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No fue la casa. No fue el trabajo. Fue ella.
Desde que crucé el umbral, supe que había algo más en el ambiente. Algo que no se decía en voz alta, pero se sentía. Una energía densa, tibia, eléctrica. Y en el centro, Clara.
Clara no era solo una mujer guapa. Era una mujer hecha. Segura. Con esa elegancia que no se puede fingir. Tenía la voz suave, pero con un fondo firme, como si todo en ella supiera lo que quería… incluso cuando no lo decía.
La primera vez que la vi, me ofreció un vaso de agua. Llevaba una blusa blanca, suelta, que apenas ocultaba la forma de su cuerpo. Me fijé. Claro que me fijé. ¿Cómo no hacerlo?
Yo tenía claro mi lugar. Era el contratista. Joven, sudado, con las manos llenas de polvo y herramientas. Pero ella... me miraba distinto. No con inocencia. Con curiosidad. Con hambre. Y eso me encendió.
Pasaron los días y su presencia empezó a ocupar mis pensamientos. Su andar por el pasillo, el roce accidental de su brazo, su perfume cuando pasaba cerca. Todo era provocación disfrazada de casualidad. Hasta que dejó de ser sutil.
Fue en su habitación. Yo estaba instalando unas molduras, arrodillado junto a la pared, cuando sentí su sombra acercarse. No dijo nada. Solo se quedó ahí, detrás de mí, tan cerca que sentía su respiración sobre mi nuca. Me giré… y sus ojos me lo dijeron todo.
No pidió permiso. Me tocó el pecho. Sus dedos suaves, pero decididos. Y cuando me acerqué para besarla, no retrocedió.
Fue intenso. Caliente. Como si el aire mismo se volviera más espeso con cada segundo. Le quité el vestido con torpeza, con necesidad. Y cuando vi su cuerpo, su piel suave, sus curvas reales, perfectas, maduras… quise perderme en ella.
Pero entonces pasó algo.
Sentí algo más. Una presencia. No supe si era su esposo… pero no dejaba de mirar hacia la puerta. Su respiración se agitó, su cuerpo se arqueó. No era sólo deseo. Era algo más: era exhibición. Era entrega con testigo.
Y eso… me volvió loco.
La tomé con más fuerza, más lentitud también. Quería que cada movimiento se sintiera, que cada suspiro fuera un mensaje para quien estuviera mirando. Y ella lo disfrutaba. Lo necesitaba.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Lo único que recuerdo es su piel bajo mis manos, su cuerpo temblando contra el mío, y ese silencio ardiente… como si alguien estuviera al otro lado de la puerta, conteniendo el aliento.
Cuando terminamos, me quedé un momento sentado en el borde de la cama, viéndola acomodarse el vestido con una sonrisa entre satisfecha y nerviosa. No hablamos. No hacía falta.
Supe que eso no sería la última vez.
Supe que había algo más entre los tres.
Y que ese algo… no era celos.
Era deseo compartido.
Desde entonces, cada vez que cruzo la puerta de esa casa, me pregunto qué va a pasar.
Qué me va a pedir ella.
Y si él estará mirando otra vez








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