Mi secreto siendo esposa – Parte VI: “Lo que no debía mirar”
Por Mireya, 46 años
Era sábado por la tarde y la casa olía a café y pan recién horneado. Había invitado a Lucía, mi amiga de toda la vida, a pasar unas horas conmigo. Ella venía con su hijo, Julián, que estaba de visita tras meses fuera del país. Tenía 26 años. Lo recordaba niño, torpe, tímido… pero esa versión ya no existía.
Cuando abrí la puerta, casi no lo reconocí.
Alto, delgado pero firme, con esa energía segura de los hombres jóvenes que ya saben el efecto que causan. Sus ojos se posaron en los míos con naturalidad, como si no le pesara en lo más mínimo estar frente a la amiga de su madre. Ni notó, o fingió no notar, que yo me quedé un segundo de más observando su forma de sonreír.
—Señora Mireya —dijo con una sonrisa suave.
—Ya no me digas así —le respondí, quitándole importancia con una mano—. Aquí todos me dicen solo Mireya.
Lucía no se quedó mucho. Después del café, recibió una llamada y salió de prisa. Julián se quedó terminando su rebanada de pan con mermelada, sentado frente a mí en la cocina, con ese aire relajado, como si supiera que no tenía que irse todavía.
—¿Sabes? —dijo mientras bebía—. De niño venía a esta casa y me daba un poco de miedo hablarte. Eras tan... elegante.
—¿Y ahora? —le pregunté, medio en broma.
—Ahora es distinto. Me sigues pareciendo elegante… pero ya no me das miedo.
Me reí, algo nerviosa. Sus ojos se quedaron fijos en los míos. Había una intensidad en su forma de mirarme que no se sentía como un juego de juventud, sino como una invitación silenciosa.
Yo sabía lo que era eso. Lo había sentido antes. Y esta vez, decidí no apartar la mirada.
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—¿Tienes planes hoy? —le pregunté, levantándome para llevar las tazas al fregadero.
—Ninguno —dijo, siguiéndome con la vista—. Pero me gustaría quedarme un poco más, si no molesto.
—Claro que no molestas —dije sin girarme, sintiendo su cercanía tras de mí.
Cuando me volví, él estaba a menos de un paso. La cocina se había vuelto más pequeña. O era la tensión. El calor. Lo inevitable.
Su mano tocó la barra de mármol, justo al lado de la mía. No me rozó… pero yo lo sentí.
—¿Siempre huele así tu casa? —susurró.
—¿Así cómo?
—Como a algo que uno no debería desear, pero no puede evitar.
No respondí. Solo lo miré. Y en ese instante, él supo que tenía permiso.
Me besó con una mezcla de atrevimiento y ternura que me desarmó. Fue un beso que no pedía disculpas. Que sabía dónde estaba y por qué. Yo me aferré a su cuello, como si necesitara recordarme a mí misma que aún tenía derecho a sentir así.
Mis labios lo buscaron con hambre contenida, con ese deseo que no se grita pero se siente en cada fibra. Nos apoyamos contra la pared del pasillo, sus manos en mi cintura, las mías deslizándose bajo su camiseta. Todo fue piel, susurros, respiración acelerada. Un choque perfecto entre lo que no debía ser… y lo que ya era.
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Minutos después, aún entrelazados, escuchamos el sonido de un auto en la entrada. Era Lucía, de regreso.
Nos separamos sin prisa, con sonrisas cómplices. Él acomodó su camiseta, yo me alisé el cabello. Nadie sospechó nada cuando volvimos a la sala, sentados a una distancia prudente. Lucía hablaba de cosas banales mientras yo aún sentía el sabor de Julián en mis labios.
Cuando se fueron, él me miró una última vez desde la puerta. Esa mirada que no se olvida.
Esa noche, mientras mi esposo dormía a mi lado, recordé cada segundo. No con culpa. Sino con una sonrisa suave, casi imperceptible.
Porque a veces, el deseo llega con el rostro menos esperado. Y cuando lo hace… algunas puertas simplemente no se pueden cerrar.
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