Guía Cereza
Publicado hace 2 semanas Categoría: Sexo con maduras 430 Vistas
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El recuerdo de sus ojos verdes me excitaba como el último trago de madroño antes de una cerveza con limón , ese que se pega a la garganta y no se va. Había sido una noche de esas que no se planean, que caen del cielo como un rayo en medio de la rutina. Todo empezó con un mensaje en el teléfono, un "Hola, Gustavo. Necesito hablar contigo. Solo." Firmado por María. La novia de mi chofer. La mujer que, en las dos veces que la había visto, me había mirado con unos ojos que no necesitaban palabras para decir quiero más.


El bar que eligió estaba en Chamberí, uno de esos lugares oscuros donde la luz de las lámparas de pared apenas iluminaba las mesas de madera gastada. El olor a cerveza rancia y a tabaco viejo se mezclaba con el perfume dulce y pesado de María, que ya estaba sentada cuando llegué, con las piernas cruzadas y un vestido negro ceñido que le marcaba cada curva como si fuera un guante. El escote bajaba justo lo suficiente para dejar ver el inicio de sus tetas, redondas y firmes, y el vestido se pegaba a su culo al moverse, ese culo que ya había imaginado desnudo más de una vez. Llevaba el pelo castaño recogido en una cola de caballo, tirante, que le estiraba la piel de la cara y le daba un aire de profesora estricta. Pero sus labios, pintados de un rojo oscuro, decían otra cosa.


—¿Qué tal, Gustavo? —me dijo, sin levantarse, mientras señalaba el asiento frente a ella con un dedo de uñas esmaltadas del mismo color que sus labios—. Pedí una botella de vino. Espero que no te importe.


—No —respondí, sentándome. El vestido se le subió un poco al cruzar las piernas de nuevo, y vi el borde de unas bragas negras de encaje. El corazón me latió más fuerte—. No me importa.


Bebió un sorbo, mojándose los labios, y los lamió despacio, como si supiera que estaba mirando. Luego dejó la copa en la mesa y se inclinó hacia adelante, suficiente para que el escote se abriera un poco más. El aroma de su perfume —algo floral, con un toque a vainilla— me llegó directo a la entrepierna.


—No voy a andarme con rodeos —susurró, bajando la voz aunque no hubiera nadie cerca—. Llevó semanas pensando en esto. En ti.


—¿En mí? —pregunté, aunque sabía perfectamente a qué se refería. El calor me subía por el cuello.


—Sí. En cómo me miras. En cómo te miro yo a ti —hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior—. En lo que pasaría si nos dejáramos de mierdas y hiciéramos lo que los dos queremos.


No dije nada. No hacía falta. María se levantó de golpe, se acercó a mi lado de la mesa y, antes de que pudiera reaccionar, se sentó en mis piernas, con una pierna a cada lado de mis muslos. El vestido se le subió hasta la cintura, dejando al descubierto esas bragas negras que ya había vislumbrado, pero ahora podía ver cómo se hundían entre sus labios, mojados, el tejido pegado a su sexo. Me agarró la nuca con una mano y me acercó a su boca.


—No hay cámaras aquí —murmuró contra mis labios—. El dueño es amigo mío. Cierra los ojos los sábados por la noche.


Y entonces me besó. No fue un beso suave, sino uno hambriento, con la lengua metiéndose en mi boca como si buscara algo, sus dientes rozando los míos. Sus manos bajaron a mi entrepierna y me apretaron la verga sobre el pantalón, dura como una piedra. Gemí contra su boca, y ella sonrió.


—Quiero chupártela —dijo, sin soltarme—. Aquí. Ahora.


No tuve tiempo de responder. Se deslizó de mis piernas, se arrodilló frente a mí y, con dedos ágiles, me desabrochó el cinturón y el pantalón. El aire frío del bar me tocó la piel cuando sacó mi verga, ya palpitante, con la punta brillando de pre-semen. María se lamió los labios de nuevo, como si estuviera a punto de comer algo delicioso, y luego, sin más preámbulos, se la tragó entera.


—¡Wowww! —siseé, agarrándome al borde de la mesa. Su boca era cálida, húmeda, y sus labios se cerraban alrededor de mi verga con una presión perfecta. No hizo el típico movimiento de arriba abajo; en vez de eso, se la metió hasta el fondo y se quedó ahí, con la nariz rozándome el vello púbico, la garganta relajada, tragando alrededor del tronco como si fuera un músculo más de su cuerpo. Sus manos me agarraban las nalgas, clavándome los dedos en la carne, y cuando empezó a mover la cabeza, fue con movimientos cortos y rápidos, chupando con fuerza cada vez que subía.


—Así me gusta —jadeé, mirando hacia abajo. Verla ahí, de rodillas, con los labios estirados alrededor de mi verga y las lágrimas resbalándole por las mejillas, me volvió loco—. Tú eres una puta zorra, ¿verdad?


Ella gimió alrededor de mi verga, asintiendo, y el vibrar de su garganta casi me hizo venirme en el acto. Pero no quería acabar así, no todavía. Le agarré el pelo con fuerza y la saqué de mi verga con un sonido húmedo.


—Levántate —le ordené, la voz ronca.


María obedeció, pero en vez de sentarse, se subió a la mesa, separando las piernas frente a mí. El vestido estaba arrugado en su cintura, las bragas a un lado, y su coño, depilado y brillante de excitación, estaba a centímetros de mi cara.


—Tócame —pidió, jadeando—. Méteme los dedos en el culo.


No iba a esperar otra orden así. Con una mano le separé los cachetes del culo —firmes, redondos, con esa piel clara que contrastaba con el bronceado de sus muslos— y con la otra escupí en mi índice y corazón. María gimió cuando rocé su ano, apretado y rosado, con la yema del dedo.


—Despacio —susurró, aunque su cuerpo decía lo contrario, empujándose contra mi mano—. Quiero sentirlo.


Presioné suavemente, sintiendo cómo el músculo cedía poco a poco. Cuando el primer nudillo entró, ella soltó un gemido ahogado y se agarró́ a la mesa con fuerza.


—¡Dios, sí! —Su voz era un susurro áspero—. Más.


Le metí el segundo dedo, estirándola, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba a mí, caliente y apretado. Con la otra mano, le froté el clítoris en círculos rápidos, y en segundos estaba temblando, sus muslos apretándose alrededor de mi brazo.


—Me voy a correr —jadeó, clavando las uñas en la madera de la mesa —. No pares, por favor, no pares...


No paré. Seguí moviendo los dedos dentro de su culo, sintiendo cómo se contraía alrededor de ellos, mientras con la otra mano le azotaba el clítoris sin piedad. Cuando vino, fue con un grito ahogado, su cuerpo sacudiéndose, el coño chorreando sobre la mesa, empapándome los dedos. Pero no fue suficiente. Antes de que pudiera recuperarse, le di la vuelta, la doblé sobre la mesa y le bajé las bragas hasta los tobillos.


—Quiero follarte el culo —le dije al oído, mordiéndole el lóbulo—. Aquí. Ahora.


—Sí —gimió, empujando el culo hacia mí—. Hazlo.


No tenía condón, pero en ese momento no me importó. Escupí en mi mano, me froté la verga entera  para humedecerla y, agarrándola de las caderas, la empujé contra su ano. María gritó cuando la punta entró, pero no fue un grito de dolor, sino de pura lujuria.


—¡Más! —exigió, empujando hacia atrás—. ¡Dámelo todo!


Y se lo di. La embestí con fuerza, sintiendo cómo su culo me apretaba como un puño, caliente y resbaladizo por sus propios jugos. Cada vez que la penetraba, ella gemía, maldiciendo en español y en esos modismos colombianos que me volvían loco: "¡Ay, mi vida, qué rico!", "¡Métemela hasta el fondo, hp!". El sonido de nuestros cuerpos chocando, el crujido de la mesa bajo sus tetas, el olor a sexo y sudor... era demasiado. Sentí el orgasmo acercándose, pero no quería acabar así, no aún.


La saqué de golpe, la giré y la senté en la mesa, con las piernas abiertas. Su coño estaba empapado, los labios hinchados, y cuando le metí dos dedos dentro, chorreó al instante, gimiendo como una puta en celo.


—Quiero que me llenes la boca —dijo, bajándose de la mesa y arrodillándose de nuevo frente a mí—. Quiero tragarme tu leche.


No tuve que pensarlo dos veces. Me agaché un poco, le agarré la cabeza con las dos manos y se la metí hasta la garganta. Esta vez no hubo suavidad: la follé la boca como si fuera su coño, sintiendo cómo su lengua se enredaba alrededor de mi cabeza y tronco , cómo sus labios se estiraban alrededor de mi verga. En menos de un minuto, sentí el orgasmo explotar en mi espalda, y con un gruñido, me corrí en su boca. María no se movió, se quedó ahí, tragando cada chorro, con los ojos llorosos pero la mirada clavada en la mía, como desafiándome.


Cuando terminé, se limpió los labios con el dorso de la mano y se levantó, ajustándose el vestido con calma.


—Esto no acaba aquí —dijo, acercándose a mí para susurrarme al oído—. Vamos a mi casa.


No hubo discusión. Salimos del bar como si nada hubiera pasado, aunque yo aún tenía el sabor de su boca en la punta de la verga  y ella llevaba mis dedos marcados en su culo. El trayecto hasta su apartamento fue un borrón: sus manos en mi entrepierna, mis labios en su cuello, el taxi olía a nuestro sudor. Cuando entramos a su casa —pequeña, desordenada, con fotos del  tipo que  era su novio en la repisa—, no hubo tiempo para miradas culpables.


María me empujó contra la pared del pasillo, me desabrochó el pantalón de nuevo y se arrodilló. Esta vez no hubo preliminares: se tragó mi verga de golpe, ahogándose un poco, pero sin parar, sus manos masajeándome los huevos mientras me chupaba como si fuera la última vez. Yo le agarré el pelo con fuerza, follando su boca sin piedad, hasta que sentí que iba a venirme de nuevo. La saqué a tiempo, la levanté y la tiré sobre el sofá.


—Quiero que me rompas el coño —gimió, levantando las caderas—. Y luego el culo. Y luego la boca otra vez.


Y así lo hice. La follé en el sofá, con sus piernas sobre mis hombros, sintiendo cómo su coño me apretaba como un tornillo, caliente y resbaladizo. Luego la di la vuelta, le levanté el culo y se la metí por detrás, primero en el coño y luego, sin avisar, en el ano, haciendo que gritara de placer. María no paraba de correrse, sus jugos empapando el sofá, sus uñas arañándome la espalda. En un momento, me senté en el sofá y la monté a horcajadas, con su culo bajando y subiendo sobre mi, sus tetas rebotando frente a mi cara. Le chupé los pezones, duros como piedras, mientras ella se frotaba el clítoris, gimiendo que iba a venir otra vez.


—No pares, no pares, no pares —repitió, como un mantra, hasta que su cuerpo se arqueó y un chorro de sus jugos me salpicó el pecho.


La noche se convirtió en un torbellino de posiciones: contra la pared del baño, con ella de pie y yo penetrándola por detrás mientras el agua de la ducha nos caía encima; en la cocina, sentada en el mármol de la encimera, con las piernas abiertas y yo comiéndomela como si fuera mi último alimento; en su cama, finalmente, donde la follé en misionero, mirándonos a los ojos, sus piernas alrededor de mi cintura, sus gemidos cada vez más desesperados.


—¿Cuántas veces te has corrido? —le pregunté en un momento, mientras le chupaba el cuello.


—No sé —rio, jadeante—. Cinco. Seis. Pierdo la cuenta contigo.


El amanecer nos encontró exhaustos, sudorosos, con las sábanas hechas un lío y el olor a sexo impregnado en cada rincón. María estaba acostada a mi lado, con la cabeza en mi hombro, dibujando círculos en mi pecho con un dedo.


—¿Crees que algún día volveremos a vernos? —preguntó, tan suave que casi no la oí.

No respondí de inmediato. La verdad era que no lo sabía. Pero cuando me giré para mirarla, sus labios curvados en una sonrisa pícara, supe que, fuera como fuera, este recuerdo me perseguiría el resto de mis días.


—Ojalá —dije al fin, y fue la única verdad que me atreví a confesar.


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