Mi secreto siendo esposa – Parte II: "El jardín del vecino"
Por Mireya, 46 años
Siempre me gustaron las flores. Plantarlas, verlas crecer, hablarles en voz baja mientras riego cada mañana. En mi barrio, pocas personas le dedican tanto tiempo a sus jardines como yo… excepto por él.
Rubén se mudó hace unos meses a la casa de al lado, después de separarse. Cuarenta y pocos, mirada tímida y esa clase de hombre que no habla mucho, pero cuando lo hace, uno siente que escucha con todo el cuerpo. Desde el primer día, lo noté observándome cuando yo salía al jardín con mi regadera. No de manera vulgar… más bien con una curiosidad respetuosa, casi admiración.
Yo también lo miraba, claro. ¿Cómo no hacerlo? Había algo en la forma en que se arrodillaba a plantar, en cómo sus manos fuertes trataban con delicadeza cada flor. Y aunque no hablamos mucho al principio, con el tiempo los saludos se volvieron charlas cortas. Luego, risas. Luego, miradas más largas de lo debido.
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Una mañana de domingo, mientras regaba mis lirios en bata y pantuflas, lo vi saliendo con una camiseta sin mangas, el cabello aún húmedo. Intercambiamos una sonrisa. Y fue él quien rompió el silencio:
—Siempre me han gustado las mujeres que cuidan flores. Hay algo sensual en eso… no sé cómo explicarlo.
Me sorprendió su tono. No fue directo, pero había una intención clara en sus palabras. Sentí un calor extraño subir por mi pecho, y por primera vez en mucho tiempo, jugué un poco con mi respuesta:
—Bueno… las flores responden mejor cuando sienten las manos adecuadas.
Él se quedó callado unos segundos, como digiriendo la frase. Después me miró con algo distinto en los ojos. Como si me estuviera desvistiendo en su mente… y yo se lo estuviera permitiendo.
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Esa tarde, hubo un corte de agua. Rubén tocó mi puerta con una sonrisa:
—¿Crees que podría usar tu manguera? Mi jardín está seco.
—Claro. Pero tienes que venir a buscarla tú mismo.
Lo dije sin pensarlo, pero él captó el doble sentido. Entró al patio trasero y nos quedamos solos. La tarde era tibia, el cielo claro, y el silencio entre los dos se volvió un cómplice.
—¿Sabes qué es lo curioso? —dijo mientras sujetaba la manguera con una sola mano— Que no puedo dejar de pensar en ti cuando riego las plantas.
—¿Y qué es lo que piensas exactamente?
Nos miramos. Él dio un paso. Luego otro. Su brazo rozó el mío, y nuestras manos se encontraron por accidente... o no tanto.
—En lo que no debería.
Y me besó. Lento. Profundo. Como si supiera que ese momento iba a vivir en nosotros mucho más que los minutos que durara.
Sus labios encontraron los míos con una mezcla perfecta de deseo contenido y ternura. Mi bata se deslizó apenas, y su mano, cálida y decidida, recorrió mi cintura. Nos dejamos llevar contra la pared del fondo, entre las bugambilias que cubrían la vista del resto del mundo. Allí, nuestras bocas dijeron lo que nuestras palabras callaban desde hacía semanas.
Fue intenso. Fue suave. Fue exacto. Como si el tiempo se hubiese detenido en ese rincón entre jardines.
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Nunca cruzamos la línea del “después”. No hubo promesas. Solo un último beso, una sonrisa cómplice y una despedida sin culpas.
Rubén sigue viviendo al lado. Nos seguimos saludando. A veces, intercambiamos plantas. O recetas. Pero cuando nuestras miradas se cruzan, aún hay un fuego silencioso entre los dos. Un recuerdo que no necesita repetirse para seguir ardiendo.
Porque a veces, el deseo florece… justo donde uno menos lo espera.
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