La jueza de El Peñón
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 7 min de lectura calendar_today Octubre de 2026

La jueza de El Peñón

Me escribió un martes por la noche. El mensaje era corto, de esos que no dejan espacio para dudas: "Soy Verónica, tengo cuarenta y cuatro años, soy jueza. Vivo en El Peñón. Mi esposo es un hombre correcto, pero hace años que...

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La jueza de El Peñón

Me escribió un martes por la noche. El mensaje era corto, de esos que no dejan espacio para dudas: "Soy Verónica, tengo cuarenta y cuatro años, soy jueza. Vivo en El Peñón. Mi esposo es un hombre correcto, pero hace años que no me toca. Leí tus relatos. ¿Te animás a verme?".

Le respondí que sí. Le dije que me contara más. Me dijo que su esposo era un abogado respetado, que la había apoyado en su carrera, que la había acompañado en los años difíciles de los concursos y los ascensos. Pero que desde hacía mucho tiempo la trataba como a una colega y no como a una mujer. Que dormían en habitaciones separadas desde hacía tres años. Que no había habido una pelea, ni un engaño, ni un motivo. Solo distancia. Solo rutina. Me dijo también que había leído mis relatos una noche, después de una audiencia especialmente dura, y que se había tocado pensando en lo que sería no tener que decidir nada, no tener que juzgar nada, no tener que sostener nada. Me preguntó si yo estaba dispuesto a ir a su casa. Que ella elegía el lugar esta vez. Le respondí que sí.

Me mandó la dirección el jueves por la mañana. Una casa en El Peñón, en una calle empinada cerca de la colina. Me dijo que llegara el viernes a las ocho de la noche. Que su esposo estaría en una cena de la firma, que no volvería antes de la medianoche. Me dijo que la puerta estaría abierta, que subiera directo al segundo piso, que no tocara el timbre. Le dije que se pusiera algo cómodo, que no llevara nada puesto debajo de la ropa. Me respondió monosílabo.

El viernes a las ocho en punto estacioné frente a la casa. Era de tapia y teja, con un jardín pequeño y una reja de hierro. La puerta estaba entreabierta. Entré sin problema. El interior olía a madera vieja. Subí las escaleras despacio. La habitación del segundo piso tenía una cama grande, un ventanal que daba a la ciudad y una alfombra gruesa en el suelo. Verónica estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera.

Era alta, de metro setenta y más , con el pelo castaño oscuro recogido en un moño tirante que le estiraba la piel del rostro. Tenía los ojos verdes, fríos, de esos que evalúan antes de hablar. Su piel era blanca, con unas pecas finas en los hombros. Vestía una falda gris de lana hasta la rodilla y una blusa de seda blanca con los primeros botones abiertos. Los tacones eran altos, negros, de aguja. Su cuerpo era de mujer que trabaja sentada y camina poco: senos medianos, cintura estrecha, caderas redondas, piernas largas pero sin tonificar. Olía a un perfume caro y a algo más, algo que no supe identificar hasta que estuvo cerca.

Se giró cuando me sintió entrar. Me miró con esos ojos verdes y no dijo nada. Le dije que se quedara de pie en el centro de la habitación, con las manos a los lados. Obedeció sin decir nada. Le dije que se quitara la blusa. Lo hizo despacio, botón por botón, sin dejar de mirarme. Debajo no llevaba nada. Sus senos cayeron libres, medianos, con pezones rosados que se endurecieron apenas los miré. Le dije que se quitara la falda. La bajó por las caderas y la dejó caer. Debajo no llevaba nada, como le había ordenado. Su sexo estaba recién depilado , con los labios delgados y un clítoris que asomaba como un timbre ese mismo timbre que decía que no lo usará.

Le dije que se acercara. Caminó hasta mí con los tacones puestos. Le tomé la cara con una mano y le dije al oído que a partir de ese momento no iba a decidir nada.

Que no iba a pensar. Que no iba a pedir. Que solo iba a obedecer. Que si quería parar, dijera la palabra. Que si no decía nada, yo seguía.

Verónica asintió con la cabeza. Le apreté la mandíbula con los dedos y le dije que no asintiera, que respondiera con la voz. Me dijo "sí" con un hilo de voz que no parecía de una jueza que dictaba sentencias todos los días.

La tomé del pelo y la llevé al sillón de cuero que había junto a la ventana.

Me senté y le dije que se arrodillara. Se arrodilló. Le dije que me desabrochara el pantalón. Lo hizo con dedos firmes, sin temblor. Le dije que me lo sacara. Lo hizo. Le dije que me lo chupara. Y lo hizo, despacio primero, con la lengua, y luego con más ganas, con la boca abierta, mirándome a los ojos. Le puse la mano en la cabeza y le marqué el ritmo. Ella obedeció. No dijo nada. Solo chupó. Me lo chupó largo, con la saliva escurriéndole por la barbilla, con las manos apoyadas en mis muslos. Le dije que se detuviera. Se detuvo. Le dije que lamiera los testículos. Lo hizo, uno por uno, con la lengua plana. Le dije que volviera a chupar. Volvió, más profundo, hasta el fondo, aguantando las arcadas.

Estuvimos así varios minutos, con ella de rodillas en la alfombra, con la boca llena, con los ojos húmedos.

La levanté del pelo y la llevé a la cama. La recosté boca arriba y me arrodillé entre sus piernas. La lamí despacio, sin prisa, saboreando cada gota. Le besé los muslos, la parte interna de las piernas, el vientre. Le separé los labios con la lengua y encontré su clítoris. Lo lamí en círculos, subiendo y bajando, con la lengua plana. Verónica gemía con la boca abierta, con las manos agarradas a las sábanas, con las caderas levantándose para buscarme. Le metí un dedo, luego dos, luego tres. Sus gemidos se hicieron más fuertes. Cuando le metí la mano completa, se corrió con un grito largo que llenó toda la habitación. Le dije que no había terminado. Que esto apenas empezaba.

Me incorporé. Me puse un condón y la penetré de una sola embestida salvaje con impulso. Verónica gritó. La embestí fuerte, agarrándola de las caderas, tirándole del moño. Ella gemía, gritaba, pedía más. La puse en cuatro sobre la cama y la tomé desde atrás, dándole nalgadas que resonaban en las paredes. Su trasero aguantaba cada golpe sin quejarse. Al contrario: pedía más. Le dije que se mirara en el espejo del armario. Lo hizo. Se vio a sí misma siendo tomada, con el pelo revuelto, con la boca abierta, con las nalgas rojas. Se corrió otra vez.

La volteé, la puse de pie contra el ventanal, con las cortinas cerradas y la luz tenue filtrándose por las rendijas. La penetré de pie, con sus piernas largas enroscadas en mi cintura, con sus senos medianos rebotando contra mi pecho. Verónica se corrió dos veces más. La segunda fue con un grito que se convirtió en llanto. Le sequé las lágrimas con el pulgar mientras seguía embistiéndola, más despacio, hasta que sentí que estaba a punto.

Me quité el condón y me corrí sobre sus senos, sobre su piel blanca, sobre sus pezones rosados. La leche cayó espesa, blanca, y ella se la untó con los dedos, se la pasó por los pezones, y luego se llevó los dedos a la boca. Verónica se quedó quieta, respirando fuerte, con los ojos cerrados. Le pasé una toalla. Se limpió despacio. Luego me miró y me dijo: "Nunca había dejado que alguien decidiera por mí. Nunca". Es divertido esto que me guíen.

Se levantó, recogió su ropa del suelo y se vistió en silencio. Antes de salir, se acercó a mí y me puso una mano en el pecho. Me miró con esos ojos verdes que ya no tenían nada de frialdad, y me dijo en voz baja: "Esto no se queda acá. Esto me lo llevo conmigo. Y la próxima vez, no quiero que me dejes sola después. Quiero quedarme a dormir contigo".

Salió sin despedirse.

Esa misma noche me llegó un mensaje: "Gracias volví a sentirme mujer".

— Alejandro-12

12 de octubre de 2026

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