“Reunión en la sala de espera”
Narrado por ella – mujer de 45 años
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No tenía por qué ser diferente.
Era solo una consulta médica.
Revisión de rutina.
Tarde lluviosa, revistas viejas, y un ambiente en el que nadie quiere estar más de lo necesario.
Me senté frente a la recepción, sin mirar a nadie.
Pero sentí cuando él entró.
Ese tipo de presencia que se percibe sin verla: una energía firme, sin apuro, sin necesidad de anunciarse.
Cuerpo ancho, barba de dos días, y una mirada que se movía lento, como quien está acostumbrado a observar… y a elegir.
No supe si era paciente o acompañante.
Solo supe que se sentó dos sillas al lado.
Lo bastante cerca para notar el perfume tenue que llevaba yo…
y lo bastante lejos para que ese primer silencio fuera solo eso: un inicio.
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La enfermera tardó más de lo habitual.
Y el tiempo hizo su trabajo.
Él habló primero.
Nada extraordinario —una frase simple sobre la espera, como tantas otras—
pero con un tono bajo, profundo, que se coló directo entre mi piel y mis pensamientos.
Intercambiamos nombres, miradas que duraban más de lo permitido, sonrisas que decían más de lo que parecía.
Después, fue él quien lo propuso.
Casi en broma.
—“Ya que compartimos esta espera tan íntima… ¿te tomo un café después?”
Acepté.
Como si no supiera hacia dónde iba todo.
Como si no sintiera ya el calor acumulándose bajo la ropa.
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El café quedó casi intacto.
La charla, en cambio…
fue una mezcla de confesiones casuales y silencios cómodos.
Me hizo reír, me hizo desear.
Pero sobre todo, me hizo sentir vista.
Cuando salimos, no hubo despedida.
Solo una mirada.
Una pausa.
Y luego, como si el destino no necesitara pretextos, ambos supimos que no queríamos irnos aún.
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Terminamos en un lugar discreto, en las afueras del centro.
Una habitación con ventanas altas y luz tenue.
Donde el murmullo de la ciudad no podía entrar,
pero sí el deseo que venía cocinándose desde el primer cruce de miradas.
Él no fue impaciente.
Ni yo sumisa.
Fue algo más visceral, más elegante, más inevitable.
Manos lentas, palabras al oído, roces en zonas donde la piel tiene memoria.
No hubo prisas.
Hubo hambre.
De cuerpo, sí.
Pero también de sentirse deseado.
De ser alguien que provoca, que enciende, que deja marca.
Y lo fuimos.
Para el otro.
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Horas después, al despedirnos, no preguntamos si volveríamos a vernos.
No era necesario.
Hay encuentros que se viven solo una vez…
pero se recuerdan con todos los sentidos.
Y esa tarde de consulta,
de espera,
de café y deseo,
fue uno de ellos.
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