La Soledad De La Calle
Relato de comunidad Transexualesschedule 8 min de lectura calendar_today Septiembre de 2015

La Soledad De La Calle

Aunque soy un hombre y me gustan las mujeres siempre he sentido una extraña fascinación por complacer a un hombre, desde lo visual con prendas femeninas o de otras maneras que por lo general permanecen como fantasías. Esta hi...

dergolem2013

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Siempre supe que mi cuerpo guardaba secretos que mi boca se negaba a confesar. Me gustan las mujeres —eso es innegable—, pero hay algo en la sumisión, en la entrega absoluta a un hombre mayor, experimentado, que despierta en mí un fuego diferente. Un fuego que solo arde cuando me siento vulnerable, cuando mi piel se estremece bajo una mirada que devora sin pedir permiso.

Esa tarde, el bus de la antigua Troncal de Caracas estaba casi vacío. Aquellos vehículos enormes y oxidados, con sus varillas de metal frío que sobresalían por doquier, eran mi transporte hacia la universidad. Eran las seis de la tarde, esa hora peligrosa donde las sombras crecen demasiado rápido en esa zona olvidada de la ciudad.

Subí las escaleras y sentí inmediatamente el peso de una mirada.

Era un hombre de unos cincuenta años, quizás más. Su ropa gastada, su barba de varios días, esas manos grandes y nudosas que parecían haber trabajado toda una vida. Estaba sentado al fondo, en la silla que da a la puerta trasera, y sus ojos me atravesaron con una intensidad que me detuvo el aliento. No era una mirada casual. Era hambre pura, reconocimiento mutuo de algo que ambos sabíamos sin hablarlo.

Me encantan los hombres maduros. Siempre me han encantado. Pero esa fascinación viene acompañada de una vergüenza que me paraliza, un miedo ancestral a ser descubierto en mi propio deseo.

Me senté a mitad del bus, sintiendo su presencia como un imán. Llevaba puesto un pantalón de algodón oscuro, algo holgado, y una camiseta vieja. Ropa cómoda, anónima. Pero bajo esa ropa, mi piel ardía en anticipación.

El bus avanzaba entre baches y el ruido metálico de las varillas vibrando. Cuando llegó mi parada, me levanté y caminé hacia la puerta trasera. Él seguía allí, inmóvil, esperando.

Justo cuando pasaba a su lado, extendió una mano y agarró la varilla vertical al lado de la puerta. Una varilla que quedaba exactamente a la altura de mi cadera. Su mano, grande y curtida, rodeaba el metal frío.

Hice como si me faltara tiempo para bajarme. Como si buscara algo en mi mochila. Y entonces, deliberadamente, me recosté contra esa varilla. Mi espalda quedó atrapada entre el metal frío y su mano caliente.

El juego había comenzado.

Él movió la mano hacia arriba, lentamente, deslizándose por la curva de mi cintura. Sus dedos ásperos encontraron el espacio de piel desnuda entre mi camiseta y el pantalón. Un centímetro. Dos. El contacto fue eléctrico. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, tan fuerte que temí que él pudiera escucharlo.

Me quedé inmóvil, ofreciéndome, rindiéndome.

Su mano descendió por mi cadera, se deslizó por detrás, y con un movimiento audaz se introdujo por la cintura de mi pantalón. Sus dedos toscos rozaron la curva de mis nalgas, apretando con dificultad pero con determinación. Esa mano fría, trabajada, haciéndome suyo en medio de un bus público.

Me pegué más contra la varilla, arqueándome inconscientemente, ofreciéndole mejor acceso. Él se puso de pie entonces, su cuerpo mayor presionando contra mi espalda, y bajó la mano más profundamente hasta que sus dedos me acariciaron completamente, poseyéndome con ese simple gesto.

"Nos bajamos", susurró contra mi oído. Su aliento olía a tabaco y café viejo.

Había pasado ya mi parada. Habíamos recorrido cuadras enteras mientras él me tocaba. Asentí con la cabeza, sin voz, sin voluntad propia. Timbré el bus y descendimos a la calle crecientemente oscura.

Caminamos en silencio. No había necesidad de palabras; mi cuerpo ya había negociado por mí. Él caminaba delante, seguro de sí mismo, y yo lo seguía como un cachorro perdido que ha encontrado a su dueño. No me sentía seguro, no me sentía protegido. Me sentía poseído, y esa sensación me excitaba hasta la locura.

Entramos a un centro comercial destartalado, uno de esos donde la mitad de los locales están cerrados y el aire huele a humedad y abandono. Un celador lo saludó con familiaridad. Hablaron unos minutos mientras yo esperaba, incómodo, excitado, avergonzado. Luego me presentó:

"Mi sobrino", dijo, y la mentira sonó tan natural que casi la creí yo mismo.

Subimos por rampas de cemento hasta un local de ropa usada en el segundo piso. Un negocio pequeño, atiborrado de perchas y cajas, con un olor a tela vieja y perfume barato. Abrió la puerta apenas lo suficiente para que entráramos, y el mundo exterior desapareció.

"Escoge algo para ponerte", ordenó, señalando hacia una sección de ropa de mujer. "Vuelvo con unas gaseosas."

La puerta se cerró con un clic que resonó en mi pecho como un disparo.

Quedé solo, rodeado de vestidos, faldas, blusas. Ropa femenina por todas partes. Mi respiración se aceleró. Mis manos temblaban mientras hurgaba entre las perchas, tocando telas suaves, encajes, algodones. La lujuria y el miedo se mezclaban en mi estómago creando una borrachera intoxicante.

Encontré una pijama de algodón blanco. La parte de arriba era un top tipo esqueleto, con tirantes finos. La parte de abajo era una minifalda-short, ridículamente corta. También tomé unas medias largas a rayas horizontales, blancas y rosadas, que parecían de colegiala.

Él regresó con dos gaseosas. Cerró la puerta con llave. El chasquido fue definitivo, irrevocable.

"Ponte esto también", dijo, lanzándome un top de encaje negro. No era una sugerencia. Era una orden, y mi cuerpo respondió a ella antes que mi mente.

Me cambié frente a él, sin pudor ya. Me quité mi ropa de hombre, esa armadura que me había protegido toda la vida, y me vestí con aquella pijama ridícula. Sin ropa interior. Mi piel contra la tela suave. Las medias subiendo por mis piernas, apretando, transformando. El top de encaje cubriendo mi torso de manera insuficiente.

Me miré en un espejo roto apoyado contra la pared. No me reconocí. Y esa extraña chica del espejo me excitó más de lo que jamás habría admitido.

"Desde que te vi supe que te gustaba esto", murmuró acercándose. Sus manos grandes tomaron mis caderas y me giraron. Me hizo dar una vuelta completa, como si evaluara su compra. "Gira más lento."

Obedecí. Dios, cómo obedecí.

Me besó entonces. Al principio fue áspero, torpe, sus labios secos contra los míos. Pero la ropa me transformaba, me convertía en algo más suave, más receptivo. Pronto el beso se volvió hambriento, salvaje. Sus manos recorrían mi cuerpo vestido de mujer, acariciando, pellizcando, poseyendo.

Me sentía su puta. Su juguete. Y esa humillación era el néctar más dulce que jamás había probado.

Desabroché su pantalón con dedos temblorosos. Su verga emergió, gruesa, pesada, oscura, con las venas marcadas y la punta ya goteando. Era la primera vez que tocaba una así, y el calor me sorprendió. La acaricié con ambas manos, sintiendo su pulso contra mis palmas.

"Mamacita, sí que lo haces bien", gemía, acariciando mi pelo con una ternencia que contrastaba con la crudeza de sus palabras.

Me arrodillé. El suelo de cemento frío contra mis rodillas. Y lo tomé en mi boca. No tenía experiencia, apenas había practicado con frutas en mi soledad adolescente. Pero lo hice con devoción, con amor, con la necesidad de agradarle. Lo succioné como si mi vida dependiera de ello, usando mi lengua insegura pero entusiasta, tragándome su sabor salado, su olor a hombre maduro y sudor.

Él me acariciaba la espalda con una mano, mientras con la otra sujetaba mi cabeza, guiando mis movimientos. Sus dedos descendieron hasta mis nalgas, expuestas por la minifalda, y me tocó allí, en ese lugar prohibido, haciéndome gemir con la boca llena de él.

De repente me apartó, jadeante, cansado. Se dejó caer en un sillón de tela rasgada, su pecho subiendo y bajando violentamente.

"Me tengo que ir", susurré, incorporándome, sintiendo el sabor de él persistir en mi lengua.

"No te puedes ir así", dijo, y su voz tenía una nota de comando que me paralizó. "Sube ahí."

Señaló una mesa de exhibición, una plataforma de madera donde exhibía peluches viejos y ropa doblada. Me hizo subir, ponerme a cuatro patas sobre aquella superficie, con el culo ofrecido hacia él, la minifalda levantada exponiéndome completamente.

Desde su sillón, se inclinó hacia adelante y enterró su rostro entre mis nalgas.

El primer contacto de su lengua fue una revelación. Gemí como un animal, un sonido que no reconocí como mío, mientras él lamía, besaba, penetraba con su lengua áspera aquel lugar más íntimo. No me importaba su barriga, sus canas, su edad. Solo importaba la sensación de ser usado, de ser adorado en mi vulnerabilidad absoluta.

Mientras su lengua trabajaba mi ano, su mano alcanzó entre mis piernas y encontró mi verga, dura, palpitante, traicionando mi excitación. Me masturbó con movimientos firmes, precisos, mientras su lengua me follaba más profundamente.

El orgasmo me tomó por sorpresa, una ola cegadora que arrasó con todo. Me corrí sobre su mano, chorreando, contrayéndome, mientras él seguía lamiéndome, hundiendo más su lengua en mi cuerpo mientras yo me deshacía en espasmos incontrolables.

Colapsé sobre la mesa, jadeante, sudoroso, transformado.

Bajé tambaleándome. La realidad regresó demasiado rápido. Miré mis manos, mi cuerpo vestido de mujer, el semen en mis muslos. El remordimiento me golpeó como un puñetazo en el estómago. Qué había hecho. Qué había permitido.

Me quité la ropa con movimientos frenéticos, volviendo a mi armadura de hombre. Me vestí avergonzado, sintiendo sus ojos sobre mí, confundido por el cambio tan abrupto de la éxtasis a la culpa.

"Llávate la ropa", dijo, tendiéndome la pijama doblada. "Vuelve cuando quieras. La puerta siempre está abierta para ti."

Me acerqué a él, todavía temblando, y le susurré un "gracias" al oído. No era suficiente, pero era todo lo que podía dar en ese momento.

Salí a la calle, a la oscuridad, a la soledad. El aire frío de la noche me golpeó la cara, despejándome ligeramente. Caminé hacia la universidad, luego hacia mi casa, con el sabor de él todavía en mi boca, la ropa femenina escondida en mi mochila, y un vacío en el pecho que no sabía si era arrepentimiento o hambre de más.

— dergolem2013

23 de septiembre de 2015

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dergolem2013

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1 seguidores ·Soy hombre heterosexual

Comentarios

1 comentario

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  • rolo-demented
    rolo-demented · 23 de sept de 2015

    Que rico, me quedo la verga dura de leer este relato

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