Mi secreto siendo esposa – Parte V: “Lo que pasó en Valle de Bravo”
Por Mireya, 46 años
Mi esposo no pudo acompañarme esa vez. Era un viaje corto, apenas una noche en Valle de Bravo, para la boda de la hija de una amiga de juventud. Me insistió en que fuera sola, que descansara, que me hacía bien salir de la rutina.
Y lo hizo con tanto desinterés… que por un instante me sentí invisible. Como si no importara realmente si estaba o no.
Así que fui. Me puse mi vestido azul, ajustado en la cintura, escote sutil, espalda al aire. Un poco de perfume, labios suaves, y esa mirada que, aunque él no notara, otros aún podían leer.
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La fiesta fue elegante, discreta, con luces colgantes entre los árboles y música tranquila. Mientras brindaba con algunas conocidas, lo vi.
Estaba cerca de la barra, solo, traje oscuro sin corbata, el vaso girando entre sus dedos. Su mirada se cruzó con la mía por accidente… y no se apartó. Tampoco la mía.
Pasaron varios minutos antes de que se acercara. Lo hizo sin urgencia. Como si supiera que el momento ya estaba decidido.
—¿Mireya, verdad? —preguntó con una voz grave, como si supiera mi nombre de antes.
—Sí… ¿nos conocemos?
—No. Pero llevo un rato deseando hacerlo.
Reí, bajando la mirada. Esa frase, dicha por otro, habría sonado ridícula. Pero en él tenía un tono diferente. Serio. Seguro. Sin necesidad de impresionar.
—Soy Tomás. Trabajo con el hermano de la novia. Pero… vine solo.
La conversación fluyó como si no estuviéramos en una boda. Como si todo alrededor se hubiera silenciado. Nos apartamos de la pista. Caminamos un poco por el jardín, bajo una luna que parecía estar de nuestro lado.
Hablamos de cosas banales. Pero el lenguaje más claro era el de los ojos, el del leve roce de nuestras manos al caminar. Yo no dije que era casada. No hacía falta. Llevaba ese tipo de anillo que dice más que cualquier palabra. Y aún así… no se detuvo. Ni yo tampoco.
—¿Te quedarás esta noche aquí? —me preguntó, ya cerca del auto que me esperaba.
—Sí. En la cabaña que reservó mi amiga.
—¿Estás segura de querer ir sola?
No le respondí.
Solo abrí la puerta del coche y dije mi dirección al chofer. Cuando volví la vista, Tomás ya estaba allí, al otro lado del asiento trasero.
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La cabaña era pequeña, cálida, con chimenea encendida y un ventanal que daba al bosque. Cerramos la puerta. Nos quedamos de pie, a centímetros, en ese silencio que quema.
—Aún estás a tiempo de decir que no —susurró, tocando apenas mi mejilla.
—Si fueras tú la casada, ¿dirías que no?
No esperó más. Sus labios encontraron los míos con hambre contenida. Mi cuerpo respondió sin dudas. Lo tomé de la camisa y lo llevé al sofá, donde las palabras sobraban.
Todo en él era exacto. El peso de su cuerpo sobre el mío, sus manos firmes, su respiración caliente contra mi cuello. No hubo torpeza, ni prisa. Solo deseo puro, directo, sin culpa. Como si ambos supiéramos que esa noche era nuestra y no habría otra igual.
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Dormimos un rato entre caricias y risas suaves. Al amanecer, él me despertó con un beso en la espalda.
—¿Te vas? —pregunté, aún envuelta en la sábana.
—Sí. Antes de que empiece a pesar.
Se fue sin drama. Sin número. Sin promesas.
Horas después, ya en el coche de regreso a casa, respondí un mensaje de mi esposo: “¿Todo bien?”.
Le escribí: “Sí, descansé. Me hizo bien estar sola un rato.”
Y era verdad. A veces, estar sola no es cuestión de compañía… sino de encontrarte en los brazos de alguien que, por una noche, te recordó que aún puedes arder.
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