Mi secreto siendo esposa
Por Mireya, 46 años
No sabría decir cuándo empezó. Tal vez fue esa tarde de abril en que la rutina parecía más pesada de lo normal y el sol caía con una luz dorada sobre el jardín. Estaba sola, mi esposo aún en la oficina, los hijos ya adultos, cada uno con su vida. La casa era tan silenciosa que podía oír mi propia respiración mientras doblaba la ropa recién salida de la secadora.
Fue entonces cuando el timbre sonó.
—Buenas tardes, señora Mireya. Traigo el pedido que hizo esta mañana.
Era él. El repartidor. Alto, de mirada directa y una sonrisa que no era precisamente parte del protocolo de entregas. Lo había visto varias veces ya. Siempre tan correcto, pero con una energía que no pasaba desapercibida. Ese día, sin embargo, algo en su tono fue diferente. Como si supiera que yo también lo había notado.
—Gracias… puedes dejarlo aquí, si quieres —dije, sintiendo el rubor subir por mi cuello.
Nuestros dedos se rozaron al tomar la libreta donde firmaba la entrega. Un gesto insignificante, pero en ese instante fue como si el aire cambiara. No dijimos más. Él se fue. Pero esa noche, mientras me deslizaba en la cama junto a mi esposo, mi mente volvió una y otra vez a ese roce, a esa sonrisa.
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Pasaron algunos días sin verlo, y sin embargo, su imagen aparecía en los momentos menos esperados: mientras cocinaba, en la ducha, incluso al escoger qué ropa ponerme. Me descubrí queriendo estar presentable justo a la hora en que solía pasar su camioneta blanca.
Cuando volvió, lo hizo en silencio, dejándome una pequeña caja en la puerta. Pero esta vez, al darme la vuelta para entrar, su voz me detuvo.
—¿Sabe que siempre me fijo si su pedido está en la ruta?
—¿Ah, sí? —pregunté sin mirarlo aún, pero con el corazón latiéndome en las costillas.
—Sí. Me gusta venir a esta casa. Usted la hace diferente.
Lo miré. No era una frase cualquiera. Tampoco la forma en que me miraba. Había algo contenido, como una cuerda tensada al borde de romperse.
—¿Quieres pasar un momento? Hace calor… tengo limonada fría.
Dijo que sí sin dudar. Y fue ahí, entre la cocina iluminada por la tarde y el murmullo del ventilador, donde ocurrió. No fue inmediato, ni torpe. Fue pausado. Fue inevitable. Las palabras fueron pocas, los silencios, muchos. Su mano sobre la mía, luego en mi cintura. Una pregunta en sus ojos que respondí solo con un paso hacia él.
Mis labios buscaron los suyos como si supieran exactamente lo que querían desde hacía semanas. Y el mundo desapareció. No había casa, ni deberes, ni anillos. Solo el calor de su piel contra la mía, sus susurros en mi oído, y mi cuerpo recordando sensaciones que creía dormidas.
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La historia no se repitió muchas veces. Solo dos encuentros más, cada uno más intenso, más urgente. Nunca prometimos nada. Él siempre supo que había una línea que no podía cruzarse más allá de esas paredes. Y yo, aunque deseaba lo contrario, también sabía que era así como debía ser.
Una mañana, simplemente no volvió. Y no volví a pedir nada en esa tienda en línea durante meses.
Hoy, mientras escribo esto, han pasado casi dos años. Sigo casada. Sigo siendo la misma Mireya que hornea los domingos y cuida sus plantas. Pero hay un brillo nuevo en mis ojos que a veces noto en el espejo. Una chispa. Un secreto.
Uno que guarda el eco de una tarde, una sonrisa, y el temblor de una piel que, por un breve y perfecto instante, volvió a sentirse viva.
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