Mi secreto siendo esposa – Parte VII: “El hijo de la vecina”
Por Mireya, 46 años
La vecina de al lado, Diana, me dejó las llaves de su casa antes de irse una semana de viaje. “Va a llegar mi hijo el viernes por la noche —me dijo—, ¿podrías abrirle? Viene de Guadalajara. Ya sabes cómo son los vuelos.”
Le dije que sí, por supuesto. ¿Qué problema podía haber en eso?
Lo que no esperaba era lo que sucedería cuando lo vi bajar del coche esa noche.
Samuel. Lo recordaba apenas. De niño, lo veía jugando en el jardín con mi hijo menor. Pero ahora… ahora tenía 27, una mochila al hombro, barba de tres días y una sonrisa que le quedaba peligrosamente bien.
—¿Tú eres Mireya? —preguntó, como si no pudiera creerlo.
—Sí —respondí, con una sonrisa—. ¿Esperabas a otra?
—No… pero no te imaginaba así.
Así, ¿cómo? Quise preguntar, pero no lo hice. Su mirada lo decía todo.
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Entramos a la casa de su madre. Le mostré el refrigerador, las luces, el cuarto donde dormiría. Pero su atención no estaba en eso. Lo notaba en cómo me miraba cuando creía que no lo veía. En cómo su voz bajaba cuando estábamos cerca.
—¿Quieres tomar algo antes de que me vaya? —le ofrecí—. Tengo vino frío… en mi casa.
Me siguió sin dudar. Cruzamos la reja, subimos las escaleras de mi entrada. Ya eran pasadas las once. La calle en silencio. Solo nosotros, la noche, y una tensión que empezaba a respirar por sí sola.
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El vino ayudó. Pero lo que realmente soltó la noche fue la forma en que me hablaba.
—Siempre pensé que eras una mujer intocable —me dijo, con una sinceridad desarmante—. Como de revista, elegante… pero de lejos.
—¿Y ahora?
—Ahora tengo 27. Y la edad ya no me impide desear lo que sé que no debo.
Me quedé en silencio. Su mirada era directa, intensa. Estaba sentado en el sofá, un poco inclinado hacia mí. El vaso en su mano. Mis piernas cruzadas. Un calor denso entre los dos.
—Estoy casada —le recordé, como si aún hiciera falta.
—Y aún así… estás aquí conmigo, con el vestido más provocador que he visto esta semana.
Me reí. No lo negué. Porque tenía razón.
—¿Y si no supiéramos más de esto mañana? —preguntó, bajando la voz.
Entonces ocurrió. Me acerqué. Él también. Nuestras bocas se encontraron con la urgencia de lo que ya no se puede detener. Su beso fue joven, sí, pero no torpe. Sabía dónde tocar. Cómo hacerlo. Mis manos se enredaron en su cabello, las suyas en mi cintura, como si conocieran mi cuerpo desde antes.
Nos besamos en silencio. Con la ansiedad de lo prohibido. Con la conciencia plena de que la casa de al lado era la de su madre… y que en la mía dormía la fidelidad que decidí no respetar esa noche.
Sus manos recorrieron mis piernas, mi espalda, el borde de mi vestido. Yo lo permití todo. Lo guié. Fui suya en ese sofá, con la ventana apenas entreabierta y el eco de mi respiración contenida.
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No se quedó a dormir. Antes de irse, me besó una última vez. Lento. Con una ternura que no esperaba.
—Gracias —susurró—. Por no haber sido tan intocable.
Cerré la puerta y me apoyé en ella. Mi corazón aún latiendo rápido. Mis labios aún marcados. Mi piel, viva.
Al día siguiente, recibí un mensaje de Diana desde la playa:
“¿Mi hijo llegó bien? Espero que no haya molestado.”
Lo miré en la pantalla un segundo antes de responder.
“Todo perfecto. Muy educado. Y nada molesto en absoluto.”
Y no mentía.
Porque hay noches en las que una mujer casada no necesita más que una mirada joven, segura… y una excusa para abrir una puerta.
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