Volver al colegio después de esa noche fue raro. Todo igual y todo distinto. Él seguía ahí, con la mano en la palanca, y a mí me seguía diciendo "cosita" cuando pasaba por el pasillo, pero ahora esa palabra pesaba. Nadie lo sabía. Ese era el sabor: la complicidad. Y debajo, mordiéndome, la culpa y la duda. ¿Me había visto de verdad como una chica o me lo inventé en la oscuridad? Lo miraba por el retrovisor, me sostenía un segundo de más, y ese segundo era un abismo.
El deseo seguía ahí, agazapado, reprimido. Me tocaba pensando en su mano, en su boca, y me venía rápido y en silencio, mordiéndome el brazo.
Hasta que un día me habló. Bajito, con la ruta a medio llenar.
—Oye, cosita, ¿por qué no me acompañas un día al final de la ruta? Después de que dejo a todos. Yo te llevo luego a tu casa, si no hay problema.
Dije que sí con una calma que no sentía. Y esa media sonrisa suya me dijo que no me lo estaba imaginando.
Quería volver a sentir esas carnes blancas bajo otras manos. Quería ser otra vez algo suave, algo disponible. Programamos el día. Vivíamos en tierra fría —la salida a tierra caliente había sido una cosa ocasional, un paréntesis de sudor—, así que esa tarde el frío le daba a todo un tono distinto, más recogido, más secreto.
Metí todo en el fondo de la mochila, envuelto en una bolsa, con el sigilo de quien esconde un crimen. Ropa de mi prima, prestada y robada a medias: medias largas que pasaban la rodilla, unos panties rosados, una faldita suelta, una blusa de encaje y un top para el pecho. Nada de eso era mío. Todo eso era más mío que el uniforme. Pasé el día ausente, con el estómago apretado, esa mezcla de miedo y hambre que ya reconocía como mi manera de estar vivo.
Cuando por fin quedó el bus casi vacío, se giró y me buscó con los ojos.
—Entonces, cosita, ¿me acompañas al final?
—Si te portas bien —le dije. Me sorprendió mi propio tono, juguetón, de alguien que ya sabe lo que quiere.
Se rio con todo el cuerpo y arrancó. El día se hizo eterno; cada compañero que bajaba era una demora cruel. Hasta que quedamos solos, él y yo y el bus, y no fuimos a mi casa. Fuimos a la suya.
Me ofreció pasar, me dio agua, y con la mochila apretada contra el pecho le pedí el baño. Adentro, con el pestillo echado, el corazón me latía tan fuerte que sentía las venas en las sienes. Me cambié. Y ahí, solo, con mi ropa de siempre a los pies, me dio una vulnerabilidad que no había previsto. ¿Y si me veía ridículo? ¿Y si esperaba algo y no daba la talla? ¿Y si se reía? Estaba a punto de abrirle una puerta que casi nadie había cruzado.
Él hablaba desde el cuarto, mientras ponía música. Una emisora suave. Casi no le respondía; me concentré en arreglarme lo mejor que podía, estirando la blusa, subiéndome bien las medias, sintiendo la falda caerme suelta sobre los muslos. Me miré en el espejito. Me gusté. Me sentí deseable. Me sentí, por primera vez, exactamente lo que quería ser.
Abrí la puerta y salí.
Estaba de pie junto al sofá. Al verme se quedó quieto, y sonrió. Bajé la mirada.
—Perdón —dijo—, es que no te esperaba tan transformado.
Me tomó de la mano y me llevó al sofá. Cuarto de soltero joven: un póster descolgado, un cenicero lleno, una cama sin tender. Me senté y me sentí otra persona. Otra persona que, curiosamente, era yo mismo. Raro y lindo.
Tuve la suerte de que me tratara bien. Al principio, de pura pena, casi no hacía nada; me quedaba quieto, mirándome las rodillas. Él hablaba, me preguntaba cosas, y de a poco me fue tocando las piernas, el pelo, la curva de la falda. Hasta que me tomó la cara y me robó un beso. Y de ahí no paramos. Creo que es de las veces en que más he besado a alguien: sin apuro, con hambre, aprendiéndome su boca.
Mientras nos besábamos me manoseaba entero, y yo me concentré en su verga, ya dura bajo la tela. No era grande, la verdad, pero sí firme, tiesa, gruesa de lo macizo, apuntándole contra el vientre. Sus manos, en cambio, volvían a su fijación: mi culo. Me lo apretaba por encima de la falda, lo recorría, me lo abría con las palmas. Le saqué la verga, ya sin pena, y se la apreté. La quería en la boca otra vez. Le di unos besos en la punta, apenas, y él se reclinó contra el respaldo, abriendo los muslos para sentir más.
Me la metí despacio, y después más, hasta donde podía. Lo escuchaba gemir y bufar, y cada sonido suyo era una orden y un premio. Los dos sabíamos que quería otra cosa. Me preguntaba, entre jadeos, si estaba seguro, que podía dolerme. Y con cada manoseada, con cada dedo que se me colaba, mi culo se relajaba, se rendía, se abría como una flor tonta.
Es curioso: de los nervios, o de lo que fuera, a mí no se me paraba firme. Al contrario que a él, chiquito pero macizo. No importaba. No quería ser complacido; quería entregar.
Me dio la vuelta. Quedé mirando el respaldo, de espaldas, la falda subida y los panties apenas bajados a las rodillas. Vulnerabilidad total. Se quedó unos segundos atrás, observándome, acariciándose, y después me besó el culo. Uff. Qué placer, y qué manera de decirme sin palabras lo que era yo para él: con la lengua lasciva y con las palabras tiernas, tratándome como a una mujer mientras me comía como a una cualquiera. No quise que me desnudara del todo. Quitar la ropa era quitar el caparazón.
De repente paró. Se puso un condón. Y empezó a metérmela, muy lento pero con convicción, mientras me chupaba una oreja. Dolía. Dolía mucho, y llegué a pensar que era una pésima idea. Pero lo sentía gozar, y me rendí a eso. Él notaba mi cara, notaba el apretón, y sin sacarla me acomodó en cucharita: una mano sosteniéndose la verga, yo abriéndome un poco el culo con la mía, su otra mano tomándome del cuello por detrás. Y esta vez sí entró.
Un placer indescriptible, mezcla de dolor y de algo más, físico y mental a la vez. Me sentí realizado. Al principio quería que la sacara; en esa posición, ya quería que se quedara adentro. Empezó a bombearme suave, y después más duro, y siempre preguntándome cómo estaba. Y yo, que era raro, quería verle la cara. Le pedí cambiar de pose.
Se puso al borde del sofá, de rodillas. Yo subí las piernas a sus hombros, y esta vez me la clavó con más confianza, mirándome. Me excitaba verle la cara, cómo cerraba los ojos de placer, cómo sus manos, ya libres, se me metían en la boca, me bajaban el top, me apretaban el pecho. Me siguió dando así, y yo viéndolo y sintiéndonos, hasta que dijo "ya voy a llegar". La sacó, se quitó el condón y se vino sobre mi pecho. Casi toda la ropa quedó untada de su leche.
No me importó nada. Se dejó caer encima mío, y sentí todo su peso, y me sentí pequeño y frágil, deseado y todo. Le acaricié la espalda. Me preguntó, estúpidamente, si me había gustado. Y la verdad es que me había gustado que a él le hubiera gustado.
Me levanté con cuidado. Me quité la blusa y el top mientras él descansaba boca abajo, y la faldita, para limpiarlas. Las medias las conservé intactas. Los panties, en cambio, no los encontraba por ningún lado. Y me quedé ahí, parado en medio del cuarto, sin saber qué hacer: si vestirme y salir corriendo, si encerrarme en su baño a terminar de una vez, si esperar a que se levantara. Cualquiera de las tres, jaja.
Cuando me iba a decidir por la primera, habló sin abrir los ojos:
—Ven, cuéstate un poquito acá al lado. Ya te llevo.
Le hice caso. Solo quedaban la falda y las medias. Me acosté a su lado, y me volvió a besar, mucho, y esta vez también en el pecho. Y esta vez me excité, y se me paró. Intenté masturbarme, pero con alguien al lado esas cosas son difíciles; así que lo hice mientras él me besaba y me seguía manoseando, y me hice la paja despacio hasta que llegué. Quedamos un rato en silencio, pegados, con olor a sexo y a tabaco y la emisora de fondo.
Después nos fuimos. Ese fue el segundo de nuestros pocos encuentros.








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