El dia de la boda
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 9 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

El dia de la boda

Una esposa caliente el dia de su matrimonio, su esposo se queda dormido y ella caliente.

kairos34

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Llevaban años con esa tensión sucia que ninguno nombraba. Mateo siempre había sido el amigo de su marido que se le quedaba mirando las tetas cuando ella se agachaba y le hacía bromas que rozaban el límite. Ella lo sentía en el cuerpo. En la boda, cada vez que bailaron, él le ponía la mano bien abajo, casi en el culo, y la apretaba contra su verga. Ella se mojaba. La pastilla que se tomó horas antes solo lo empeoró: le tenía los pezones duros como piedras contra el encaje y el coño latiendo, empapado, desde el primer brindis.

En la suite su marido se derrumbó en la cama, borracho perdido. Ella intentó despertarlo para la noche de bodas. Le bajó el pantalón, se la sacó y se la metió en la boca. Le lamió la cabeza, se la chupó despacio, le masajeó los huevos, pero el alcohol lo tenía completamente blando, inútil. Él murmuró su nombre, le acarició el pelo un segundo y se quedó dormido, roncando fuerte.

Ella se levantó cachonda y frustrada, el coño palpitándole. Se quitó los tacones y se paró frente al espejo grande. Empezó a bajarse el vestido despacio, la tela blanca cayendo. Cuando llegó a la cintura, lo vio claro en el reflejo: la puerta del baño entreabierta y Mateo ahí, quieto, con los ojos fijos en ella y la verga ya marcada, gorda, en el pantalón. Ella no se giró. Siguió como si no lo hubiera visto.

Se bajó los tirantes del encaje uno por uno. Dejó caer el sostén. Se agarró las tetas con las dos manos, se las apretó, se pellizcó los pezones duros y soltó un suspiro bajo. Se sentó en el borde de la cama, de frente al espejo, se bajó las bragas blancas hasta los muslos y se abrió bien las piernas. Metió la mano entre ellas y empezó a tocarse el coño. Primero suave, círculos lentos en el clítoris hinchado, luego se metió dos dedos, hasta el fondo, follándose despacio. Estaba chorreando. El sonido era húmedo. Gimió bajito, se miraba en el espejo, se sacaba los dedos brillantes y se los volvía a meter. Sabía que él la estaba viendo. No aceleró. Se lo tomó con calma, apretándose una teta, mordiéndose el labio, hasta que se corrió. Tembló, apretó la mano entre las piernas, el coño contrayéndose alrededor de los dedos, y se quedó quieta un segundo, jadeando.

Cuando abrió los ojos lo miró directo por el espejo. Él ya no se escondía. Tenía la mano en el pantalón.

Ella se levantó, caminó hasta la puerta del baño y la abrió del todo. Mateo tenía la verga dura, gorda, la cabeza brillante asomando. Ella lo jaló adentro, cerró la puerta con cuidado y se arrodilló ahí mismo. Le bajó el pantalón de un tirón y se la sacó. Se la metió en la boca hasta el fondo, hasta que le golpeó la garganta y se atragantó. Saliva le chorreó por la barbilla, le cayó en los huevos. Se los chupó, se los lamió despacio, se los metió en la boca uno por uno mientras le pajéaba la verga con la mano llena de saliva, rápido.

—Mírate —le dijo él, ronco, agarrándole el pelo—. El día de tu puta boda, de rodillas, mamándomela como una zorra mientras tu marido duerme roncando ahí afuera.

Ella gimió con la verga en la boca y siguió más sucia. Escupió sobre la cabeza, se la volvió a tragar profunda. Mateo la agarró fuerte del pelo y le folló la boca, metiéndosela hasta el fondo, hasta que ella tuvo arcadas, los ojos llorosos, saliva colgando. La levantó, la sentó en el lavamanos frío, le arrancó las bragas y le abrió las piernas de par en par. Se arrodilló y se le enterró en el coño. Lengua metida hasta el fondo, chupándole el clítoris fuerte, succionando, dos dedos entrando y saliendo rápido, haciendo un ruido húmedo, obsceno, de lo empapada que estaba. Ella se tapó la boca con una mano. Se corrió en su cara, temblando, empapándolo, el coño palpitando contra su lengua.

Mateo se levantó, se escupió en la mano, se la pasó por la verga gorda y le restregó la cabeza en la entrada, bien abierta y chorreando.

—Métela —le rogó ella, bajito, desesperada—. Métemela ya, cabrón. Fóllame.

Él se la metió de un solo golpe, hasta los huevos. Ella soltó un gemido ahogado contra su hombro. Empezó a cogerla duro contra el mármol, los huevos chocándole el culo con cada embestida, el sonido de su coño empapado llenando el baño. Le agarraba las tetas, se las apretaba fuerte, le pellizcaba los pezones. Ella le decía al oído, sucia, entre gemidos: que se la metiera más duro, que la estaba partiendo, que le gustaba que la estuviera cogiendo el día de su boda, que su marido estaba dormido al lado mientras otro se la metía hasta el fondo.

Mateo la bajó del lavamanos, la puso de espaldas contra la puerta, le levantó una pierna alta y siguió metiéndosela de pie, profundo y rápido. Ella le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro para no gritar. Se corrió otra vez, fuerte, apretándole la verga, el coño contrayéndose alrededor de ella. Él aguantó. La giró, la dobló sobre el lavamanos, le separó las nalgas con las dos manos y se la metió por detrás, más hondo, hasta los huevos. Le dio nalgadas fuertes, le escupió en el culo y le metió un dedo mientras la cogía duro. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo contra su propia mano, el culo chocando contra él.

—Me voy a correr —dijo él, ronco.

—Adentro —contestó ella, sin dudar—. Córrete adentro, lléname el coño. Quiero tu leche.

Él se la metió hasta el fondo de una última embestida y se corrió. Chorros calientes, espesos, llenándole el coño, la verga palpitando dentro de ella. Se quedó quieto un segundo, respirando agitado, luego se sacó despacio. El semen empezó a salirle de inmediato, espeso, blanco, corriéndole por los muslos y goteando al suelo del baño. Ella se quedó doblada sobre el lavamanos, mirándose en el espejo: el vestido de novia arrugado y subido a la cintura, las tetas fuera, el coño abierto, rojo, chorreando la leche de Mateo.

Él se subió el pantalón, se arregló un poco. Antes de salir le dio una nalgada fuerte en el culo y le dijo, bajo:

—Feliz boda, puta.

Salió sin hacer ruido. Ella se quedó un momento así, el semen todavía saliéndole, el coño latiendo. Se limpió apenas con una toalla, se bajó el vestido como pudo y salió del baño. Se acostó al lado de su marido, que seguía roncando, con la leche de Mateo corriéndole entre las piernas y empapándole las bragas que se volvió a poner a medias. Se quedó quieta, cachonda todavía, pensando en cómo se había tocado sabiendo que él la miraba y en cómo se la había metido hasta el fondo mientras su esposo dormía a metros. Horas después, cuando él despertó y quiso tenerla, ella lo dejó. Mientras se la metía, lento y todavía medio dormido, ella cerró los ojos, apretó y se corrió en silencio pensando en la verga de Mateo llenándola.

A la mañana ella despertó con los muslos pegajosos y el coño todavía sensible. Cuando se movió sintió cómo un resto de semen de Mateo le chorreaba lento, tibio, entre las nalgas. Su marido se despertó a su lado con la verga dura, mañana, marcándose bajo la sábana. Se acercó, le besó el cuello, le bajó las bragas y le metió la mano entre las piernas.

—Estás empapada —murmuró, ronco—. Qué rica te despertaste.

Ella no dijo nada. Él se deslizó entre sus muslos, se los abrió bien y empezó a comérsela. La lengua le recorrió los labios despacio, luego se centró en el clítoris, chupándolo suave al principio. Cuando le metió la lengua más adentro, ella sintió cómo lamía exactamente donde todavía quedaba la leche de Mateo, salada, mezclada con su propia humedad. Él no se detuvo. La chupó con más ganas, le succionó el clítoris, le metió dos dedos y los movió lento mientras la lamía, haciendo ruido húmedo.

Ella cerró los ojos y dejó que los pensamientos le llegaran solos. Pensó en lo distinta que se había sentido la verga de Mateo: más gorda, más larga, cómo le había llenado el coño de verdad, cómo le había llegado más hondo que la de su marido. Pensó en cómo se la había mamado en el baño, atragantándose, saliva chorreándole, mientras su esposo roncaba a metros. Pensó en lo pequeña que se le hacía ahora la verga de su marido cuando se la metía, comparada con la que había tenido anoche hasta los huevos. Pensó en cómo se había montado sobre él dormido, con el coño lleno de esa leche, y se había corrido en silencio sintiendo cómo chorreaba sobre la verga blanda de su esposo.

Gimió bajo, le agarró el pelo y le empujó un poco la cabeza. Él la comió más fuerte, la lengua plana, luego precisa, los dedos entrando y saliendo. Ella se corrió en su boca, temblando, apretándole la cabeza entre los muslos. Más semen de Mateo se mezcló con su flujo y le llenó la lengua. Él no paró hasta que ella dejó de temblar. Subió, se limpió la boca con el dorso de la mano y se puso encima.

Se la metió de una. Entró fácil, demasiado fácil, resbaladiza. Ella sintió la diferencia al instante: más corta, más delgada, no la llenaba igual. Cerró los ojos y pensó en cómo Mateo se la había metido de un golpe, hasta el fondo, cómo le había llegado tan hondo que casi le dolía de rico. Su marido empezó a cogerla lento, luego un poco más fuerte, los huevos chocándole suave.

—Estás chorreando —le dijo al oído—. Qué mojada estás esta mañana. Me encanta.

Ella le rodeó la cintura con las piernas y no contestó. Mientras él la follaba, siguió pensando: en la nalgada que Mateo le había dado, en cómo le había dicho “feliz boda, puta”, en cómo se había corrido adentro y la había llenado de verdad. Pensó en lo mucho que le había gustado que fuera más grande, que la partiera más, que su marido nunca se fuera a enterar y que ahora se la estuviera comiendo y follando sin saber que todavía tenía la leche del otro adentro, chorreándole por la verga.

Se corrió otra vez, en silencio, apretándolo, el coño contrayéndose alrededor de la verga más pequeña. Él gimió, la embistió un poco más y se corrió adentro también, mezclando lo poco que le salió con lo que ya tenía. Se quedó quieto, jadeando, todavía dentro de ella.

Ella abrió los ojos, le acarició la espalda y sonrió apenas. Él le besó el cuello, satisfecho, sin saber nada. Ella se quedó quieta, con las dos leches mezcladas dentro, el coño latiendo, pensando que quería que Mateo volviera a hacerlo. Pronto.

— kairos34

14 de octubre de 2026

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kairos34

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