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El aroma dulzón del perfume caro de Elizabeth impregnaba el cuarto cuando la vi arquearse sobre la cama. La luz de la lampara de noche daba en su piel canela un resplandor dorado que recorría cada curva: caderas anchas, cintura un poco estrecha y unos pechos generosos que se sacudían con cada jadeo. Llevaba puesto solo un camisón, subido hasta la cintura, lo bastante transparente como para adivinar los pezones oscuros y erectos. Sus verdes ojos me clavaron una mirada húmeda de deseo y, al mismo tiempo, de culpa contenida.
—Gustavo… no quiero esperar más… —susurró, aferrando las sábanas con las uñas pintadas de rojo pasión.
Desde el borde de la cama, me deslicé junto a ella; mis cincuenta y siete años me regalaban la calma suficiente para no precipitarme. Sentí el calor de su muslo contra el mío y la respiración entrecortada que agitaba sus senos. Le acaricié el hombro, cómo quien toca un instrumento musical, y le sostuve la mirada.
—¿Te gustaría probar algo diferente? —pregunté con el tono ronco que me hace llamar la atención completa.
Mis dedos dibujaron círculos sobre su piel, descendiendo por la cintura, rozando su costado, deteniéndose apenas en el comienzo de esa nalga generosa. Elizabeth tragó saliva. El silencio se llenó del martilleo de su corazón, que yo sentía vibrar bajo la yema de mis dedos.
—¿D-diferente? —balbuceó, son una voz temblorosa llena de timidez y lujuria mezcladas en una sola sílaba.
No la dejé adivinar mucho. Me incorporé unos centímetros, la mirada clavada en el par de nalgas que se insinuaban bajo la seda arrugada.
—Sexo anal —dije sin anestesia ni más vueltas.
El rubor de sus mejillas se intensificó. Por un instante vi en ella a la dama recatada que pasea por el pasillo del edificio con traje sastre y pañuelo al cuello, la misma que reza con el rosario cada domingo en la iglesia cercana. Pero también estaba la mujer que, hacía apenas unos minutos, lamía con ansia el tronco de mi verga, arrodillada en el piso frente al sofá de la sala como quien prueba un helado prohibido.
—Nunca lo he hecho … ni con mi marido… —musitó, apretando con más fuerza la sábana—. Dicen que… que duele mucho.
Sentí que el recuerdo del esposo perdido en alguna ciudad de Colombia —ese hombre que la dejó plantada después de emigrar y nunca avisó ni volvió a llamarla — flotaba en la habitación como fantasma estorboso. Hice a un lado su cuerpo suavemente. Saqué de la mesita de noche un pequeño frasco de gel íntimo, lo dejé caer sobre la mesita con un sonido metálico y me arrodillé entre sus rodillas.
—No te preocupes, mi amor. Seré cuidadoso. Si hay dolor, paramos ¿vale?
Ella me observó de frente sin quitar sus hermosos ojos, buscando la mentira en los míos; no la halló. Tomó aire por la nariz, apretó los labios y, apenas perceptible, asintió. Sus piernas temblaban cuando las aparté despacio; la tela se froto contra mi piel, sentí su carne tibia entre mis palmas. El camisón se deslizó más arriba hasta que quedó enrollado en su cintura. Elizabeth se incorporó sobre los codos, la respiración trepidante, y me miró separar sus nalgas como si fuera un mapa inexplorado.
Me incliné y le besé la unión de la vagina con el ano; probé el sabor salado de su piel mezclado con deseo. Luego, fui subiendo: mi lengua recorriendo cada centímetro mientras mis dedos frotaban suave su ombligo, lentamente llegando a sus tetas. Me detuve a morderle el borde del clítoris. apreté un pezón y ella se encogió, soltando una especie de gemido ahogado.
—Pont… pon tu mano en mi raja mi amor —rogó, guiando mis dedos hasta su sexo depilado apenas húmedo.
Separe sus labios vaginales y deslice mis dedos. La penetré y noté la pared interna viscosa, caliente, receptiva. Masajeé la entrada, esparcí la lubricación natural, luego retiré los dedos antes de que subiera demasiado la temperatura. La giré poniéndola en cuatro, le coloqué una almohada bajo el vientre y le susurré al oído:
—Abre lentamente las piernas… relájate, respira conmigo.
Comprendió que venía una chupada completa de culo y vagina. Sus nalgas se separaron dejándome el espacio hasta su círculo anal cerrado, virgen y tembloroso, la perfección del deseo: nalgas macizas, piel tensa, surco discreto que se ocultaba entre aquellas prominencias. Cogí el pequeño frasco, vertí un hilo de gel transparente sobre mi palma; estaba más que excitado. Con movimientos lentos, lo fui esparciendo por cada pliegue, rozando apenas su anillo erguido, cerrado, apretado y ahora mismo curioso de ser dilatado manualmente.
Elizabeth apretó la almohada con ambas manos.
—¿Segú… seguro que se puede, si me entrara tu verga gorda y gruesa?? —preguntó, voz quebrada, pero sin escapar.
—Confía —dije, y dejé el envase para no interrumpir más.
Me coloqué entre sus muslos, palmeé una nalga y la aparté suavemente. Mi erección palpitaba; la punta rozó la entrada estrecha y caliente. Apoyé los labios contra su nuca, la besé, la chupé, le recorrí la línea de la columna con mi lengua mientras sentía como se le tensaba la piel.
—Relájate —volví a ordenar—. Siente cómo te abrazo, cómo te acaricio.
Ella exhaló, un gemido largo y frágil. Con la mano libre guie la cabeza de mi pene hasta el centro del anillo; un primer contacto, apenas más que un saludo, hizo que su puerta se alarmara, se apretara más aún. No insistí; dibujé círculos con la punta, masajeándola, transmitiéndole que yo también jugaba con el fuego del deseo. Disminuí la presión y volví a intentarlo; esta vez la entrada cedió un poco, se abrió lo justo para dejarme sentir el calor intenso del interior.
—Ahh… —jadeó, y sus dedos se hundieron en las almohadas.
Seguí introduciéndome lento, firme, sin movimientos bruscos; cada milímetro era una negociación con su cuerpo. El gel facilitó la penetración, y la cabeza atravesó la primera parte de su ano estrecho con una sensación entre dolor y placer. Elizabeth contuvo la respiración, el culo se le tensó, y el anillo me apretó con violencia, como si quisiera arrancarme la verga.
—Respira, amor… —susurré en su oreja, sin mover las caderas aún—. Lento, despacio, suéltate.
La escuché tomar aire, luego soltar y retomar. Sus hombros se relajaron; fue la señal. Empujé otro poco, hasta la mitad; sentí el estallido de calor interno y ese cosquilleo salvaje que recorre las paredes estrechas cuando entras a un espacio virgen. Cinco centímetros ya, siete… la cremallera de su culo se abría en un placer minucioso. Con la mano libre acaricié su clítoris, recordándole que también su sexo tenía humedad y deseo.
—Ay… duele… pero… pero, no pares, no pares … —No terminó; le salió un quejido largo, más animal que humano.
Le besé la espalda, luego le susurré la frase sucia que arruina la dignidad y enciende la lujuria:
—Estás comiéndote toda mi verga con ese culito cerrado, Liz… eres una diosa anal.
Ella gimió más alto, el dolor y la lujuria se peleaban dentro de ella. Deslicé mi verga una y otra vez, sin retirarme con violencia, entrando hasta donde su cuerpo dejaba; diez centímetros, doce. La visión me volvía loco: su ano abrazaba mi eje como un aro de acero tibio; la piel canela se estiraba brillante a mi alrededor, y el tronco de mi verga se clavaba en un túnel que parecía hecho a medida. En la pared opuesta, el espejo del armario devolvía la escena: mi pecho sudoroso, mis piernas bien asentadas, sus caderas temblorosas entre mis manos.
—¿Más? —atreví a preguntar, la voz quebrada por el esfuerzo de contenerme.
Elizabeth abrió los ojos, me vio a través las verdes pupilas y se sintió relajar por fin la culpa. Fue ella quien, despacio, empujó hacia atrás con las caderas, tragando lo que quedaba aun por penetrar hasta meterlo todo dentro de ella. El movimiento la sacó un gemido áspero, pero enseguida sus labios formaron una “O” de asombro; el placer anal había tocado su primera excitación.
—Más… —dijo, apenas audible, rostro contra la almohada—. No pares, Gustavo…
Me despertó algo salvaje. Hice avanzar mi cuerpo hasta quedar enterrado hasta la médula; mis bolas rozaron sus nalgas, que, colgantes se apoyaron contra su sexo húmedo. El calor me quemaba; el estrecho espacio me estrangulaba. Me detuve, disfruté el segundo tiempo de aquella desvirgada anal: ella tenía mi verga completa dentro de su culo virgen, y yo sentía como palpitaban su corazón y el mío a través de las paredes.
—Aguanta… —le pedí, aunque la frase era para mí mismo: no quería venirme todavía.
Comencé a bombear, suave al principio: salidas cortas, entradas iguales. Cada vez que retrocedía, el anillo se fruncía tras de mí como una boca que no quería soltar; cada vez que avanzaba, sentía ese chasquido interior de paredes que piden más. Elizabeth soltaba un gemido ahogado por cada embestida; el sonido rebotaba en la habitación como música sucia.
—¿Te gusta? —interrogué entre jadeos, aferrándole la cadera.
—Sí… y no… y siiiii… —respondió, sintiendo las contracciones de su propio placer.
Incrementé el ritmo. El lubricante hacía ruido húmedo; la sábana bajo nosotros estaba empapada. Agarré ambas nalgas, las separé más, y embestí con la longitud completa. Ella alzó la cabeza, la boca abierta en silencio, y de pronto soltó un rugido áspero:
—¡Me… estás abriendo… toda… Ahh!
El orgasmo la agarró de sorpresa: el culo se le contrajo alrededor de mi verga en espasmos rápidos, como succión. Su clítoris palpitó bajo mis dedos, y un chorro de líquido claro salió de su sexo, resbalándole por el muslo. No había eyaculado yo aún, pero sentí cómo mis propias bolas se sublevaban; el fuego recorría la columna y se concentraba en la base de la verga.
—Aguanta, Liz, voy a… —empecé a gemir fuerte, sin fuerzas para retirarme.
Ella, entre convulsión y convulsión, dio un último empuje atrás, clavándose hasta el fondo. Su anillo convulsionó junto con ella, y fue suficiente: el semen me subió por el tronco y salió a chorros, derramándole por dentro, inundando su estrecho hoyo.
Nos desplomamos de costado, pegados por el sudor, mi polla aún latente dentro de ella, cada latido correspondido por un temblor suyo. El silencio que quedó fue un tumulto de respiraciones y gemidos casi guturales y salvajes. Elizabeth, la dama recatada de diario, la migrante abandonada, la devota de misa dominical, había experimentado el primer orgasmo anal de su vida y aún temblaba bajo mi brazo.
—¿Duele? —pregunté, besándole la nuca, aunque sabía la respuesta.
—Duele… pero lo quiero otra vez —susurró, y un temblor de risa contenida sacudió su vientre.
Dicho esto, se giró sobre si quedando bocabajo y con su delicioso culo mirando al techo. La visión de aquellas nalgas doradas frente a mí, me hicieron darle un par de buenas nalgadas a las que ella respondió con un muy sexy:
—Wowww… despacito, que me duele
—Cómeme de nuevo por la cola, amor, cómeme mi cola… la quiero llena de tu leche —
Se coloco en cuatro y elevo sus nalgas, separo las piernas todo lo posible dejándome ver el circulo concéntrico de su ano, ahora dilatado después de la primera vez anal
Cogí mi verga, erecta de nuevo, y enfilé contra su delicioso y palpitante ano y comprobé que el grosor de mi verga encajaba perfectamente en el agujero que había dejado la desfloración; sin embargo, Elizabeth agarro fuerte las sábanas y de nuevo hundió la cabeza entre las almohadas para ahogar el grito de dolor y aunque lloró un poco no me dejo retroceder ni un milímetro; sino más bien me animó diciendo.
—Sigue Gustavo, no me hagas caso, si este es el precio que hay que sufrir para gozar, con gusto lo pagare siempre. —
Así que continué clavándosela y a medida que avanzaba, sentía como mi verga era literalmente estrangulada por el anillo estrecho de su culo. El avance fue lento, suave pero seguro.
Aquel dolor fue el precio de nuestra lujuria; pero, valió la pena, pues, al cabo de unos minutos su ano estrechísimo y caliente albergaba a mi verga en su totalidad; mientras la bolsa de mis huevos golpeaba sobre la piel suave, fría y sudorosa de su castigada cola.
Cuando tenía toda mi verga adentro ella llevó su mano atrás y gimió al sentir su culo totalmente lleno de mi carne. Se empezó a mover con excitación acelerada mientras yo besaba su espalda y frotaba sus tetas. Pasado ese momento empecé a penetrarla con mucha fuerza y velocidad, pues, su culito estaba muy húmedo. El ritmo fue en aumento hasta que coincidimos en alcanzar el orgasmo casi simultáneamente.
Una vez que vacíe toda la leche que su culito me había pedido me retiré dejándola descansar.
la noche apenas empezaba, y la puerta prohibida ya no sería tan estrecha.







