Segunda parte — narrado por ella - 45 años
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No esperé un paquete ese lunes.
Pero a veces la vida entrega lo que no está en el recibo.
El timbre sonó justo cuando terminaba de arreglarme.
Un vestido ligero, suelto, sin pretensiones… o al menos eso me decía a mí misma.
Aunque cada costura parecía pensada para provocarlo.
Abrí.
Ahí estaba él.
Esta vez sin uniforme.
Jean ajustado, camiseta blanca.
Y una sonrisa que hablaba sin necesidad de palabras.
—“No vengo por trabajo hoy…” —dijo.
Y su voz… sonó diferente.
Más baja.
Más segura.
Asentí, dando un paso atrás para dejarlo pasar.
Pero no crucé los brazos, ni bajé la mirada.
Quería que viera.
Que entendiera.
Que esta vez… no iba a ser él quien propusiera nada.
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Nos quedamos en la cocina.
No necesitábamos música.
La electricidad entre nosotros era suficiente.
Hablamos poco.
Lo justo.
Hasta que su mano rozó mi brazo al tomar un vaso.
No fue un roce casual.
Y yo no me aparté.
El silencio se volvió denso.
Mi respiración ya no era discreta.
Y mis manos temblaban ligeramente al apoyar los dedos sobre la encimera.
Él se acercó, sin tocarme aún.
Pero lo sentía.
Ese calor cercano, ese casi.
Estaba esperándome.
No para pedirme permiso.
Sino para dejarme decidir.
Y decidí.
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Giré, quedando frente a él.
Nuestros cuerpos separados apenas por un suspiro.
Y lo miré, directo, sin disfrazar nada.
No hubo palabras.
Solo ese momento eterno en el que los cuerpos hablan en silencio.
Y lo dejé acercarse.
Despacio.
Con la urgencia contenida de quien ha esperado el momento exacto para explotar.
Su mano en mi cintura fue firme.
Sus labios rozaron mi cuello con la suavidad de una promesa.
Y mis dedos, por fin, se enredaron en su nuca.
Ya no había juego.
Había fuego.
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La casa entera parecía estar suspendida.
Cada rincón testigo de un encuentro que no fue casual.
Que se venía tejiendo entre cajas, saludos y silencios cargados.
Esta vez, me entregué al deseo sin culpa.
Con la certeza de que no era un error…
sino una necesidad cumplida.
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Cuando se fue, no hubo promesas.
Solo una última mirada desde la puerta.
Una mirada que decía: “nos volveremos a encontrar…”
Y lo sabía.
Porque no todos los paquetes se rastrean.
Algunos simplemente vuelven cuando los deseas lo suficiente.
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