Mi secreto siendo esposa – Parte VIII: “En la casa de campo”
Por Mireya, 46 años
Había algo en la casa de campo que me devolvía el aliento. Lejos de la ciudad, del tráfico, de la rutina… y de mi esposo. Él nunca tuvo mucho interés en ese lugar. Le parecía incómodo, caluroso, demasiado silencioso. Para mí, en cambio, era libertad.
Cada vez que podía, escapaba un fin de semana. A veces sola. A veces con amigas. Esta vez fui sola. Necesitaba espacio. Aire. Y quizás, sin querer admitirlo del todo… algo más.
Al llegar, todo estaba como lo recordaba: las paredes blancas, la hamaca en la galería, el sonido seco de los pájaros en la tarde. Y él.
Sergio.
El capataz de la finca. Siempre discreto, siempre serio. Moreno, fuerte, de mirada firme y manos grandes. Estaba supervisando la poda de unos arbustos cuando llegué. Se quitó el sombrero al verme.
—Señora Mireya. No sabía que venía sola esta vez.
—Solo por un par de días —le respondí, sonriendo—. Necesitaba respirar.
Asintió, mirándome unos segundos más de lo necesario. Lo noté. Y no hice nada por evitarlo.
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Durante el día, me dediqué a leer en la terraza y a pasear descalza por la casa. Él pasaba de vez en cuando a revisar cosas, siempre correcto, pero con una presencia que se sentía… incluso cuando no hablaba.
Al atardecer, lo encontré en el galpón, arreglando una puerta vieja. Llevaba una camiseta sin mangas, manchada de polvo. El calor del día seguía en el aire. Me apoyé en el marco sin anunciarme.
—¿Puedo ayudarte?
—¿Sabe manejar una llave inglesa? —dijo con una sonrisa leve.
—Sé manejar cosas más complicadas.
La frase salió sola. Él dejó la herramienta. Me miró. Ya no había juego. Ni protocolo. Ni sombra de señora-patrón.
—¿Está segura? —preguntó sin moverse, pero con la tensión de un animal contenido.
—Muy segura.
Di un paso. Luego otro. Hasta estar frente a él. Nuestros cuerpos tan cerca que el calor entre nosotros no era solo del clima. Sus ojos bajaron a mis labios. Y fue entonces cuando lo besé.
Fue directo, profundo, inevitable. Su cuerpo respondió con fuerza. El mío con hambre. Me tomó de la cintura, empujándome suavemente contra la madera vieja. Sus manos subieron por mis muslos descubiertos bajo el vestido liviano. No hubo palabras. Solo gemidos bajos, respiración agitada y el olor a polvo, madera y deseo.
Su boca bajó por mi cuello, su voz grave susurraba cosas que no recuerdo pero me hicieron cerrar los ojos. Cada movimiento, cada roce, me desarmaba más.
Y ahí, en el silencio de la casa de campo, fui suya. Con la libertad de no ser observada. Con la osadía de quien no tiene que dar explicaciones.
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Después, nos quedamos en silencio. Él volvió a trabajar. Yo me duché y cené sola en la galería, mirando el campo dormido, aún sintiendo su tacto bajo mi piel.
Al día siguiente, antes de irme, Sergio se acercó a despedirse. Me miró serio, sin sonreír esta vez.
—¿Volverá pronto?
—Depende. ¿Va a estar aquí cuando regrese?
Él asintió, y sin decir más, me tendió la mano. No la tomé con la formalidad de siempre. La apreté con firmeza. Con complicidad.
Volví a casa con la ropa limpia, el cabello peinado… y el cuerpo aún latiendo.
Mi esposo me preguntó cómo estuvo la casa de campo. Le dije que tranquila, que no hice mucho.
Y era cierto. No hice mucho. Solo lo justo. Solo lo que necesitaba.
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