Mi secreto siendo esposa – Parte IV: “Bajo sus manos”
Relato de comunidad Hetero: Infidelidadschedule 3 min de lectura calendar_today Julio de 2025

Mi secreto siendo esposa – Parte IV: “Bajo sus manos”

Ahí estaba él. Alto, de expresión serena, con una piel morena que contrastaba con su uniforme blanco y una mirada oscura que parecía leer más de lo que decía.—Soy Leonardo. Estaré a cargo de su masaje de relajación. ¿Prefiere...

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Mi secreto siendo esposa – Parte IV: “Bajo sus manos”

Por Mireya, 46 años

La segunda mañana en ese hotel desperté sola otra vez. Mi esposo ya había salido, como siempre, con su agenda llena de reuniones. Me dejó un beso en la frente antes de irse, una nota en la mesita con un “disfruta tu día”.

Y lo hice.

Reservé un masaje en el spa del piso 5. Lo hice sin pensarlo mucho, solo guiada por ese impulso de cuidar mi cuerpo… o tal vez, de escuchar lo que aún pedía mi piel.

La recepción era suave, con música ambiental, incienso tenue y toallas perfectamente dobladas. Cuando mencionaron que el masajista sería “Leonardo”, un escalofrío sutil me recorrió. Había algo en el tono de la recepcionista. Una sonrisa disimulada. Como si supiera que estaba a punto de entrar a un espacio donde el cuerpo manda… y todo lo demás se silencia.

---

—¿Señora Mireya? —escuché una voz grave, cálida.

—Sí —respondí, girándome.

Ahí estaba él. Alto, de expresión serena, con una piel morena que contrastaba con su uniforme blanco y una mirada oscura que parecía leer más de lo que decía.

—Soy Leonardo. Estaré a cargo de su masaje de relajación. ¿Prefiere silencio… o música suave?

—Silencio —dije sin pensarlo.

Entramos a la cabina. Las luces eran tenues. El aire, perfumado con algo entre sándalo y piel tibia. Me pidió que me recostara boca abajo. Me cubrió con una sábana delgada y dejó al descubierto solo mi espalda. Todo fue respetuoso. Profesional. Al menos al principio.

Pero bastaron los primeros movimientos para saber que ese masaje no sería solo físico.

Sus manos eran firmes, pero lentas. Sabían tocar sin invadir, presionar sin imponer. Y su respiración… estaba cerca. Muy cerca. Cada vez que exhalaba, sentía el calor rozándome el cuello.

—Tienes una tensión aquí… —dijo en voz baja, deslizando sus dedos por la base de mi espalda.

—Lo sé —respondí, entrecerrando los ojos—. Es por… demasiadas cosas.

Él no preguntó más. Pero sus manos comenzaron a hablar por él. Se deslizaron por mis hombros, mi cintura, el borde de mi cadera. La sábana se desacomodaba ligeramente. Nada obsceno. Solo… sugerente.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que en un momento giré el rostro y lo miré. Él también me miró, con esa intensidad que no se puede fingir.

—¿Todo bien, Mireya? —susurró, más cerca de mi oído.

—Demasiado bien —le dije, y fue entonces cuando bajé la guardia.

Mi mano tocó la suya. Apenas un roce. Pero él la sostuvo, fuerte, y sin soltarla, se inclinó. Su boca rozó mi nuca con la suavidad de un secreto. Cerré los ojos. Mi piel ardía. No hubo prisa, ni palabras. Solo esa sensación de ser tocada donde más lo necesitaba… y no era solo el cuerpo.

Su boca bajó por mi hombro, lenta, y sus dedos dibujaban círculos sobre mi cintura. La sábana resbaló por un costado. Mi respiración se aceleró. No me moví. No dije nada. Solo permití. Sentí.

Y por unos minutos… fui solo deseo.

---

Cuando terminó, volvió a cubrirme con cuidado. Me ayudó a sentarme y me ofreció agua con una mirada limpia, pero cargada de algo que ambos sabíamos que no se diría en voz alta.

—Gracias —le dije, al borde de un suspiro.

—Gracias a ti, Mireya.

Salí del spa flotando. Mi cuerpo ligero, mi mente en otra parte. Y aunque nunca más crucé palabra con él, su nombre quedó grabado donde importaba: en mi piel.

---

Esa noche, mi esposo volvió al hotel con su cansancio habitual. Me preguntó si descansé. Le dije que sí, que tomé un masaje increíble. Él sonrió.

No mentí.

Pero el verdadero descanso vino de otra parte… del momento en que unas manos extrañas me recordaron lo viva que aún estoy.

---

— tomasswain

30 de julio de 2025

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