buscó algo más barato. En el segundo día encontró el anuncio: habitación individual, baño compartido, a diez minutos caminando del local. El precio era casi la mitad de lo que pedían en otras zonas.

Cuando llegó a verla, el barrio ya le había puesto los pelos de punta. Calles estrechas, tiendas africanas, grupos de hombres negros en las esquinas hablando en idiomas que no entendía. Subió las escaleras del edificio de ladrillo rojo y tocó la puerta. La abrió él.

Cincuenta años, barrigón, calvo, piel muy oscura, con una camiseta blanca demasiado apretada que marcaba la panza. Le sonrió con dientes amarillos y le hizo pasar. Mientras le enseñaba la habitación (pequeña, con una cama individual y una ventana que daba a un patio interior), ella no dejaba de mirarle las manos grandes y las piernas. Pero lo que más la incomodó fue lo que se notaba bajo el pantalón de chándal gris. Una forma gruesa, pesada, que se movía cuando caminaba. No era normal. Se le marcaba tanto que parecía que el pantalón no daba abasto.

Él se dio cuenta de su mirada. No dijo nada. Solo se quedó parado junto a la cama, con las piernas un poco abiertas, y le dijo el precio. Ella tragó saliva. Quería irse. Todo le daba asco: el olor del piso, la forma en que él la miraba, ese bulto enorme que no podía dejar de notar. Pero el dinero no le alcanzaba para otra cosa. Firmó. Pagó el primer mes en efectivo. Él contó los billetes con calma, sin apartar los ojos de ella, y le entregó las llaves.

Esa primera noche durmió con la puerta cerrada con pestillo. Escuchaba pasos en el pasillo, voces graves, risas. Se repetía que solo eran seis meses. Que no tenía que hablar con nadie. Que el casero era solo un viejo repugnante y que ella podía evitarlo.

Al día siguiente, cuando salió a trabajar, él estaba en la cocina sin camiseta, preparando café. La panza le colgaba. El pantalón de chándal estaba aún más abajo de la cintura. Y otra vez, ese bulto enorme, grueso, largo, se marcaba claramente. Ella bajó la mirada y salió rápido, con el corazón acelerado de puro rechazo.

Pero mientras caminaba hacia el café, no podía dejar de pensar en el tamaño. Veintisiete centímetros. Lo había medido con los ojos sin querer. Y eso la asqueaba todavía más.

Los primeros tres días intentó evitarlo por completo. Salía a las siete de la mañana, cuando el piso todavía estaba en silencio, y volvía pasadas las once de la noche. Cerraba la puerta de su habitación con llave apenas entraba y se duchaba rapidísimo, con el oído puesto en cualquier ruido del pasillo. El casero (se llamaba Kwame) parecía respetar eso. No tocaba su puerta. No le hablaba. Pero siempre estaba ahí.

El cuarto día, cuando salió de su cuarto a las seis y media, lo encontró en la cocina otra vez. Esta vez sí llevaba camiseta, pero el pantalón de chándal era el mismo. Estaba de espaldas, sirviéndose café, y la tela se le ceñía de tal forma que se le marcaba todo el contorno de esa polla enorme, gruesa y pesada, colgando hacia un lado. Ella se quedó quieta en el umbral. Solo un segundo. Lo suficiente para ver cómo se movía cuando él cambiaba el peso de una pierna a la otra. Luego bajó la mirada y dijo un “buenos días” seco. Él se giró, le sonrió sin enseñar los dientes y le contestó con ese acento profundo que le hacía vibrar el pecho. Ella no esperó respuesta. Agarró su bolso y se fue.

Esa noche, al volver, él estaba sentado en el sofá de la sala compartida viendo la televisión con el volumen bajo. Las piernas abiertas. El bulto descansando entre los muslos, tan grande que deformaba la tela. Ella tuvo que pasar por delante para llegar a su habitación. Sintió su mirada en la espalda. No dijo nada. Pero cuando llegó a su puerta y metió la llave, se dio cuenta de que se había quedado mirando un segundo de más. Lo odió. Odió que sus ojos hubieran ido ahí solos.

Al día siguiente se duchó más temprano para no cruzarse con él. Cuando salió del baño envuelta en la toalla, él estaba en el pasillo, saliendo de su propio cuarto. Se detuvo. Ella también. El pasillo era estrecho. Él la miró de arriba abajo, despacio, sin disimular. Ella apretó la toalla contra el pecho y pasó rápido, rozándole el brazo. Olía a jabón barato y a algo más, a hombre. Cuando cerró la puerta de su habitación, el corazón le latía fuerte. No de miedo. De asco. Se lo repetía: asco.

Pero esa noche, en la cama, se quedó pensando en el tamaño. En cómo se le marcaba. En cómo él no hacía nada por esconderlo. Se tocó por encima del pijama, solo un momento, y luego se detuvo con rabia. No era posible. El tipo era un viejo barrigón, calvo, repugnante. No podía estar pensando en eso.

Al sexto día él empezó a aparecer más. Le dejaba café hecho en la cocina. Le preguntaba si necesitaba algo del supermercado. Una vez, cuando ella volvía del trabajo con las bolsas, él salió de su cuarto y le ofreció ayuda. Ella dijo que no. Él insistió, suave. Al final le quitó una bolsa. Cuando se la devolvió en la puerta de su habitación, sus dedos se rozaron. Él no apartó la mano de inmediato. Ella sí. Pero cuando cerró la puerta, se quedó apoyada en ella, respirando, con la piel caliente donde la había tocado.

Esa misma noche, mientras se preparaba para dormir, escuchó que él se duchaba. El agua corriendo. El sonido de su cuerpo moviéndose. Y sin querer, se imaginó cómo debía verse esa polla de 27 centímetros mojada, pesada, colgando. Se odió por imaginarlo. Se odió más cuando se dio cuenta de que se había mojado.

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— relatobogotano

8 de noviembre de 2026

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