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Hace un par de meses, había vivido una experiencia que aún resonaba en cada fibra de mi ser, cumpliendo una fantasía de mi esposo que nos había unido de formas inesperadas. Desde entonces, nuestra relación florecía como nunca; el sexo era un torbellino de pasión y morbo, con caricias que se prolongaban en la oscuridad de la noche, susurrándonos secretos que nos encendían el alma. Sin embargo, en lo profundo de mi mente, durante algunos de esos momentos de éxtasis con mi esposo, no podía evitar fantasear con otros hombres, sus cuerpos fusionándose con el mío. No era que Andrés me dejara insatisfecha —al contrario, me hacía volar—, pero aquella aventura había despertado un hambre insaciable, un deseo de repetir esa excitación prohibida que me hacía temblar solo de pensarlo.
Personalmente, me había transformado. La inhibición que antes me ataba se había desvanecido, reemplazada por una confianza radiante que irradiaba hacia el mundo. Mis redes sociales se convirtieron en un lienzo de mi nueva yo: al principio, fotos inocentes de eventos especiales o lugares pintorescos, capturando sonrisas espontáneas bajo el sol de la tarde o en la calidez de una cena familiar. Pero pronto, el impulso creció; me fotografiaba en cualquier rincón de la vida cotidiana —en el asiento del carro, con el viento revolviendo mi cabello; en el gimnasio, sudorosa y triunfante tras una sesión intensa, el reflejo de mis músculos tensos en el espejo; frente a cualquier superficie reflectante que me devolviera una imagen empoderada. Vestida con el uniforme ajustado de la empresa, que acentuaba mis curvas profesionales; en jeans ceñidos que moldeaban mis caderas; en faldas cortas que danzaban con cada paso. Cada publicación atraía una oleada de likes, seguidores nuevos que surgían de la nada, solicitudes de amistad de desconocidos. Los comentarios fluían como un río: halagos dulces que me hacían sonreír, piropos morbosos que encendían un calor en mi vientre, y algunos que rozaban el límite del respeto, pero que, en secreto, me hacían sentir viva, deseada, poderosa.
Incluso mi esposo notó el cambio un día, mientras revisábamos mi feed juntos en el sofá; me preguntó con una ceja arqueada por qué esta repentina exhibición, aunque añadió con una sonrisa pícara que, por ahora, no le molestaba en absoluto. Sus palabras me animaron a seguir, sabiendo que caminaba en una línea fina pero excitante.
Un día, entre las notificaciones habituales, apareció una solicitud de seguidor en Instagram que me hizo pausar el corazón: era Gustavo, mi exnovio de hace años. Nuestra historia había terminado abruptamente por un viaje que lo obligó a partir, dejando atrás promesas rotas y un vacío que tardé en llenar. Dudé durante días, mi dedo flotando sobre la pantalla, pero al final acepté. Como era predecible, comenzó a dar likes a mis fotos y historias antiguas, un goteo constante de aprobación silenciosa. Pero no comentaba, no escribía. No se atrevía. Continué publicando fotos: montando bicicleta en un parque soleado, con el viento pegando mi camiseta al torso; o en un vestido ceñido que fluía como seda sobre mis curvas durante una salida nocturna; también la clásica toma desde arriba, inclinándome ligeramente para que mis pechos se insinuaran con elegancia; o posando frente al espejo del baño, girándome para mostrar el contorno firme de mis nalgas en leggings ajustados. Siempre cuidando no caer en lo vulgar, manteniendo un aire de misterio y clase. Quería que fuera él quien rompiera el silencio primero. A veces, antes de publicar, le mostraba la foto a mi esposo en la cama, con el teléfono iluminando nuestras caras en la penumbra; le preguntaba si le parecía bien, y en algunas ocasiones, asentía con un guiño, su mano rozando mi muslo como aprobación tácita.
Por fin, un día se animó. Un mensaje simple: "Hola". Lo dejé en visto durante dos días, no quería parecer ansiosa. Cuando respondí, fui cortante, frases secas como "Bien" o "Todo igual". Contestaba horas después, a veces días, manteniendo la distancia. Sus preguntas eran las típicas: "¿Cómo vas?", "¿Qué hay de tu vida?", "Veo que estás feliz", "¿Qué andas haciendo?", "¿Qué pasó con ese proyecto?". Pero poco a poco, la conversación fluyó como un río que gana caudal. Empecé a preguntar por él: su trabajo, dónde vivía ahora. Ganó confianza, y sus reacciones a mis publicaciones cambiaron: emojis de ojos en forma de corazón, caritas de fuego que ardían en la pantalla. Los comentarios se volvieron admirativos, halagando mi belleza con palabras que rozaban el coqueteo. Inevitablemente, tocamos el pasado: le recordé lo desgraciado que había sido, las veces que me dejó plantada en restaurantes vacíos, esperando en vano. Él admitió todo, con voz textual llena de arrepentimiento: "Tienes toda la razón, me arrepiento cada día, especialmente ahora que veo la mujer increíble en la que te has convertido". Sus mensajes se cargaron de morbo, enfocándose en partes de mi cuerpo —"Esa sonrisa tuya me mata", "Recuerdo cómo se sentían tus curvas"—, rememorando momentos íntimos que nos unieron en el pasado. Me invitaba a un café una y otra vez, y yo me negaba con excusas elegantes. Pero, como dice el dicho, tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe. Terminé aceptando.
Nos encontramos en un café acogedor con el aroma a espresso flotando en el aire, y charlamos durante un par de horas sobre nada y todo. Fue una conversación normal, como viejos amigos, sin insinuaciones. Quedamos en vernos de nuevo. Pero no duró mucho esa inocencia. Insistía en ir por unos tragos en un bar tenuemente iluminado, con jazz de fondo y copas tintineando. Siempre me hacía del rogar, inventando compromisos, posponiendo una y otra vez, o simplemente diciéndole que no era correcto. Andrés —mi esposo— sabía cada vez que quedaba con Gustavo. Llevábamos una relación abierta, por lo que él conocía todos los detalles de mis salidas “inocentes”: “Voy a tomar un café con un viejo amigo”, le decía, y él sonreía, me daba un beso y respondía: “Que te vaya bien, amor”. Incluso bromeaba: “Si se pone muy pesado, me llamas y voy por ti”. Nunca había celos, nunca reproches; esa era nuestra regla y la vivíamos con libertad y confianza.
Pero en el fondo, algo en mí se resistía a cruzar del todo la línea mientras Andrés supiera exactamente con quién estaba. No era que él me prohibiera nada —al contrario, disfrutaba escuchar mis aventuras—, sino que la idea de que él imaginara a Gustavo, mi ex, tocándome, penetrándome, me producía una mezcla extraña de morbo y vergüenza. Si algún día decidía dejarme llevar de verdad, quería que fuera en un terreno que él no pudiera ubicar con nombre y apellido; quería proteger esa fantasía, ese rincón donde el deseo fuera solo mío por unas horas
Hasta que el destino jugó a mi favor: por trabajo, mi esposo tuvo que salir de viaje por un par de noches, o eso le habían dicho. Coordiné con Gustavo para esa misma noche. Me preparé con esmero, queriendo dejarlo sin aliento. Me puse una tanga de encaje negro, delicada y provocativa, que se adhería a mi piel; un sostén a juego que realzaba mis pechos con encajes intrincados. Sobre eso, un buso largo y suelto de color blanco, que caía como una falda improvisada, rozando mis muslos. Siempre he amado las botas altas en tacón, con caña que sube por encima de las rodillas, así que elegí mis favoritas en beige, combinadas con una gabardina del mismo tono que me daba un aire elegante y sobrio, pero con un toque irresistible. Tomé un Uber, el corazón latiéndome fuerte contra el pecho mientras el auto serpenteaba por las calles iluminadas.
Me llevó a cenar a un restaurante íntimo, con velas parpadeando sobre la mesa y el murmullo de conversaciones ajenas. Hablamos de banalidades: el clima, películas recientes, anécdotas laborales. Nada serio, nada comprometedor. Al finalizar, me llevó a casa; su plan era dejarme en la puerta e irse. Pero lo invité a entrar, con una sonrisa juguetona que no esperaba usar. Aceptó sin resistirse mucho, sus ojos brillando con sorpresa. Entramos al apartamento, el aire cálido y familiar envolviéndonos. Me quité la gabardina lentamente, colgándola en el perchero para que pudiera apreciar mi silueta delineada por el buso blanco. Destapé una botella de vino tinto, el corcho saliendo con un pop suave, y brindamos, el cristal chocando con un tintineo mientras uno de mis playlist eróticos comenzaba a sonar. Nos sentamos en el sofá, charlando sobre recuerdos lejanos y sueños actuales, el vino calentándonos las venas.
El alcohol hacia su magia rápidamente, aflojando inhibiciones. Él se levantaba para servir otra copa, ir al baño o cualquier excusa, y al regresar se sentaba cada vez más cerca, su muslo rozando el mío. Yo lo esperaba con las piernas cruzadas, las botas beige brillando bajo la luz tenue, permitiendo que vislumbrara la piel suave de mis muslos. Finalmente, estuvimos lado a lado; pasó su brazo izquierdo por detrás de mi cuello, abrazándome con calidez, y seguimos hablando como si nada. Unos segundos más, y su mano derecha descansó casualmente en mi pierna derecha, los dedos cálidos contra mi piel. Pronto, comenzó a acariciar suavemente, trazando círculos perezosos que enviaban cosquillitas nerviosas por mi espina dorsal, un escalofrío eléctrico que me hacía morderme el labio. Él lo sabía; no había olvidado cómo ese roce sutil me encendía como una mecha. Con la mano detrás de mi cabeza, rozaba mi oreja izquierda, su aliento cálido cerca de mi cuello. Lo tenía justo donde lo quería: cerca, tocándome, con un deseo palpable en el aire, listo para devorarme.
Me besó la oreja con delicadeza, un beso húmedo que me hizo cerrar los ojos. Se desplazó hacia adelante, buscando mi boca, y yo giré la cabeza rápidamente para ofrecérsela, nuestros labios encontrándose en un beso profundo, cargado de años de separación. La mano que rozaba mi pierna ahora la apretaba con firmeza, sus dedos hundiéndose en la carne suave. Bastaron unos segundos para que subiera decididamente hacia mis senos, apretándolos suavemente a través de la tela, enviando ondas de placer por mi cuerpo. Me tumbé en el sofá, quedando totalmente acostada, invitándolo con mi postura abierta. Levanté mis manos y tomé un cojín para apoyar mi cabeza, dejando mi cuerpo a su merced como un lienzo vivo. Él lo entendió al instante; bajó su mano derecha de nuevo a mis piernas, pero esta vez no se detuvo: me subió el buso hasta la cintura, exponiendo mi ombligo plano, mis caderas curvas y la tanga de encaje negro ya humedecida por la anticipación. Besó mi abdomen con labios temblorosos, se notaba nervioso, su respiración entrecortada mientras apretaba mis piernas con ambas manos, explorando la textura suave de mi piel. Yo cerré los ojos, dejándome llevar por el torrente de sensaciones, el aroma a vino y a su colonia mezclándose en el aire.
Estuvo así unos segundos eternos, saboreando mi piel, luego descendió a besar mis piernas, lamiendo desde las rodillas hacia arriba, donde soy tan sensible que corrientazos eléctricos me recorrieron el cuerpo, haciendo que mis músculos se tensaran involuntariamente. Mientras lo hacía, llevó una mano a mi tanga; la sintió empapada, el tejido pegajoso contra sus dedos, y sobre ella comenzó a mover su pulgar en círculos precisos, buscando y encontrando mi clítoris hinchado, frotándolo con una presión que me hacía arquear la espalda. Me masturbaba así, con maestría, mientras con la otra mano subía el buso por encima de mis pechos, bajando el sostén para liberarlos al aire fresco de la habitación. Su boca ascendió por mi abdomen, húmeda y caliente, hasta llegar a mis pezones; los lamió tiernamente, la lengua girando en espirales que me arrancaban suspiros. Todo sin detener el estímulo en mi clítoris, un ritmo constante que me hacía gemir suavemente. Mientras lamía uno de mis pezones, endurecido y sensible, con su mano izquierda masajeaba el otro seno, apretando y soltando en un vaivén hipnótico. Yo ya gemía sin control, los ojos cerrados, concentrada en el placer que invadía cada célula: el calor de su boca, la fricción de su dedo, el roce de sus palmas en mi piel.
De repente, sus manos se detuvieron, dejando un vacío momentáneo. Se levantó, me tomó de las manos con gentileza y me sentó erguida. Levantó mis brazos y, en un movimiento fluido, me quitó el buso por la cabeza, dejándome solo con las botas, la tanga y el sostén caído. Sentada frente a él, con las piernas abiertas y él de pie entre ellas, mis botas rozando sus pantorrillas, comencé a desabrocharle el pantalón con dedos temblorosos de excitación. Bajé el cierre con un zip audible, y el pantalón cayó a sus tobillos. Sobre sus bóxers, el bulto erecto se marcaba prominente, latiendo visiblemente.
Tomé la cintura de su ropa interior y la bajé también, liberando su pene endurecido, venoso y caliente al tacto. Comencé a masturbarlo lentamente, moviendo la piel de arriba abajo con una presión suave pero firme, sintiendo cómo se hinchaba más en mi mano. Él llevó sus manos a mi cabeza, entrelazando los dedos en mi cabello, un gesto sutil que entendí perfectamente. Me acerqué, pasando mi lengua desde la base hasta la punta, lamiendo con lentitud mientras lo miraba a los ojos con una expresión coqueta, juguetona. Le sonreí disimuladamente, un guiño travieso, y procedí a metérmelo totalmente en la boca. Lo chupaba suavemente, mis labios envolviéndolo en un calor húmedo, succionando con ritmo mientras con una mano acariciaba sus testículos, rodándolos gentilmente entre mis dedos. Él se volvía loco, sus gemidos bajos resonando en la habitación, sus manos en mi cabello no presionando, solo guiando al ritmo de mi cabeza, mis labios deslizándose tiernamente por su longitud, saboreando el sabor salado de su excitación.
Pasaron unos minutos de ese intercambio intenso, el tiempo diluyéndose en placer. Me levantó con cuidado, me acercó a la mesa del comedor, sólida y fría bajo mis palmas. Me incliné sobre ella, ofreciéndole la vista de mi espalda arqueada y mis nalgas expuestas. Apoyé mis codos en la superficie, la madera pulida contra mi piel, mientras Gustavo lamía mi espalda, su lengua trazando líneas húmedas que me erizaban los vellos. Me agarraba las nalgas con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne blanda, y rozaba su pene erecto entre ellas, la fricción caliente y prometedora. Se arrodilló detrás de mí, bajó mi tanga lentamente sin quitármela del todo —aún con las botas puestas, que me daban una altura sensual—, y comenzó a practicarme sexo oral desde atrás. Esta sensación era un torbellino de placer: su lengua pasando por mi clítoris hinchado, lamiendo con avidez hasta mi ano y regresando en un ciclo interminable, el calor de su boca mezclado con mi humedad, haciendo que mi cuerpo se retorciera incontrolablemente. Lo único que podía hacer era agarrarme fuertemente de los bordes de la mesa, las uñas clavándose en la madera, gemidos escapando de mi garganta como un río desbordado.
Se levantó, su respiración agitada, y colocó la punta de su pene en la entrada de mi ano, empujando lentamente mientras murmuraba con voz ronca: "Este culo siempre será mío". Gustavo había sido quien me inició en el sexo anal años antes, y ahora, su miembro se abría camino con una presión deliciosa y familiar, estirándome hasta llenarme por completo. Me tomó de las caderas con manos firmes, comenzando un bombeo rítmico, profundo, cada embestida enviando ondas de placer y un leve dolor inicial que se disolvía en éxtasis. Estuvo así algún tiempo, el sonido de nuestros cuerpos chocando, llenando la habitación. Luego, con una mano me tomó del pelo y tiró con fuerza, haciendo que mi cabeza se echara hacia atrás; me dolía realmente, un tirón agudo que mezclaba placer y dolor, mientras taladraba mi trasero con ímpetu salvaje. Le pedí que me soltara, pero cuando intenté subir una mano, me tomó la muñeca y la aprisionó en mi espalda, inmovilizándome. Pasaron instantes eternos así, dominada por su urgencia. Luego me levantó, y casi sin sacármelo ni soltarme el pelo ó la muñeca, y me llevó unos pasos hasta una mesa perfecta para su altura. Salió de mi solo para acostarme boca arriba sobre ella, mis botas colgando en el aire.
Aún no terminaba de levantar mis piernas cuando, de una sola estocada profunda, me penetró de frente, su pene deslizándose en mi vagina ahora, húmeda y ansiosa. De todos los amantes que había tenido, ninguno había sido tan violento como él en ese momento; lo hacía con una rabia contenida, como vengándose de los años perdidos, embistiendo con una fuerza que me hacía jadear. Pero en esta nueva posición, comencé a disfrutar nuevamente: cada entrada y salida de su verga me llenaba de placer abrasador, gemía como loca, el sudor perlando mi piel, mi cuerpo retorciéndose sin control bajo él. De vez en cuando abría los ojos y lo veía ahí, dominante y empoderado, sus músculos tensos, sujetándose firmemente de mis caderas, soltándolas solo para apretar mis tetas que bailaban al ritmo de sus embestidas, los pezones endurecidos bajo sus palmas ásperas.
Estaba tan inmersa en el placer, las sensaciones abrumadoras —el roce interno, el calor de su cuerpo, el aroma a sexo y sudor— que no noté cuando Gustavo se acercaba al clímax. Me encanta ver a un hombre en esa fase de no retorno, pero solo sentí que sacó su miembro, lo colocó sobre mis labios vaginales y lo presionó con su pulgar, masturbándose con ellos, frotando su longitud contra mi clítoris hinchado, masturbándonos mutuamente en un frenesí. Comenzó a eyacular: chorros calientes que salpicaron mi abdomen, pero la mayoría chocando directamente contra mi clítoris, el calor de su semen provocándome un orgasmo explosivo. Sentí cómo su leche se mezclaba con mi humedad, extendiéndose con los movimientos persistentes de su pene, ondas de placer irradiando desde mi centro hasta las puntas de mis dedos.
Quedamos inmóviles unos segundos, recuperando el aliento, el pecho subiendo y bajando en sincronía, mientras su semen comenzaba a escurrir de mis labios hacia mis nalgas, una sensación pegajosa y cálida. Me ayudó a levantarme, murmurando con voz ronca: "Estás tan rica como siempre". Se fue al baño a limpiarse, el agua corriendo en el fondo, y regresó con papel higiénico para que yo me arreglara, pasándolo suavemente por mi piel sensible. Me dijo lo bien que la pasaríamos esas dos noches sin mi esposo, pero no era mi interés; le pedí que se arreglara y se fuera, con una sonrisa cansada pero firme. Me acosté desnuda como me había dejado, el cuerpo aún vibrando, y me dormí profundamente.
Un par de horas después, sentí una mano deslizándose sobre mi, un toque familiar que me despertó con un sobresalto. Pensé aterrorizada que Gustavo había encontrado la forma de regresar, pero no: era mi esposo, su voz suave en la oscuridad: "No fue necesario salir de la ciudad, trabajé desde la oficina".
Gracias por leerme.
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