La ingeniera de sistemas de Ciudad Jardín
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 5 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

La ingeniera de sistemas de Ciudad Jardín

Me escribió un lunes por la noche. El mensaje era corto, casi seco: "Soy Valentina, tengo treinta y tres años, soy ingeniera de sistemas. Vivo en Ciudad Jardín. Mi esposo es un hombre bueno, pero desde que perdimos el negocio...

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La ingeniera de sistemas de Ciudad Jardín

Me escribió un lunes por la noche. El mensaje era corto, casi seco: "Soy Valentina, tengo treinta y tres años, soy ingeniera de sistemas. Vivo en Ciudad Jardín. Mi esposo es un hombre bueno, pero desde que perdimos el negocio, se rompió. Ya no decide nada. Yo decido todo. Estoy cansada de mandar. Leí tus relatos y necesito alguien que me quite ese peso por una noche. ¿Te animás?".

Le respondí que sí, pero con una condición: que ella no eligiera ni la hora ni el lugar. Que yo lo hacía. Me respondió con un "bueno" seco y nada más. Le mandé la dirección de un hotel boutique del sur y le dije que llegara el jueves a las ocho de la noche. Le dije también cómo quería que se vistiera: falda, tacones, y nada debajo. No respondió. Eso me gustó.

Llegué a las siete y media. La habitación era amplia, con luz tenue, una cama king y un sillón de cuero junto a la ventana. Puse una botella de agua en la mesa de noche y me senté a esperar. A las ocho en punto tocaron la puerta. Abrí.

Valentina era alta, de metro setenta y cuatro, con el pelo negro liso hasta media espalda y los ojos oscuros, muy oscuros, de esos que miran fijo. Su piel era canela clara, con una cicatriz pequeña cerca de la clavícula. Vestía una falda gris de lana hasta la rodilla y una blusa de seda negra con los primeros botones abiertos. Los tacones eran altos, negros, de aguja. Su cuerpo era de mujer que trabaja sentada y camina poco: senos medianos, cintura estrecha, caderas redondas, piernas largas pero sin tonificar. Olía a un perfume caro y a algo más, algo que no supe identificar hasta que estuvo cerca.

Le dije que pasara. Cerré la puerta con llave. Le dije que se quedara de pie en el centro de la habitación, con las manos a los lados. Obedeció sin decir nada. Le dije que se quitara la blusa. Lo hizo despacio, botón por botón, sin dejar de mirarme. Debajo no llevaba nada. Sus senos cayeron libres, medianos, con pezones oscuros que se endurecieron apenas los miré. Le dije que se quitara la falda. La bajó por las caderas y la dejó caer. Debajo no llevaba nada, como le había ordenado. Su sexo estaba depilado con láser (ella me lo dijo entre risas), con los labios gruesos y un clítoris que asomaba.

Le dije que se acercara. Caminó hasta mí con los tacones puestos. Le tomé la cara con una mano y le dije al oído que a partir de ese momento no iba a decidir nada. Que no iba a pensar. Que no iba a pedir. Que solo iba a obedecer. Que si quería parar, dijera la palabra. Que si no decía nada, yo seguía. Valentina asintió con la cabeza. Le apreté la mandíbula con los dedos y le dije que no asintiera, que respondiera con la voz. Me dijo "sí" con un hilo de voz que no parecía de una ingeniera que dirigía equipos de treinta personas.

La tomé del pelo y la llevé al sillón de cuero. Me senté y le dije que se arrodillara. Se arrodilló. Le dije que me desabrochara el pantalón. Lo hizo con dedos temblorosos. Le dije que me lo sacara. Lo hizo. Le dije que me lo chupara. Y lo hizo, despacio primero, con la lengua, y luego con más ganas, con la boca abierta, mirándome a los ojos. Le puse la mano en la cabeza y le marqué el ritmo. Ella obedeció. No dijo nada. Solo chupó. Me lo chupó largo, con la saliva escurriéndole por la barbilla, con las manos apoyadas en mis muslos. Le dije que se detuviera. Se detuvo. Le dije que lamiera los testículos. Lo hizo, uno por uno, con la lengua plana. Le dije que volviera a chupar. Volvió, más profundo, hasta el fondo, aguantando las arcadas. Estuvimos así varios minutos, con ella de rodillas en el suelo frío, con la boca llena, con los ojos húmedos.

La levanté del pelo y la llevé a la cama. La recosté boca arriba y me arrodillé entre sus piernas. La lamí despacio, sin prisa, saboreando cada gota. Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Le separé los labios con la lengua y encontré su clítoris. Lo lamí en círculos, subiendo y bajando, con la lengua plana. Valentina gemía con la boca abierta, con las manos agarradas a las sábanas, con las caderas levantándose para buscarme. Le metí un dedo, luego dos, luego tres. Sus gemidos se hicieron más fuertes. Cuando le metí la mano completa, se corrió con un grito largo que llenó toda la habitación. Le dije que no había terminado. Que esto apenas empezaba.

Me incorporé. Me puse un condón y la penetré de una sola embestida. Valentina gritó. La embestí fuerte, agarrándola de las caderas, tirándole del pelo negro. Ella gemía, gritaba, pedía más. La puse en cuatro sobre la cama y la tomé desde atrás, dándole nalgadas que resonaban en las paredes. Su trasero aguantaba cada golpe sin quejarse. Al contrario: pedía más. Le dije que se mirara en el espejo del armario. Lo hizo. Se vio a sí misma siendo tomada, con el pelo revuelto, con la boca abierta, con las nalgas rojas. Se corrió otra vez.

La volteé, la puse de pie contra el ventanal, con las cortinas cerradas y la luz tenue filtrándose por las rendijas. La penetré de pie, con sus piernas largas enroscadas en mi cintura, con sus senos medianos rebotando contra mi pecho. Valentina se corrió dos veces más. La segunda fue con un grito que se convirtió en llanto. Le sequé las lágrimas con el pulgar mientras seguía embistiéndola, más despacio, hasta que sentí que estaba a punto.

Me quité el condón y me corrí sobre su piel canela, sobre sus pezones oscuros. La leche cayó espesa, blanca, y ella se la untó con los dedos, se la pasó por los pezones, y luego se llevó los dedos a la boca. Valentina se quedó quieta, respirando fuerte, con los ojos cerrados. Le pasé una toalla. Se limpió despacio.

Se levantó, recogió su ropa del suelo y se vistió en silencio. Antes de salir, se acercó a mí y me puso una mano en el pecho. Me miró con esos ojos oscuros que ya no tenían nada de cansancio, y me dijo en voz baja: "Esto no se queda acá. Esto me lo llevo conmigo. Y la próxima vez, no quiero que me dejes sola después. Quiero quedarme".

Salió sin despedirse.

Esa misma noche me llegó un mensaje: "Gracias".

¡La próxima vez, quiero más!

— Alejandro-12

12 de octubre de 2026

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