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No puedo fingir que no lo sentí desde el primer día.
Matías llegó con su voz ronca, su camiseta pegada al pecho por el sudor, y esa forma de mirarme… directa, limpia, sin pretensión, pero cargada de algo que se enredó entre mis piernas. Él no me hablaba como una señora, ni como una clienta. Me hablaba como si pudiera verme entera. Y hacía tanto tiempo que nadie me miraba así… ni siquiera mi esposo.
Yo amo a mi marido. Pero los años, la rutina, la calma… todo se vuelve tan predecible. Hasta que algo —alguien— llega y te sacude el cuerpo con una sola mirada.
Durante días, me limité a observar. A cruzarme con Matías en el pasillo, a buscar excusas para ofrecerle agua, café, algo. Me colocaba un vestido más suelto, una blusa con escote, fingiendo descuido. Él lo notaba. Me escaneaba con los ojos, pero nunca dio el primer paso.
Fui yo.
Una tarde, mientras él instalaba unas molduras en el dormitorio, me acerqué sin palabras. Me detuve a centímetros. Olía a madera, a hombre, a juventud en carne viva. Mis dedos tocaron su brazo y él giró, sorprendido, pero no asustado. Nos miramos. Largos segundos. Y luego… me besó.
Dios.
Ese beso me partió en dos. Me devolvió a una versión mía que había dormido años. No fue tierno. Fue voraz. Y yo lo devoré con hambre.
Me dejé llevar. Le desabotoné la camisa con torpeza, mis manos temblaban por la mezcla de deseo y miedo. Sentía mis pezones duros bajo el vestido, y una humedad creciente entre las piernas que me hacía temblar. Cuando su mano subió por mi muslo, supe que ya no podía detenerme.
Pero lo que no sabía… era que mi esposo estaba ahí.
Lo sentí. No lo vi, pero lo sentí. No sé si fue un crujido del piso o su olor familiar flotando en el pasillo. Mi piel lo reconoció. Y en lugar de detenerme… algo en mí se encendió más.
¿Era una fantasía? ¿Era real? ¿Nos estaba viendo?
La idea me hizo vibrar.
Me aferré al cuello de Matías con más fuerza, arqueé la espalda, gemí más alto. Sabía que él escuchaba. Que observaba. Y eso… me excitó como nunca. Porque nunca me había sentido tan viva, tan deseada, tan libre. No era una infidelidad. Era una liberación. Una entrega sin culpa. Y él, mi esposo, en vez de interrumpir, se quedó.
Lo entendí después, cuando bajé las escaleras horas más tarde y él me miró en silencio. No dijo nada. Pero sus ojos estaban cargados de algo nuevo: fuego.
Esa noche, cuando me tocó, fue distinto. Me apretó con fuerza, me besó con urgencia, me mordió los labios como si estuviera compitiendo con un recuerdo. Y yo respondí. Porque no había culpa… solo deseo. Como si todo lo que Matías había encendido, él lo reclamara ahora como suyo.
Desde entonces, todo cambió.
Matías sigue viniendo. A veces solo trabaja. A veces no.
Y yo… yo sigo viviendo entre dos fuegos:
El que me calienta la piel…
Y el que me observa desde la sombra… con hambre.
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¿Quieres continuar con una tercera parte, quizás explorando un encuentro donde los tres personajes están conscientes de lo que sucede, o con una confesión entre Clara y su esposo? También puedo desarrollar la relación con Matí
as desde una perspectiva más emocional, si lo deseas.








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