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Me encontraba en la sala de la casa de mi hermana, esperando a que llegara para ayudarla con unas reparaciones pendientes. La tarde estaba muy calurosa, y el aire acondicionado apenas lograba calmar el bochorno. Estaba sentado en el sofá, revisando mi teléfono, cuando escuché el sonido de la puerta principal abriéndose. Pero no era mi hermana quien entraba, sino Susana, su vecina y viuda de hace unos años.
Susana, con sus 50 y tantos años, era una mujer que irradiaba energía y además no era para nada recatada. Su piel negra oscura y su cabello rizado la hacían destacar en cualquier lugar. Siempre vestía con ropa amplia, como si quisiera dejarse comer con las miradas. Yo sabía, por comentarios de mi hermana, que era una mujer insatisfecha, adicta al placer y al sexo desenfrenado.
"Hola, Gustavo", dijo Susana con una sonrisa nerviosa, cerrando la puerta detrás de ella. "Tu hermana no está aún, ¿verdad?".
"No, aún no llega", respondí, levantándome del sofá. "Pasa, por favor. ¿Quieres algo de beber?".
"No, gracias", contestó, acercándose a mí con una mirada que no pude descifrar. "En realidad, vine a hablar contigo sobre algo... personal".
Antes de que pudiera responder, Susana se abalanzó sobre mí, sus labios buscando los míos en un beso apasionado. Su lengua invadió mi boca, y sentí cómo mi cuerpo respondía de inmediato. Sus manos se deslizaron por mi pecho, desabotonando mi camisa con urgencia.
"Ven, Gustavito, hagámoslo rápido antes de que llegue tu hermana", susurró en mi oído, su aliento caliente en mi piel. "Sé que te gusto, y yo... yo no puedo resistirme más".
Su voz ronca y llena de deseo me enloqueció. Sin pensarlo dos veces, la tomé en mis brazos y la llevé hacia el comedor, la coloque sobre una silla como escenario improvisado. La senté sobre la mesa, y ella se quitó la blusa en un movimiento fluido, revelando sus pechos curvos y firmes.
Me arrodillé frente a ella, atraído por la belleza de su cuerpo. Mis labios se cerraron alrededor de sus pezones, que se endurecieron al contacto. Susana gimió, su cabeza echada hacia atrás, su cuerpo arqueándose hacia mí.
"Vamos Papi , dale, cómeme toda, hazme tu puta", ordenó, su voz cargada de lujuria. "Chupa mis pechos, hazme sentir tu lengua en cada rincón de mi cuerpo".
Su tono dominante me excitó aún más. Mi lengua acepto de inmediato la invitación y baje por su vientre lamiendo lentamente , recorri su sexo de vellos rizados pero bien cuidados. Separe con mis dedos sus labios babosos de humedad y luego mi lengua jugo en círculos pengtrandi su vagina hasta la cresta del gallo. Allí mi lengua y luego mis labios apretados mastrubaron aquella prominencia erecta… savborre sus flujos coo si fuera el néctar del mejor vino i entonces comencé a masturbar aquel clítoris hasta saciar mis ganas y sus orgasmos qiue se repitieron uno a uno
Saqué mi verga dura del bóxer, y ella se bajó de la mesa para ensartarse en mí. Su vagina caliente y húmeda me envolvió, ajustándose a mi miembro con un gemido profundo.
"Puedes venirte dentro de mí, ya no me viene el periodo, ¿ok?", susurró, su aliento caliente en mi oído. "Hazme tuya, Gustavito, demuéstrame si sientes deseos de sexo por mí".
Su permiso me hizo perder el control. La tomé en mis brazos y la llevé de nuevo a la silla, donde la senté sobre mí. Nuestros cuerpos se movían al unísono, sus caderas bailando sobre mi verga con un ritmo frenético.
La penetré con fuerza, mis embestidas llenas de energía y deseo. Susana respondía a cada movimiento, sus paredes contrayéndose alrededor de mí, apretándome con una intensidad que me llevaba al borde del orgasmo.
"Siii, así, Gustavito, hazme tuya", gritó, su voz ronca y llena de placer. "Ven dentro de mí, lléname con tu leche".
Sus palabras me impulsaron a continuar, a darle todo lo que pedía. Nuestros cuerpos se fundían en uno solo, la pasión y el deseo nos consumían por completo.
De repente, Susana se detuvo, su cuerpo tenso y tembloroso. "Me voy a veniiiir, Gustavito", susurró, su voz entrecortada por los gemidos. "Hazme gritar tu nombre, hazme sentir que soy tuya".
Y entonces, con un grito ahogado, se vino, su cuerpo convulsionando sobre el mío. Su vagina se apretó alrededor de mi verga, y sentí cómo su orgasmo me arrastraba hacia el mío propio.
Pero antes de que pudiera alcanzar la cima sacó mi verga, se arrodillo y se la metió en la boca.
Me vine con todo en aquella boca caliente y deseosa, dejándola llena. Ella solo se limpio los labios con su lengua y me miro con ojos de arrechera.
Se volteó, agarrándose del espaldar de la silla. Levantó su culo curvilíneo y tentador, ofreciéndomelo con una mirada de deseo.
"Métemela por acá, que me encanta cómo lo haces", pidió, su voz cargada de lujuria. "Penétrame el ano, Gustavito, hazme sentir tu verga en mi agujero mas chiquito ".
No pude resistirme. La tomé por las caderas y la penetré despacio, disfrutando de cómo sus músculos se abrían para mí. Sus nalgotas se movían con cada embestida, y yo le di nalgadas que resonaron en el aire, haciendo que ella gimiera de placer.
"Así, así, rico Gus, dame, que suenen mis nalgas", gimió, su voz llena de éxtasis. "¡No me duele, me excita y me gusta cómo me penetras… ooooohh!".
Sus palabras me enloquecieron. Aumenté el ritmo, embistiéndola con fuerza, sintiendo cómo su ano se ajustaba a mi verga con cada movimiento. Susana se movía al compás, sus gemidos llenando el aire con un sonido que me excitaba aún más.
"Trata de venirte", susurró, su voz urgente. "Siento que ya me voy a venir de nuevo".
"Siii, ya me voy a venir", respondí, mi voz entrecortada por los gemidos.
Pero antes de que pudiera alcanzar el orgasmo, Susana se detuvo nuevamente, se arrodilló frente a mí, su boca abierta y deseosa.
"Dame tu leche, toda", susurró, su mirada fija en mi verga. "Hazme tragar tu semen, Gustavito, demuéstrame que soy tuya".
No pude resistirme más. Con un último esfuerzo, exploté, mi semen llenando su boca mientras ella lo recibía con una sonrisa satisfecha.
En ese momento, Susana se levantó, ajustando su ropa con una sonrisa pícara. "Gracias, Gustavito", susurró, besándome en la mejilla. "Eso fue... increíble".
Asentí, aún sin aliento, mientras ella se dirigía hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y me miró con una expresión que no pude descifrar.
"Recuerda, esto es nuestro secreto", dijo, su voz baja y seria. "Nadie puede saber lo que pasó aquí".
"Lo sé", respondí, mi voz ronca. "Nuestro secreto".
Y con eso, Susana salió de la casa, dejándome solo con mis pensamientos y la sensación de su cuerpo aún impresa en el mío. Me senté en la silla, tratando de procesar lo que acababa de suceder, mientras el sonido de la puerta principal cerrándose me recordaba que la realidad había vuelto a imponerse. Pero en mi mente, aún podía sentir el calor de su cuerpo, el sabor de sus labios, y la intensidad de nuestro encuentro.






